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Paseando por Roma. Breve anecdotario romano

Josep Rovira, cmf -
    Hoy se me ha ocurrido ofrecerles algunos “flashes” (o, como creo que se dice hoy, “you tubes”), sobre nuestra vida romana. Ciertamente, Roma es más que todo eso, pero eso también.

    Comencemos por anécdotas de mendigos. En Roma hay muchos, sobre todo alrededor del Vaticano. Estaba yo esperando el autobús. Se me acerca un señor bien trajeado pidiendo limosna. Le miré de arriba a abajo como diciendo: “¿Ud. tan bien vestido pidiendo limosna? ¿Cómo se atreve...?”. Intuyendo mi perplejidad, por no decir indignación, se me adelantó como quien se hacía cargo buenamente de mi reacción: “¡Oh...! No haga Ud. caso de las apariencias..., engañan...”. No hace falta decir que no le dí nada. Otra vez, un compañero de estudios iba por la calle, se le acercó un mendigo pidiendo limosna, pero él se excusó diciendo: “Perdone, pero es que tengo el dinero justo justo para comprar el billete del autobús...”; a lo que el mendigo metió la mano en el bolsillo y sacó una cantidad para que mi amigo no fuera tan pobre por la ciudad...

    Para entrar en Plaza de la Pilotta, donde se halla la Pontificia Universidad Gregoriana, hay que atravesar una calle cortísima y estrecha. En aquel pasaje estratégico se colocaba (no sé si sucede todavía) un mendigo. Eran muchos los estudiantes clérigos que pasaban por allí todas las mañanas. A cada uno le saludaba, halagándole y por ello esperando que le cayera algo: “Buongiorno, Monsignore...!”. Un compañero mío de comunidad se paraba frecuentemente a charlar con él. Pero, empezó a notar que los jueves el mendigo no solía estar; hasta que una vez le preguntó: “¿Cómo es que ayer no le ví?”; a lo que el señor, consciente de sus derechos y obligaciones, le contestó: “También yo tengo derecho a un día de descanso..., ¿o no?”.

    Pero, el más cachondo lo encontré hace un par de semanas en Madrid. Una especie de self-service de la limosna. Iba yo por El Callao en dirección a la Puerta del Sol. Sentado en el suelo había un mendigo joven con un gran letrero colgado del cuello: “¡Soy sincero!”. Me paré ante él para ver a qué venía tal confesión. Entonces ví que delante de él había colocado cinco platitos cada uno con un aviso dentro: “para pan”, “para vino”, “para café”, “para tabaco”, “para droga”...; el donante podía escoger libremente en qué se iba a usar su limosna. Inteligente y honesto...

    Desde hace siglos existe una especie de pacto de mutuo respeto entre el pueblo romano y los gatos. Se calcula que hay en la ciudad más de 300.000 felinos, de los cuales unos 180.000 en las casas y otros 120.000 en colonias por las calles, especialmente en zonas de antiguas ruinas (la Pirámide, Plaza de Torre Argentina...). Incluso hay un día (este año fue el pasado domingo 17 de Febrero) dedicado a la adopción de dichos animales abandonados. Iba yo por una calle muy estrecha –sin ni siquiera acera para peatones-, cerca de la Universidad de los Dominicos. Ví que un gato estaba comenzando a atravesar dicha calle con grande parsimonia y solemnidad. De repente llega un coche (un Fiat 500) a toda velocidad. Viendo al gato, pegó un frenazo seco para no atropellarlo. El gato, sin inmutarse, se paró, lo miró con aire de superioridad (como exigiendo respeto a los que íbamos a pie), y acabó de atravesar la calle tranquilamente. Luego, el coche arrancó y siguió adelante...

