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Pascua, la contraseña (“password”) de Cristo

Josep Rovira, cmf -

La Pascua fue el hecho que permitió a los discípulos entrar en el mistero de la persona y el mensaje de Cristo. Por eso, sin querer ser irreverente, podríamos llamar a esta Solemnidad la contraseña (“password”) del Señor. Leíamos hace pocos domingos: “... Cuando resucitó de entre los muertos, se acordaron sus discípulos de que había dicho eso, y creyeron en la Escritura y en las palabras que había dicho Jesús” (Jn 2, 22). La resurrección les abre la pantalla de su Verdad, de su intimidad, de su “correo personal”, de su comprensión del contenido del “objeto” de sus mensajes; una realidad, sobre todo el hecho de su pasión y muerte en cruz, que hasta entonces les había parecido cifrada, ininteligible, trágica, absurda... Así como Cristo es, a su vez, como la contraseña (“password”) del Padre: Él es la “palabra” (Jn 1, 1ss) que nos revela a Dios (“A Dios nadie le ha visto jamás: el Hijo Unigénito, que está en el seno del Padre, él nos lo ha dado a entender”, Jn 1, 18).

Por eso san Pablo escribirá años más tarde: “... Si Cristo no resucitó, vacía es nuestra predicación, vacía también vuestra fe... Si solamente para esta vida tenemos puesta nuestra esperanza en Cristo, ¡somos los hombres más dignos de compasión! ¡Pero no! Cristo recusitó de entre los muertos como primicia de los que murieron...” (1Cor 15, 12-20).

Es pues Cristo Resucitado quien transforma el sentido de nuestras vidas, de nuestros gestos y palabras. Y ahí viene la historia que les voy a contar.

Sucedió en una escuela de California. En una de las aulas había diecinueve niños, entre ellos Jeremy, de doce años de edad. Un niño que, debido a una enfermedad del cuerpo y de la mente, no lograba estar nunca quieto, no controlaba la baba, emitía sonidos inarticulados, interrumpía las lecciones...; pero, de vez en cuando, de golpe lograba expresarse con palabras claras.

Frecuentemente la maestra perdía la paciencia. Se exasperaba. No le parecía justo que aquel muchcacho, Jeremy, que nunca hubiera podido aprender a leer y a escribir, le impidiera poder trabajar con serenidad con los demás alumnos, cinco años más pequeños que él. Un día llamó a sus papás y les pidió que lo llevaran a una escuela especial. La madre, llorando, le suplicó: “No hay tales escuelas en los alrededores y, además, para Jeremy sería un choque dramático porque a él le gusta venir a esta clase...”.

Unos días más tarde, Jeremy, cojeando, se acercó tímidamente a la mesa de la maestra y con voz clara le dijo: “Te quiero, señorita Miller”. La mujer, conmovida por aquella imprevista manifestación, se sonrojó y dijo en voz alta: “Yo me quejo de mis problemas y no pienso en los de los demás, en los de la familia de Jeremy...”. A partir de aquel día, miró con otros ojos al muchachito y procuró ser más paciente con sus miradas vacías y con la confusión que provocaba.

Llegó Pascua. Después de haber explicado la muerte y resurrección de Jesús, la maestra entregó a cada niño un gran huevo de plástico: “Traedlo mañana después de meterle dentro algo que signifique el renacer a una nueva vida”. Todos tomaron con entusiasmo la propuesta. Sólo Jeremy permaneció en silencio.

A la mañana siguiente los alumnos pusieron los huevos en el cesto colocado sobre la mesa de la profesora. La señorita Miller comenzó a abrirlos, en medio de un entusiasmo general. En el primero había una flor recién florecida, en el segundo una mariposa de plástico, en el tercero un fragmento de piedra cubierta de musgo. El cuarto estaba vacío. Sin duda era el de Jeremy. Pero, para que no se sintiera molesto, no hizo ningún comentario.

Jeremy se dió cuenta y reaccionó inmediatamente, preguntando ansioso: -“Señorita Miller, ¿por qué no dice nada de mi huevo? ¿No le gusta?”. -“Jeremy, tu huevo está vacío”, respondió la maestra un tanto confundida. -“Sí”, respondió inmediatamente el niño, “¡pero también la tumba de Jesús estaba vacía!”. “Pero, sabes por qué estaba vacía?”. -“¡Oh, sí que lo sé, maestra!”, añadió Jeremy con voz tímida: “Jesús fue crucificado y puesto en la tumba; luego su Padre lo resucitó. Ésta es la señal de una nueva vida...”. La maestra se conmovió: Jeremy había visto y dicho lo que ninguno de los demás había visto y había logrado expresar.

Tres meses después, Jeremy murió. Sobre su ataúd, los compañeros depositaron diecinueve huevos vacíos...

Un filme italiano que acaba de estrenarse dice, entre de broma y de veras: los pobres pecadores, que por la misericordia divina nos encontraremos al final en el Paraíso con Cristo Resucitado vamos a ser tantos que en nuestra zona nos tocará estar de pie (“Posti in piedi in Paradiso”, 2012)...; pero, ¡estaremos! ¡Aleluya!

¡Felices Pascuas!

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icono comentarios 2 comentarios

Comentarios

jaume sidera jaume sidera
el 3/4/12
M'ha agradat molt el teu comentari. Amb el teu permís el faré servir per l'homilia que cada setmana penjo al web de la parròquia. ??????? ??????, ?????????.
In COM frater carus fratri carissimo
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Karangel Karangel
el 10/4/12
hoy mas que nunca, necesitamos la pureza de Jeremy, y reconocer que si no resucitamos al amor que nos da el Padre todos los días , acabaremos no solo destruyendo el mundo, sino a aquellos que creemos amar. Resucitar es .........
conocer cada día mas y mas a Dios.
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