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Para buenos no hay como los malos

Josep Rovira, cmf -
    El pasado mes de abril participé en una “Semana de Vida Religiosa” en Madrid (E). Uno de los ponentes dijo en su relación: “Sólo los místicos pueden entender el infierno”. Después de un momento de perplejidad, entendimos perfectamente: sólo quien ha entendido y experimentado el amor de Dios puede entender el tormento de su ausencia y alejamiento para siempre.

    Esta afirmación, al parecer contradictoria, de rebote me ha recordado otra que me suelta de vez en cuando un amigo romano: “Para buenos no hay como los malos...”. Es decir, que un bueno sea bueno nos parece lógico y normal, no nos sorprende, lo damos por supuesto; lo que nos escandaliza de él es que un día oigamos decir o experimentemos que no lo es: una persona que teníamos por generosa un día reacciona con una actitud egoísta o avara; un fraile que juzgábamos austero de golpe se manifiesta apegado al dinero; nos enteramos de que un sacerdote normalmente entregado a su apostolado y exigente con sus penitentes cuando se trata del sexto mandamiento se dice que tiene un hijo secreto, no reconocido; un catequista de la parroquia o un miembro de una asociación, riguroso con los demás, viene y nos dice que ha traicionado a su cónyuge o que va a divorciar... Nuestra reacción tiende a ser de sorpresa y condena, dura e inapelable. Si, en cambio, uno que pasa por avaro un día viene y a escondidas nos da una cantidad para que ayudemos a una familia pobre, nos causa maravilla y, en la mejor de las hipótesis, tendemos a decir: “¡No se puede pensar nunca mal...!”.

    Nadie es del todo bueno ni nadie del todo malo. Lo sabemos; pero, luego, en la práctica nos sorprende que el bueno no lo sea del todo y quizás “nos duele” que el malo a su vez tampoco lo sea del todo. Saber que el bueno es bueno y el malo malo, nos da seguridad. Por eso si un día descubrimos que el “santo” lo era un poco menos y el malo no lo era del todo, nos produce una especie de desazón, nos revuelve el fichero; preferiríamos que nos dejaran tranquilos y seguros con el cliché que nos habíamos hecho de cada uno de ellos. Ahí van algunos ejemplos.

    Todos sabemos que normalmente un abuelo o una abuela se enternecen ante su nietecito. Pero, recuerdo la sorpresa, aquí en Italia, cuando salió en el periódico la foto de un famoso mafioso, llamado “cara de ángel”, autor de numerosos crímenes, besando enternecido a una nietecita que le acababan de presentar. Casi casi nos dolió...: “¿Es malo?... Luego ¡no puede tener gestos buenos, aceptables, positivos...!”.

    Años atrás hice un “campamento móbil” con un grupo de boy-scouts de Roma. Íbamos en un “Diane” y tres “Fiat 500”. No sé si Uds. han viajado nunca en la parte de atrás de un “Fiat 500”; les aseguro que no es cómodo, sobre todo para una “patilargo” como yo, porque no te queda más remedio que encogerte y ponerte atravesado. El viaje consistía en ir desde Roma hasta la entonces llamada Yugoslavia, en coches y tiendas de campaña, visitar algunas ciudades y volver. Siendo yo el asistente religioso del grupo, espontáneamente me ofrecí para ir en la parte de atrás de un “Fiat 500”, para dar buen ejemplo. Al cabo de varios centenares de km., estaba yo que me dolían todos los huesos... En una de las paradas dije a los otros dos componentes de mi coche: “Bueno, a ver si nos distribuimos los sitios y ahora se pone otro detrás...”; a lo que uno de los muchachos me soltó con el típico desparpajo romano y como si fuera la cosa más obvia e indiscutible: “Tú eres cura; tienes que mortificarte”. No hace falta que les diga a Uds. que le respondí con la misma franqueza que llevaba ya media nación retorcido en el asiento de atrás y ya era hora de que alguien me supliera...

    Oí contar a un compañero que un día el Superior General le pidió un trabajo; él le dijo sinceramente: “Perdone, pero en este período estoy sobrecargado y no puedo”; y el Superior: “Por eso se lo pido. Cuando necesito que alguien me haga urgentemente un favor se lo pido a quien está ya ocupado, porque sé que me lo hará. La experiencia me ha enseñado que los que no hacen nada o casi, nunca tienen tiempo...”. No le quedó otra solución que encontrar un momento para hacérselo, aunque fuera sólo por pundonor y pasar por bueno...

