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Palabra de María (III)

Iris de Paz -
El momento del Nacimiento fue especial. Cada vez que se repite el gran milagro de la vida humana sucede algo especial. Muy especial fue aquella bendita noche, la Noche Buena.
 
Nacimiento (Lucas 2,1-20)
Sucedió que por aquellos días salió un edicto de César Augusto ordenando que se empadronase todo el mundo. Este primer empadronamiento tuvo lugar siendo gobernador de Siria Cirino. Iban todos a empadronarse, cada uno a su ciudad.
Subió también José desde Galilea, de la ciudad de Nazaret, a Judea, a la ciudad de David, que se llama Belén, por ser él de la casa y familia de David, para empadronarse con María, su esposa, que estaba endad de David, un salvador, que es el Cristo Señor; y esto os servirá de señal: encontraréis un niño envuelto en pañales y acostado en un pesebre.»
Y de pronto se juntó con el ángel una multitud del ejército celestial, que alababa a Dios, diciendo: «Gloria a Dios en las alturas y en la tierra paz a los hombres en quienes él se complace.»
Y sucedió que cuando los ángeles, dejándoles, se fueron al cielo, los pastores se decían unos a otros: «Vayamos, pues, hasta Belén y veamos lo que ha sucedido y el Señor nos ha manifestado.»
Y fueron a toda prisa, y encontraron a María y a José, y al niño acostado en el pesebre. Al verlo, dieron a conocer lo que les habían dicho acerca de aquel niño; y todos los que lo oyeron se maravillaban de lo que los pastores les decían.
María, por su parte, guardaba todas estas cosas, y las meditaba en su corazón. Los pastores se volvieron glorificando y alabando a Dios por todo lo que habían oído y visto, conforme a lo que se les había dicho.

En esta historia de nombres ilustres, gobernadores y emperadores, sorprende la presencia de una joven pareja: María y José...
El nacimiento de Jesús se produce en un momento concreto de la historia: en un espacio y en un tiempo. En unos lugares y con unas personas. No se trata de querer ponernos a la altura de esos personajes, simplemente es para encuadrar la historia. La historia no la hacen solo los hombres ilustres, también todos esos seres anónimos de las aldeas perdidas.
José y yo ya teníamos bastante preocupa-ción como para ocuparnos de eso: el viaje, el embarazo, el censo... Queríamos que todo pasara rápido y que saliera bien.

La descripción del momento del nacimiento del Hijo de Dios es sencilla, sin artificios ni ornamentos: envuelto en pañales y acostado en un pesebre...
Otra vez ese juego entre lo grande y lo pequeño. Dios elige siempre lo pequeño. Una pareja con su bebé. Unos pañales y un pesebre. Dios se encuentra más feliz en un pesebre que en un trono, con unos pañales que con unas ropas de oro.

Nació en una cueva a las afueras porque las puertas de ¡as posadas estaban cerradas...
Pero no fue la primera vez que nos ocurrió esto en el viaje. Fueron muchas las noches que dormimos en los establos con los animales. Otras noches no teníamos ni eso y nos tocaba dormir bajo las estrellas. Supongo que uno se acaba acostumbrando a todo y hay cosas que ya le dejan de sorprender. Buscamos sitio, pero el cansancio pudo con nosotros y nos metimos en ese establo.
Los primeros que acuden son los pastores. ..
Según contaron, sintieron como una visión. No tengáis miedo. La presencia de Dios quita todos los miedos. No importa cómo fue, interesa que aquellas personas sencillas y despreciadas fueron las primeras que vinieron a ayudarnos. La ayuda siempre es más espontánea en aquellos que no tienen nada que perder.

Gloria en el cielo y paz paz en la tierra. Todo un mensaje.
Cielo y tierra se dan la mano en un horizonte que no tiene fin. Nunca como en la Noche Buena han estado tan juntos el cielo y la tierra.

María, siempre te toca guardar todo en el corazón...
Las cosas que no entendía en un momento dado las guardaba en el corazón. Siempre, al final, el rompecabezas de Dios encaja. Lo importante es no desesperar, dar tiempo al tiempo y tener mucha confianza en Dios.

El siguiente momento ya es en Jerusalén.
Queríamos cumplir con lo mandado. El primer hijo será consagrado al Señor. En nuestro caso fue una acción de gracias. Por contar con nosotros y porque todo había salido bien: el niño estaba fuerte y sano: una bendición.

Y allí estaba el anciano Simeón.
No le conocíamos de nada pero parecía que fuera de la familia. Tomó al niño en brazos como quien laza un tesoro, levantó los ojos a lo alto, y i bendijo a Dios y también a nosotros. En ese niño sentía que se cumplían todas sus esperanzas: su vida ya estaba colmada.

Y habló de una espada de dolor...
Como tantas veces, no entendía a qué se podía referir. Luego fui descubriendo el sentido de aquellas palabras. El gozo y el dolor se dan la mano. Así en el nacimiento, como en la vida y en la muerte.
 
Encuentro con Simeón. (Lucas 2, 25-35)
Vivía entonces en Jerusalén un hombre llamado Simeón, que era justo y piadoso, y esperaba el consuelo de Israel. El Espíritu Santo estaba en él y le había revelado que no moriría antes de ver al Mesías del Señor. Conducido por el mismo Espíritu, fue al Templo, y cuando los padres de Jesús llevaron al niño para cumplir con él las prescripciones de la Ley, Simeón lo tomó en sus brazos y alabó a Dios, diciendo: "Ahora, Señor, puedes dejar que tu servidor muera en paz, como lo has prometido, porque mis ojos han visto la salvación que preparaste delante de todos los pueblos: luz para iluminar a las naciones paganas y gloria de tu pueblo Israel".
Su padre y su madre estaban admirados por lo que oían decir de él. Simeón, después de bendecirlos, dijo a María, la madre: "Este niño será causa de caída y de elevación para muchos en Israel; será signo de contradicción, y a ti misma una es-pada te atravesará el corazón. Así se manifestarán claramente los pensamientos ín-timos de muchos".

Continuará
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