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“Nuevaidad”

Francisco Carín García cmf -
Hay una pequeña isla en el trópico al oriente de China en cuyos frondosos cálidos valles habitan diversas tribus aborigenes. Una de ellas es la “Tayal”. En el pasado fieros guerreros cazadores de cabezas (humanas), hoy cristianos en su mayoría. \'\'En uno de estos valles, afectado por el terremoto del 21 de septiembre tuve la suerte de compartir la Navidad; una Navidad que para todos fue “Nuevaidad”. Desde que vine a Taiwán hace casi ya seis años, esta es la primera Navidad en la que realmente me he sentido misionero. Hasta ahora la Navidad la había vivido en la ciudad, como un recreo entre estudios, un pasar por el portal de Belén como se pasa por el escaparate de una zapatería, sin grandes contemplaciones. Este año se me ofrecio la oportunidad de acompañar a un pequeño poblado de la tribu Tayal en su celebración de la Navidad. Dios propuso, una coincidencia hizo que se me presentara la oportunidad, y yo dispuse, raudo a encontrar gente que me supliera en otros quehaceres para quedar libre los cuatro días que íba a estar fuera. Consistía la experiencia en compartir el mensaje de la Navidad con los niños, los adultos, los ancianos y los jóvenes, cada grupo desde una perspectiva distinta; el juego, el diálogo, la escucha el compartir. Para algunos era la primera Navidad vivida en el pueblo. El sacerdote que atiende la comunidad cristiana suele celebrar la misa del Gallo por la mañana en un poblado vecino y luego marcha al pueblo principal para celebrarla de nuevo a la noche. Muchos de estos hombres y mujeres han sufrido en silencio los efectos del terremoto. Sus casas pequeñas y sencillas les han salvado de la muerte, pues pocas se han derrumbado y las que lo han hecho lo hicieron con generosidad y les dieron tiempo a abandonarlas. No obstante muchas de las que quedan en pie son inhabitables, y una seccion entera del poblado va a tener que ser desplazada a otro lugar debido a que la montaña a cuya falda está asentada amenaza desplomarse sobre las casas con las primeras lluvias torrenciales. En medio de este mar de incertidumbre este pequeño poblado aborigen vió una gran luz; es más, se cumplió a la perfección la profecía. Nos quedamos en tinieblas unos 40 minutos antes de empezar la Eucaristía, y cuando estábamos para empezar (ya no podíamos esperar más) vino la luz de nuevo, y con la luz comenzamos nuestra Acción de Gracias, nuestra Eucaristía, y vimos una gran Luz, infinitamente más grande que la de las lámparas. Este fue el mensaje que en esta Navidad compartimos en aquel poblado; hemos visto una gran Luz, una Luz con Nombre propio, Jesús, el Cristo, el Dios con nosotros, y es en su nombre donde encontramos y recibimos la fuerza necesaria, fuerza del Espíritu, para seguir adelante sin miedo y ver el nuevo año con ojos transformados. \'\'Puede que hayan visto sus esperanzas demasiado enaltecidas, y nuestra presencia entre ellos esta Navidad no lo ven como una experiencia puntual, un caramelo en época de hambre, sino como la siembra de lo que a su entender es la gran cosecha de Dios; piden que volvamos y que compartamos con ellos la Pascua y otra Navidad, y sus fiestas tradicionales. Para mi ha sido también un redescubrimiento de lo que significa ser misionero y de lo que significa compartir la Buena Nueva con un pueblo que debido a la carencia de sacerdotes vive la Eucaristía como regalo excepcional de Dios al hombre, momento culmen en el que el Dios comida y bebida se hace compartir, y comunión deja de ser una palabra para convertirse en un hecho existencial. Aquel día en aquel poblado estuvimos en comunión, y como en aquella gruta de Belén nos acercamos a contemplar el misterio del Dios con Nosotros, no como el escaparate de la zapatería, sino como verdaderos pastores que salen al encuentro de aquel que es ante todo Promesa en clave de amor.
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