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Para quien sea “cofrade”..., o aspire a serlo (parte I).

Josep Rovira, cmf -

 

Cuando inauguré mis sesenta años de edad, escribí un artículo en ciudadredonda con el título: “De cómo decir que uno se siente joven a los sesenta años y no caérsele la cara de vergüenza” (Noviembre 2002). Quizás alguien de Uds. lo recuerde. Ahora, que estoy casi para concluir el paso por dicha decena, quisiera volver sobre el tema, ya sea pensando en mis coetáneos, ya sea en aquellos que justamente aspiran –¡sin prisas...!- a llegar a ella, ya sea, en fin, en aquellos que la van recordando cada vez más desde lejos. Me ha sugerido el tema la lectura de un libro reciente de J. Gauthier (“Los desafíos de los sesentones”, Padua 2010). 

Hoy quisiera partir de un contexto más amplio: las edades de la vida, que tal vez podamos dividir en siete grandes etapas o momentos:

1- La infancia: Es el momento de la toma de conciencia del amor, de que hemos sido hechos para amar y ser amados. El niño amado descubre la confianza en sí mismo y en los demás, la cual es una puerta que lo abre a la trascendencia, a la fe.

2- La adolescencia y primera juventud: Es la etapa de búsqueda de sentido, de autonomía, de identidad, de autoafirmación, de presión del instinto sexual, de llamada a la libertad... El adolescente-joven se encuentra a sí mismo cuando tiene ocasión de darse en favor de algo que le supera: una causa, un sueño, un deseo, un amigo, una amiga, el futuro cónyuge, la vocación religiosa o sacerdotal, Dios. Camina hacia una meta que espera que sea suficientemente grande y válida...

3- El joven adulto: Se abre a la acogida de la vida. Si se casó, llegan los hijos. Con su pequeña historia, mira de encontrar un espacio en la sociedad y en la historia. Comienza a darse cuenta de la distancia existente entre los sueños y la realidad. Siente que una parte de sí mismo logra realizarse; pero, otra parte no. Su riesgo es el de correr incesantemente, con la sensación, sin embargo, de que algo no acaba de  llegar a la meta soñada. Pertenece a muchas cosas, pero no totalmente a sí mismo.

4- Los cuarenta años y la crisis del deseo: Crisis, no fallo. La persona se cuestiona sobre la validez del pasado que ha vivido; necesita un cambio, aunque no sepa exactamente cómo ni con qué. Momento de discernimiento (de suyo, “crisis” es una palabra griega que significa “discernimiento”); éste pone en movimiento decisiones o reafirmaciones de cosas válidas, purificación de muchos ideales que se han demostrado inalcanzables, preguntas, certezas que se agrietan. Necesita reorientar su vida, ponerse de nuevo en discusión, desear y decidir de renacer de alguna manera a lo que se presenta ahora como real y válido: “¿Hacia dónde va mi vida? ¿Hice opciones equivocadas en el pasado? ¿Qué es lo que realmente quiero?  ¿Qué he hecho hasta ahora que sea importante? ¿Cómo será el futuro que quiero o el futuro que me espera? ¿Qué sentido tiene la vida? ¿Vale la pena? ¿Tiene un significado? ¿Dios tiene algo que ver con todo ello?”.

5- El adulto entre los 45 y los 55 años: Generalmente suele ser la etapa más productiva. Después de la crisis de mitad de la vida, se encuentra una nueva serenidad. La persona conoce mejor y acepta los límites y posibilidades propios y ajenos. Es como un nuevo punto de partida. La mujer puede ahora cultivar algunas posibilidades que antes, probablemente debido a la maternidad, no le habían sido posibles. El hombre comprende que el trabajo frenético no lo es todo; está la familia, la relación con las demás personas que hay que cuidar mejor. Comienza a mirar los necrologios, generalmente con motivo de la muerte de sus padres.

6- El desafío de los años sesenta: Se trata del desafío de seguir el camino hacia la interioridad. No interesan tanto las normas cuanto las personas. Siente que la resistencia física de tiempo atrás comienza a disminuir, lo mismo el trabajo; se interesa más por la salud (comienzan los achaques), se asoma al horizonte la realidad de la pensión. Da su contribución, pero cede el paso a las nuevas generaciones. Su contribución, sin embargo, no disminuye sino que aumenta a nivel de síntesis, va a lo esencial, a lo profundo, simplificándolo; distingue mejor lo prioritario de lo secundario. Si se siente afectivamente frustrado, tiende a compensar la falta de amor con el ejercicio del poder; esto último –según H. Jalschke- contiene siempre un elemento de venganza: “¡Dado que no me amáis, yo os controlo!”. Cambia la relación con los hijos, que son ya autónomos, pero continúa permaneciendo disponible a los demás; por otra parte, los nietos –si llegaron- son causa de una gran alegría, ya sea porque refuerzan en el neo-abuelo la ternura, ya sea porque no tiene para con ellos las mismas obligaciones que tuvo con sus hijos. Con la interiorización vuelve a la mente el pensamiento del significado de la vida y de la muerte; y, si es creyente, crece en él o ella una fe sencilla, elemental, pero profunda y sentida, de abandono y confianza en Dios.

