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Nuestra Innata Complejidad Patológica

Ronald Rolheiser (Trad. Carmelo Astiz, cmf) -
En  su novela “Un Mapa de Cristal”, la novelista canadiense Jane Urquhart nos cuenta la historia de una anciana que recuerda cómo, cuando era niña, solía tomar el estetoscopio de su padre doctor para jugar con él. ¿Por qué?

“Me fascinaban aquellos auriculares de goma que no dejaban entrar el ruido del mundo exterior. Pero me fascinaba más todavía la campanita de metal plateado al final de los dos tubos, una campanita que podía colocar contra mi pecho para escuchar el tambor, al ritmo palpitante de mi complicado y fascinante corazón”.

¡El ritmo palpitante de mi complicado y fascinante corazón! ¡Qué maravillosa frase! Ser un ser humano no es algo sencillo; y en esto nos asemejamos al universo en general.

La ciencia nos dice que hay un profundo e inteligible diseño evidente en el universo que se va desplegando, pero que esto es sólo  parte de la historia. Junto con esta inteligibilidad, al mismo tiempo, hay fuerzas potentes, salvajes, impredecibles, caóticas que causan estragos en el designio y significado del mismo universo y que provocan toda suerte de sucesos fortuitos y arbitrarios, que parecen no tener sentido alguno. El centro aguanta, pero con frecuencia la superficie no.  No es de extrañar que muchos filósofos consideren la ambigüedad como el fenómeno fundamental en el universo; y algunos científicos arguyen  que las cosas no tienen ningún diseño ni sentido en absoluto.

Y nuestras vidas pueden parecer lo mismo. En un nivel profundo, al menos cuando estamos sanos, generalmente sentimos un sentimiento inicial de que en el fondo las cosas tienen sentido, de que hay un sustrato moral para todo, que el amor tiene sentido, y que estamos llamados a entregarnos a los demás con altruismo.  El centro aguanta, pero la superficie de la vida, como la naturaleza misma, con frecuencia está llena de fuerzas potentes, salvajes, impredecibles y caóticas que amenazan causar estragos en lo que es céntrico e interior del ser humano.  Nuestras personalidades, al igual que el universo, sienten la tensión  entre el sentido profundo y  los sucesos salvajes que parecen contradecir lo más profundo.

El don especial del escritor Henri Nouwen consistía en que podía expresar esto atinadamente. En sus diarios, una y otra vez compartiría qué complejos eran su corazón y sus sentimientos, y cómo el santo y el pecador rivalizarían entre sí dentro de sí mismo: “Quiero ser un gran santo, pero también quiero probar todo lo que los pecadores logran experimentar. /…/  ¡No es de extrañar que mi vida con frecuencia me resulte agotadora!”   Nouwen no nos dejó dudando sobre su confianza  y su entrega a las cosas profundas de la fe y de Cristo, pero tampoco nos dejó dudando de que nuestras vidas están también llenas de fuerzas salvajes, caóticas y fortuitas que nos conducen en direcciones contrarias.

El universo no es simple y sencillo  y, según parece, nosotros tampoco. 

¿Por qué? Porque entre las cosas, en su mismísima profundidad y riqueza,  nuestros propios corazones no son las de menor valor.  Dios no nos hizo sencillos, y sin libertad, ni a nosotros ni al universo.  El universo no es una máquina y nosotros no somos robots, programados para actuar de una forma clara y predeterminada. El universo se parece, mucho más que una máquina, a un organismo vivo; y nosotros somos seres de una profundidad misteriosa, de una libertad ambigua, y de una inmensa complejidad; y nuestros problemas más profundos no proceden del hecho de que el mecanismo no esté funcionando correctamente.  Nuestras luchas más profundas provienen del hecho de que sentimos dentro de nosotros mismos un cierto desasosiego, una locura que  -así parece-  es evidente incluso en el mismo cosmos físico.  El centro y la superficie con frecuencia no están en armonía, tanto dentro de la naturaleza (universo)  como dentro de nuestros corazones.  ¿Por qué?

Sin  ir más lejos, debemos hacer nuestra la famosa frase-oración de San Agustín: “Nos has hecho para ti, Señor, y nuestros corazones están inquietos hasta que descansen en ti”. De la misma forma el autor bíblico Qohelet (Eclesiastés) apunta a una cierta nostalgia por el infinito que hay dentro del corazón humano, por una eternidad, y sugiere que, a causa de esto, estamos atormentados en muchas direcciones diferentes.   Platón lo llamó “divina locura” y creyó que era lo mejor que hay dentro de nosotros, la fuerza que nos empuja implacablemente, sin cesar, hacia cosas y metas más altas. Santo Tomás de Aquino explicaba la complejidad humana diciendo que nuestro desasosiego y malestar congénitos provienen del hecho de que el objeto adecuado de nuestros corazones es ser como somos. ¿Qué es lo que nos dejaría satisfechos?, pregunta. - ¡Solamente todo!, responde. No tenemos por qué extrañarnos de que no todas nuestras partes tiren en la misma dirección.

Blas Pascal sugiere que todas nuestras miserias provienen del hecho de que ninguno de nosotros es capaz de permanecer sentado, silencioso y sosegado en una habitación, durante una hora.  Tiene razón.

Hay en nosotros una innata, patológica, fascinante y santa complejidad.  Conocer esto no hace nuestras vidas más fáciles, pero al menos nos puede introducir a nuestro propio interior de forma que ya no necesitemos pretender que nuestras vidas sean sencillas, ni negar que luchamos y forcejeamos – física, moral, sexual, emocional, intelectual y espiritualmente.

Ruth Burrows, la famosa autora, carmelita británica, comienza su autobiografía   -un libro maravillosamente profundo y delicado-  con estas palabras: “Nací en este mundo con una sensibilidad atormentada”.

¿Acaso no nacimos todos así?
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