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La fórmula de Mateo está en conexión con la recomendación de Jesús, que invita a una confianza total en la bondad del Padre celestial (Mt 6, 25-34). La petición del pan nos lleva a tomar conciencia de la perpetua bondad de Dios que renueva día tras día sus beneficios y nos invita a esperarlo todo de Él en una confianza inquebrantable.
El Padre Nuestro nos ayuda a liberarnos de ansiedades, penas, inquietudes, preocupaciones, agobios, tormentos, angustias, pesadi-; lias... «No andéis preocupados por la vida pensando qué comeréis; ni por vuestro cuerpo, con qué os vestiréis... pues ya sabe vuestro Padre celestial que tenéis necesidad de todo eso». Lo único que necesitamos saber es que «ya sabe vuestro Padre...». Me basta saber que el Padre, más que tener en la mano la lista de mis necesidades, tiene dibujado sobre la palma de su mano, como un tatuaje imborrable, mi rostro (Is 49,16).
Pero no se trata de una invitación a la pereza, sino una actitud de fe auténtica que se exige al creyente, cuya preocupación primordial debe ser buscar ante todo el reino de Dios y su justicia (Mt 6,33).
«Os perdonamos vuestra riqueza y despilfarro, y que hayáis renegado de nosotros como hermanos, pera no darnos nuestra herencia en el mundo de Dios. Os lo perdonamos todo, pero no nos digáis que creamos en vuestro Cristo; porque un Cristo que ha enseñado a una tercera parte de los hombres a comerse el pan de los demás en este pequeño mundo, no puede ciertamente ser Dios».
El Padre a quien dirigimos nuestra oración es el Creador que nos ha dado la tierra, los árboles, la fruta, un ambiente acogedor. La tierra es de Dios, que la da en uso a todas las criaturas para que vivan en ella. El que acumula en sus manos la tierra de los otros y les hace pasar hambre, blasfema contra Dios, porque va contra su proyecto sobre nosotros. Jesús nos enseña que para conseguir el pan tenemos que implorarlo como «nuestro». Si dijese: «Dame mi pan cada día», el Padre miraría para otro lado. Pero lo pido como «nuestro». Y Dios, que mantiene sus promesas, ofrece pan abundante y suficiente para todos. Lo malo es que, cuando se lo pido, es «nuestro pan». Y cuando aparece en la mesa, se convierte en «mi pan». Todo lo que me da la generosidad del Padre y que debería ir destinado a todos, pero se transforma en «mío»: mi pan, mi dinero, mi jardín, mis cosas, mis vacaciones... Todo intocable.
Y entonces viene lo injustificable: unos mueren de hambre y otros de indigestión. Unos preocupados por la falta de pan, y otros por el exceso de colesterol. El pan se ha convertido en propiedad privada, es decir, en algo de lo que privamos a los demás. Damos la palabra a Ch. Péguy: «Y si alguno llama a mi puerta, debo acordarme de que el pan es «nuestro». Pero también debo impedir que con mi gesto aparentemente caritativo, se haga simplemente «suyo». Muchas veces el pobre se va a comer el pan a otro lado. No basta con abrir la puerta: hay que dejar entrar. Cuando los discípulos intentaban despedir a todos aquellos individuos hambrientos, para que cada uno se las arreglase por su cuenta para encontrar el pan, Jesús no les dijo sólo «dadles vosotros de comer», sino que ordenó que les hicieran sentarse en grupos sobre la hierba verde. El pan es verdaderamente nuestro cuando es nuestra también la mesa, esa «hierba verde» que es el mantel blanco.
El día del juicio nos daremos cuenta de que él no sólo ha dicho que recemos pidiendo el pan, sino que nos pide nuestro pan. Tuve hambre y me disteis de comer... El que pide, se convierte de pronto en postulado. Dios también está esperando «nuestro pan». «Cristiano es aquel que da la mano. El que no da la mano no es cristiano. Y poco importa lo que pueda hacer con esa mano».
No conviene olvidar la lección del maná en Ex 16; Dios alimenta a su pueblo, pero con la condición de que no almacene más que lo que necesita para cada día: el pan nuestro de cada día es una exigencia de pedir sólo lo necesario (el pan y lo que éste simboliza: lo básico para vivir) y no tantas otras cosas innecesarias. Que nadie guarde para mañana (16,19) porque eso es como no fiarse del todo de Dios, no estar seguros de que mañana nos volverá a dar lo que necesitemos.

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Reny Coecher
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kelly
Feria
Jn 17,11b-19. Que sean uno, como nosotros.
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