7- A partir de los setenta: Hoy día, gracias a una vida mejor, la vejez comienza después de los setenta años. Además de la tercera edad, se habla de la cuarta, en espera de la quinta... Pero, ahora se empieza a envejecer de veras, aún en el caso en que no nos parezca o no nos veamos envejecer: es el modo como nos ven los otros lo que va cambiando a medida que envejecemos. Efectivamente, encontramos a un amigo, que no veíamos desde hacía muchos años, y vemos que él sí ha envejecido, pero nosotros... Poco a poco se entrevé cada vez más claro el pensamiento de la muerte; la intuimos viendo que nuestro cuerpo se debilita, nuestra salud titubea, la espalda se encorva, la respiración se hace corta; frecuentemente se tiene la sensación de volverse inútil, un peso para la familia..., brota un sentido de nostalgia del pasado (“En mis tiempos sí que...”), de impotencia (“Si todavía pudiera...”), en algún caso incluso de desesperación. Ahora como nunca, el amor dado y recibido es la verdadera “medicina”; decía un poeta: “...La muerte viene hacia mí, / el amor le para los pasos...” (H. Pichette). En el camino de la fe, se llega a una mayor serenidad. Entre triste y gozoso, decía un anciano al final de su vida, despidiéndose de su familia y amistades: “Ya sé que Dios me espera y El es la felicidad plena. Por otra parte, no os deseo la muerte con su pasaje oscuro...; pero, por favor, no tardéis en venir porque, por encima de todas las dificultades que hemos vivido, nos hemos amado tanto..., os he amado tanto... ¡Os echaré de menos...!”.

Quisiera acabar hoy volviendo al tema de los años sesenta con que hemos comenzado. A partir de esta edad, más fácilmente nos privamos de lo supérfluo, nos pertenecemos más, contemplamos más. El corazón se hace “líquido”, el juicio más flexible, el tono menos rígido. Aceptamos que no podemos entenderlo todo; somos plenamente conscientes de que no sabemos muchas cosas. Nuestras manos vacías contienen la parte mejor de nosotros mismos, porque manifiestan que nos hemos dado y continuamos dándonos: al cónyuge, a los hijos, a los nietos, a los amigos, al pueblo..., y podemos dar todavía mucho: una mano, experiencia, sabiduría, amor... Es el tema de la canción: “Hoy comí con el abuelo” (Juan Salvador). Los años sesenta son también el momento de mirarse a sí mismos con indulgencia y alegrarse viendo que lo mejor que poseemos  está dentro de nosotros. No luchamos contra molinos de viento. Nos liberamos de las falsas seguridades y sondeamos nuestro pozo interior..., sabiéndonos en camino hacia el encuentro con el Autor del séptimo día: el día del descanso y de la resurrección (Gen 2,1-3; Mt 28,1-8).

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icono comentarios 6 comentarios

Comentarios

Vicent Vicent
el 4/3/11
a los 40 se sufre una crisis... hay que elegir...
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Ingrid Ingrid
el 4/3/11
He de decir que estando en el umbral de mis 60 nada es más hermoso que ver mi cabeza casi blanca, mi rostro con todas y cada una de las arrugas y surcos producto de los dolores pasados, de las angustias vividas por ver crecer a mis hijos sanos y con un futuro prometedor... y disfrutar de mi salud física (en TODOS LOS SENTIDOS) y mental al lado de mi estupendo marido, que me ha sabido soportar, y sobre todo AMAR y RESPETAR durante 32 maravillosos años.
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Ingrid Guzman Ingrid Guzman
el 4/3/11
En el umbral de mis sesenta, con mi cabeza casi blanca, (al fin me libré de la esclavitud de los tintes de cabello!), y mi rostro con las arrugas propias de la edad, todas vividas, sufridas y disfrutadas, tengo una vida sana e inmensamente feliz con mis 3 hijos y un marido amoroso que me ha soportado, amado y respetado durante 35 años!
Qué mas se puede pedir? Pues otros 60!!!
Ah, y nietos, muuuuchos nietos....
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jaume sidera jaume sidera
el 6/3/11
De los tiempos de la Ustrina a la novísima edición del NT la vida ha pasado de prisa, pero dejando huella. Josep, todavía eres joven. Yo te garantizo, que digan lo que digan los doctores no octagenarios, la octagesima adveniens aetas magnam secum fert laetitiam, spem, gaudium. Jaumecmf
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J. Rovira J. Rovira
el 7/3/11
Gratias tibi corde pleno ago, amice Jacobe! (¿no se dice así en latín?, querido profesor de la lengua de Cicerón en tiempos que fueron...).
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Vito Andolini Vito Andolini
el 9/3/11
Me ha encantado su reflexión, gracias.
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