    Ahora vamos a por autobuses. Subíamos en tranvía la Calle Nomentana. Era media mañana y éramos solo cuatro o cinco personas dentro del medio de transporte. En éstas vemos que bajaba taconeando con decisión por la acera de la derecha una señorita vestida totalmente de negro, con minifalda y botas hasta la rodilla. Vamos, llamativa la hija. Al cruzarnos con ella, el chófer frenó de golpe, abrió la puerta delantera y lanzó un sonoro silbido en dirección de la señorita en cuestión. Después de lo cual, cerró de nuevo la puerta y continuamos normalmente el viaje. Entre los presentes circuló una mirada, una sonrisa y un breve gesto de comprensión y benévola complicidad.

    Otro día, el chófer –al parecer- además de joven era novato. Bajaba por una calle y se le pasó el cruzar hacia la derecha para seguir su línea. Cuando se dió cuenta, siguió hacia abajo. Al llegar a la primera plaza que encontró, dio una vuelta sobre sí mismo contra dirección para poder volver atrás. Armó un lío en el tráfico y un diluvio de bocinazos a su alrededor. Mientrastanto dentro del autobús los caballeros sonreían disimuladamente porque en el fondo estaban de acuerdo con cuanto estaba sucediendo pero externamente no podían aprobar semejante infracción, y algunas señoras se pelaban las manos aplaudiendo y gritando: “Bravissimo, cocca di mamma!” (frase intraducible, pero que más o menos equivale a nuestro: “¡Bravísimo, cariñito de mamá!”). ¿Se imaginan Uds. una escena semejante en Alemania? Yo no.

    Y ahora algo sobre el Vaticano. En la Plaza de San Pedro hay dos grandes estatuas, una representa a San Pedro y la otra a San Pablo. La primera señala con el dedo hacia el suelo, y la otra hacia el horizonte. Según la maliciosa interpretación popular, están diciendo: “Aquí se hacen las normas” y “Allá se cumplen”...

    Hablando de la utilidad de las normas, pero que de todas maneras hay que tomárselas con “filosofía”..., recuerdo que años atrás había en los autobuses un señor que, sentado en la parte trasera del medio de locomoción, vendía los billetes a los viajeros que subían. Efectivamente, se subía solamente por detrás y se bajaba por el centro o por delante. Un día íbamos a tope. Una señora, que se hallaba como yo en la parte trasera, consciente de sus obligaciones preguntó al vendedor de billetes: “Oiga, por favor, ¿puedo bajar por la puerta trasera?”; a lo que el otro, no menos consciente de las suyas, le respondió: “Si Ud. me lo pregunta, no”; como queriendo decir: “Ud. haga lo que le parezca y yo no he visto nada; pero, si me lo pregunta, por fuerza tengo que decirle lo que dice la ley...”. Como aquel anciano amigo mío (en paz descanse) que me contó que durante la pasada guerra mundial estuvo un tiempo en un campo de concentración italiano. Estaba harto de aquella vida. Un día se acercó al centinela, que se paseaba armado a lo largo del muro, y le dijo claramente: “Yo quiero irme de aquí. Me escapo...”. El soldado apurado le suplicó: “Hombre...; mire Ud. que me crea un problema... Vamos a ver: cuando yo llegue al final del muro y me gire, Ud. escápese..., pero, que quede claro que no nos hemos visto y yo no sé nada...”. Y así fue. Quién sabe si en un campo de concentración nazi hubiera sucedido algo parecido...

    Un venerable sacerdote me contó que, según las crónicas, un tal fue por la mañana a las oficinas de un Dicasterio de la Curia Vaticana. No habiendo encontrado a quien buscaba y viendo a otros dos que charlaban sin prisas en el corredor, preguntó a uno de ellos: “Pero, ¿es que no vienen?”; a lo que aquél le contestó: “No, por la mañana no trabajan; es por la tarde que no vienen...”. Evidentemente, esta calumniosa afirmación no siempre corresponde a la realidad...

    Así es –al menos en parte- este pueblo que inventó la palabra latina “humánitas” y el famoso “Jus Romanum” (“Derecho Romano”); aquel Derecho, sabio y liberal, al que la típica picaresca estudiantil dedicó la siguiente estrofa: “¡Viva el Derecho Romano / que casi todo permite; / al esclavo manomite / y a la esclava mete mano!”.

Arrivederci!
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