    Como quizás sepan Uds., el pasado 27 de Mayo se jugó aquí en Roma el partido final de la Copa de Campeones, Barcelona – Manchester United. Ya desde el día anterior, pero sobre todo el día 27, la ciudad se llenó de hinchas de ambos equipos. Por la mañana muchos aprovecharon para visitar algo de la ciudad o incluso para asistir a la audiencia pública del Papa. Me contaron una religiosas españolas que se cruzaron con algunos barceonistas por la calle y les gritaron: “¡A ganar, a ganar!”; a lo que aquellos jóvenes respondieron: “Hermanas, Uds. ¡a rezar, a rezar!”. Yo no sé si aquellos recién llegados eran muy devotos (casi me permito dudarlo); pero, de todas maneras, pedir oraciones no deja de ser un gesto positivo. De hecho, el Barça ganó por 2 a 0. Claro que otra religiosa me añadió luego: “Qué le vamos a hacer...”; evidentemente no simpatizaba por el equipo vencedor. También estas cosas suceden en Roma...

    Según Jesús, en la parábola del fariseo y el publicano en el templo (Lc 18, 9-14), el fariseo –que la gente espera que el Maestro indique como modelo de santidad- resulta que acaba siendo el malo, y el publicano –un malo por excelencia, según la gente- acaba siendo declarado el bueno de la historieta. Lo mismo sucede en la parábola del padre y los dos hijos (Lc 15, 11-32): el malo –el hijo menor, el “pródigo”- se arrepiente, vuelve a casa y pide perdón; el mayor –que nunca se había ido de casa- pide cuentas a su padre, lo acusa de ser tacaño y no quiere volver a entrar en casa. Y la otra parábola del padre que dice a uno de sus dos hijos que vaya a trabajar en la viña; el que es tenido por bueno dice que va a ir y luego no va; y el que es tenido por malo responde que no va a ir, pero al final va (Mt 21, 28-32). O como en la escena de la pecadora pública que lava los pies de Jesús durante una comida en casa de un fariseo (Lc 7, 36-50): Cristo insiste en que es más fácil que acaben siendo buenos los malos que no que los que parecen buenos lo sean del todo. Como decía antes, damos por descontado que los que juzgamos buenos lo sean siempre, mientras que nos sorprende que los que clasificamos como malos no lo sean siempre; o incluso al final resulte que los buenos son los malos y los malos son los buenos, como en la parábola del “buen samaritano” (Lc 10, 30-37).

    Claro está que los malos pasan a ser buenos en la medida en que dejan de ser tales, y los buenos al revés. En fin, nunca se puede desesperar de quien clasificamos como “malo”, porque puede cambiar totalmente o, dentro de su vida inaceptable, puede tener momentos o aspectos de grande bondad, como aquel jefe mafioso o como Judas que hizo más que nadie para salvar a Jesús cuando se enteró de que le habían condenado a muerte: fue al templo a encontrar a los responsables, declaró que Jesús era inocente (Pedro, cuando renegó del Maestro, ni siquiera se atrevió a decir su nombe: “... No conozco a ese hombre...” [Mt 26, 69-74]), estaba dispuesto a devolver el dinero, insistió para poder salvarlo..., pero no le hicieron caso; se sintió engañado, traicionado, solo, espantado... y se suicidó (Mt 27, 3-5).

    Quien se tenga por bueno no olvide la Palabra de Dios: “El justo cae siete veces...” (Pro 24,16), “Yahvé..., no hay ser vivo justo ante ti” (Sal 143,2), “El que crea estar de pie, mire no caiga” (1Cor 10,12), “... Quien esté sin pecado, arroje la primera piedra...” (Jn 8, 7). Y quien se crea malo, acuérdese del publicano en el templo: “¡Oh Dios! ¡Ten compasión de mí, que soy pecador!...  Os digo que éste bajó a su casa justificado y aquél no” (Lc 18, 13-14); y de que el único santo canonizado por Cristo, fue un ladrón y en vida: “Jesús, acuérdate de mí... Te aseguro que hoy estarás conmigo en el paraíso” (Lc 23, 42-43).

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