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Pablo, el evangelizador perseguido (1)

Felipe Fernandez Ramos -
    Presentar a Pablo como el evangelizador perseguido equivale sencillamente y llanamente a describir una figura impregnada y determinada por el evangelio que, de forma clara o solapada, se halla siempre bajo el signo de la persecución. El mismo lo definió como «el poder de Dios destinado a la salvación del hombre» (Rom 1,16). Y fue dicho poder el que impregnó toda su personalidad gigante hasta el extremo de lograr la identificación con él: «no vivo yo, es Cristo que vive en mi» (Gal 2,20). La fuerza salvífica de Dios se encarnó en él, le transformó, se convirtió en el principio determinante de su ser y su quehacer.

La reacción violenta que se produce en él siempre que sus adversarios intentan descalificarlo se explica desde su identificación con el evangelio: cuestionar su conducta, su interpretación del mensaje cristiano, su desconexión de la Iglesia oficial, su condición de apóstol, su firmeza inquebrantable e incompatible con cualquier otro tipo de veleidad (2Cor 1,17-21) era tocar las fibras más delicadas. Y ello porque atentar contra su persona era símbolo de hacerlo contra el evangelio; desprestigiar su autoridad equivalía a poner en cuarentena el mensaje cristiano; discutir sus pensamientos fundamentales coincidía con la negación del verdadero camino de la salvación. Estas convicciones tan radicales nacieron de su identificación personal con el evangelio.

Perseguido por sus antiguos correligionarios, cuya hostilidad frente al evangelio se centró en las personas que lo encarnaban con toda su pureza y exigencias. Como lo había hecho él mismo antes de encontrarse con Cristo: «os echarán de la sinagoga, pues llega la hora en que todo el que os quite la vida, pensará prestar un servicio a Dios» 0n 16,2). Es el retrato vivo de Pablo como perseguidor del evangelio, antes de encontrarse con él, y como perseguido del evangelio, después de su conversión. Había caído en la apostasía de su religión, y cómo todo apóstata merecía la muerte. El libro de los Hechos de los Apóstoles narra las intrigas, insidias, persecuciones e intentos de eliminar a Pablo. Le ocurrió en Antioquía de Pisidia, en Iconio, en Listra, en Tesalónica, en Jerusalén, en Cesárea... (Hch 13,45.50; 14,5.19; 17,5; 21,27; 25,3).

Es odiado por los judeocristianos. El entusiasmo suscitado por la persona de Jesús entre sus contemporáneos continuó después de él. Muchos judíos se hicieron cristianos o medio cristianos. Aceptaban la fe que él predicaba; pero la mayoría exigía simultáneamente la fidelidad absoluta a la ley de Moisés. Les llamaban judeocristianos. Si no hay peor mentira que una verdad a medias esto se verifica en nuestro caso. Naturalmente, estos judeocristianos de vía estrecha odiaban a Pablo porque encarnaba la predicación de la libertad cristiana; porque se oponía a un nuevo yugo de servidumbre, el de la ley, que tantos años había pesado sobre él asfixiando su espíritu. Se convirtieron en verdaderos perseguidores de Pablo. Incluso llegaron a organizar una comisión allí donde Pablo había luchado con mayor sacrificio y éxito, como en Corinto y en Galacia. Le negaban su categoría de apóstol, que hubiese «visto» al Señor... (ICor 9,1ss).

Pablo se crecía ante ese tipo de perseguidores. Frente a ellos anuncia su pensamiento más bello y profundo: «el hombre se justifica ante Dios por la fe, sin las obras de la ley» (Rom 3,28; Gal 3,lss). Esto significa que la paz con Dios, su amistad, la justificación, la reconciliación, la santificación... -términos que expresan la misma realidad— se obtiene por la fe. Al añadir «sin las obras de la ley» entiende que estas no son el complemento de la fe -como si la fe fuese insuficiente y necesitase ser completada por ellas-sino el fruto y exigencia ineludible de la misma.

A ellos va dirigida también la ironía más fina, que fue utilizada magistralmente por el apóstol: «no tenemos la osadía de igualarnos ni de compararnos con algunos que se recomiendan a si mismos»; «no me juzgo nada inferior a esos superapóstoles» «esos tales son unos falsos apóstoles, unos trabajadores engañosos, que se disfrazan de apóstoles de Cristo»; «el mismo Satanás se disfraza de ángel de la luz» «se glorían según la carne»; «son fatuos que esclavizan, devoran, roban, se engríen, os abofetean»; «en nada he sido inferior a esos superapóstoles» (2Cor 10,12; 11,5.13.14.18.19-20).
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