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Palabra de María (IV)

Iris de Paz -

Aunque nos gustaría saber más cosas del Jesús que fue niño, lo que hacía, cómo aprendía, damos un salto en el tiempo para pasar a conocer detalles sobre cómo vivió María el ministerio (y el misterio) de su hijo. Nos paramos en dos escenas: las bodas de Caná y cuando su madre y sus hermanos fueron a hablar con Jesús.

Bodas de Caná (Juan 2,1-11)
Tres días después se celebraba una boda en Caná de Galilea y estaba allí la madre de Jesús. Fue invitado también a la boda Jesús con sus discípulos.
Y, como faltara vino, porque se había acabado el vino de la boda, le dice a Jesús su madre: «No tienen vino».
Jesús le responde:  « ¿Qué tengo yo contigo, mujer? Todavía no ha llegado mi hora».
Dice su madre a los sirvientes: «Haced lo que él os diga».
Había allí seis tinajas de piedra, puestas para las purificaciones de los judíos, de dos o tres medidas cada una.
Les dice Jesús: «Llenad las tinajas de agua».
Y las llenaron hasta arriba.
«Sacadlo ahora, les dice, y llevadlo al maestresala».
Ellos lo llevaron.
Cuando el maestresala probó el agua convertida en vino, como ignoraba de dónde era (los sirvientes, los que habían sacado el agua, sí que lo sabían), llama el maestresala al novio y le dice: «Todos sirven primero el vino bueno y cuando ya están bebidos, el inferior. Pero tú has guardado el vino bueno hasta ahora».
Así, en Caná de Galilea, dio Jesús comienzo a sus señales. Y manifestó su gloria, y creyeron en él sus discípulos.

Una boda para comenzar. El Reino viene con alegría...

Las bodas son signos de amor: entre los hombres y de los hombres con Dios. Pasado el tiempo, me alegro de que la primera manifestación fuera en una boda: amor, alegría, esperanza, ilusión, entrega...
Allí estábamos, como uno más, él con sus discípulos, participando de la alegría y de la fiesta. Y del amor. 

Es importante, parece, dejarse invitar...

Cierto. Las alegrías y las esperanzas siempre son para compartir. Quien invita desea que compartas con ellos ese momento tan significativo de sus vidas. Eres, además, testigo de esa unión.
Dejarse invitar es también un detalle. Sabes que tu presencia es importante y significativa. El amor siempre se tiende a expandir. Nuestro deseo era que no se nos notara, no queríamos robar a los novios el protagonismo del momento.

Faltó el vino. ¿Cuándo falta el vino?
Lo primero, como te puedes imaginar, los nervios. ¿Qué ha pasado? ¿Qué imprevisto ha surgido? De los nervios se pasa a la desesperación, se rompe la magia del momento. Todo era un ir y venir.

En esos casos, ¿qué hacer?
En esos casos lo mejor es no perder la calma, siempre hay más soluciones que problemas. Entre todos con buena voluntad se puede arreglar. Algunos buscaban la solución fuera del banquete: ir a buscar más vino. Yo sabía que la solución estaba dentro, allí mismo, entre los invitados.

Fuiste la primera que se dio cuenta.
Siempre me he considerado una persona atenta y observadora. Doy muchas gracias a Dios por haberme dado esa capacidad para saber qué pasa a la gente con la que estoy y el poder hacer siempre lo que está en mi mano.
Pero estaba en las manos de Él...
Sabía que no había que buscar fuera.
Sabía que Jesús solucionaría el problema. Yo sólo indiqué lo que pesaba: no tienen vino, qué apuro.

Aunque no había llegado su hora...
Quizá fuera el deseo de no hacerse notar, o de querer esperar un poco más para manifestarse. No sé. Pero se precipitaron los acontecimientos. Las cosas vienen cuando vienen. Dar la espalda a la necesidad de alguien no era su estilo.

Por eso, haced lo que Él os diga...
Tal era mi confianza que sabía lo que iba a pasar.

Y luego pasas a estar en segundo plano.
Cada uno tiene su papel. Noté lo que pasaba, hice lo que pude y luego a seguir con la boda. Era lo más normal.

El vino mejor al final...
La presencia de Dios trae lo mejor para cada uno, y hablo por experiencia propia. Este caso no fue una excepción: el vino nuevo es el mejor. 

La familia de Jesús (Mateo 12,46-50)
Todavía estaba hablando a la multitud, cuando se presentaron fuera su madre y sus hermanos, deseosos de hablar con él. Uno le dijo:
- Mira, tu madre y tus hermanos están fuera y desean hablar contigo.
Él contestó al que se lo decía:
- ¿Quién es mi madre y quiénes son mis hermanos?
Y, apuntando con la mano a los discípulos, dijo:
-  Ahí están mi madre y mis hermanos. Cualquiera que cumpla la voluntad de mi Padre del cielo, ése es mi hermano, mi hermana y mi madre.

Siempre me ha llamado la atención este texto. No sé, da la impresión de un cierto "desprecio". Por eso quiero preguntar. ¿Cómo fue?
Cuando Jesús inició su nueva vida reunió en torno a sí su nueva familia. No había roto con nosotros, sabía de sus raíces. Pero también era consciente de la novedad y de la importancia de la aceptación personal, Optar por él era algo que tenía que salir de lo más profundo. No valían los lazos familiares o la simple amistad. Quería algo más: la adhesión personal.

Por eso de los de "fuera" y los de "dentro".
Era muy claro. Lo tenía mucho más claro que alguno de nosotros. Sólo quien escucha y cumple la Palabra de Dios puede estar en su grupo.

Así que el aparente desprecio es el mayor de los elogios...
Él me quería mucho como madre pero siempre admiró mi generosidad en la respuesta a Dios. 

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