icono estrella Nº de votos: 0

Para toda la vida

Francisco Carín -
Zigóng preguntó:”¿hay alguna frase que pueda servirme hasta el fin de la vida?”. Confucio respondió: “El perdón de los demás. Lo que no quieras que ta hagan a ti no se lo hagas tú a los otros.” Hace poco, leía en “El País Digital” que España intenta por todos lo medios posibles salvar la vida de uno de sus ciudadanos que se encuentra en el corredor de la muerte en Estados Unidos. Esto me trajo a la mente las recientes ejecuciones que se han producido en Taiwán de varios condenados a muerte. En una sociedad como la Taiwanesa, de gran influencia china, el valor de la vida personal se encuentra supeditado al del orden y bienestar de la comunidad social. La eliminación de uno de sus miembros es considerada una lamentable pero conveniente pérdida. Es como la extirpación del brazo para salvar al resto del cuerpo. Mucho de esto se atribuye a la moral y ética confuciana, de marcado talante social, y puede que no falte razón. Sin embargo suele ocurrir que las filosofías y religiones (incluídos estamos) son del color del cristal con que se miran, y los cristales los suelen poner los que tienen capacidad y poder para ello. En el caso del confucianismo, el estado chino encontro el mejor aliado, esto es, el ideológico, para justificar un orden, jerarquía y estratación social, así como un cúmulo de costumbres y mores que dieran solidez al Imperio Chino; aunque cayeran las dinastías, las que sobrevenían se anclaban, de nuevo, en el mismo sólido cimiento: Confucio. Sin embargo, Confucio no es sólo lo que se nos quiere enfatizar de él, sino que hay también muchas otras enseñanzas poco aireadas que hoy en día aún tienen valor, y grande. Una de ellas es la que hoy traigo aquí, y que nos recuerda a aquel otro diálogo del Evangelio que comienza diciendo “¿cuántas veces tengo que perdonar a mi hermano?…”. Confucio, nos presenta la cuestión desde otra vertiente; una frase que pueda servir para toda la vida, esto es, una máxima universal. Y así es; el perdón a los demás es siempre y por siempre. En Taiwán hemos tenido un violento terremoto que ha conmocionado el País. Al poco tiempo, unas dos semanas, se decretaba la ejecución de ocho condenados a muerte. En Taiwán se hace por pelotón de fusilamiento. Curiosamente coincidía dicha decisión del Ministerio de Justicia con el zénit de las quejas y oposiciones de los ciudadanos a algunas de las actuaciones del Gobierno en la forma de afrontar el terremoto y sus consecuencias. Evidentemente, no parece coincidencia; en medio del fragor de los temblores, el miedo, la preocupación y el dolor que sufría la población, ¿Qué significa la vida de ocho villanos (así les llamó la prensa) que no hacen sino recibir el “justo” castigo? No hubo velas, ni veladas; no hubo oraciones ni rezos. Sólo silencio y el estruendo de las sirenas para llevar a los ejecutados urgentemente al hospital para extraerles los órganos generosamente donados. Aquí no vamos de uno en uno, sino de ocho en ocho. En el verano, otro caso semejante. Ante la violación y asesinato de una estudiante en un museo del ejército y el posterior ocultamiento del hecho por los altos mandos, una vez descubierta la trama y detenido el culpable, un recluta, su juicio y condena fueron casi instantáneos. En ambos casos un denominador común: la sed de sangre y venganza. En ambos casos un mismo motivo oculto: desviar la atención de lo central; en un caso el terremoto y la actuación del gobierno, y en el otro la conspiración de mandos intermedios y superiores en la ocutación del crimen, así como la idoneidad y el seguimiento psicológico de los soldados durante el servicio militar.. Sin embargo Confucio también habla del perdón y de la capacidad que tiene el hombre de regenerarse. No es que el perdón traiga consigo la exculpación del crimen; es justo que uno tenga que retribuir de algún modo el daño cometido, y algunos son irreparables, pero perdónar supone ante todo eliminar el ánimo de venganza del interior de uno mismo y de la misma sociedad, porque no queremos hacer a otros lo que no queremos que nos hagan y evidentemente nadie quiere que le sustraigan la vida ni a él ni a ninguno de sus seres queridos (siendo esta, el homicidio, la razón para la mayoría de las condenas a muerte). Una sociedad que frívolamente firma sentencia penas de muerte no hace sino condenarse a la “odiodependencia” y a la sed de venganza. Sólo el perdón sana las heridas, aunque deja cicatrices. La venganza, el “ojo por ojo y diente por diente” sólo anestesia y nos da la sensación de que no hay dolor, pero cada vez se necesita una dosis mayor de anestesia para insensibilizar una herida siempre abierta; cada vez hace falta más condenas y ejecuciones y “justicia” y más venganza que calme la sed de venganza… por los siglos de los siglos… y se acabó el siglo XX. ¿Será el milenio que nos llega una oportunidad para poner en práctica universal la universalidad de ésta máxima? Por mi parte digo ¡Amén!
Si te ha gustado, compártelo:
icono etiquetas etiquetas :
icono comentarios Sin comentarios

Comentarios

escribir comentario
Por favor escriba las letras como se muestran.