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Noviembre, ”¿el mes triste” o “el mes de la gran Esperanza?”

Josep Rovira, cmf -

Me da la sensación de que si hay un mes a lo largo del año que no deja indiferente en ninguna comunidad cristiana es el de Noviembre. Depende de la fe y de la cultura. En el Mediterráneo (y no sólo) es un mes más bien triste: nos recuerda a nuestros muertos; vamos a visitarlos en el cementerio. Recorremos aquellos corredores en silencio o hablando en voz baja. Recuerdo que, en cambio, en Manila (Filipinas)  (y no sólo), ir a visitar a los muertos era un momento de fiesta: “¡Se reunía de nuevo toda la familia!”. En el cementerio se pasaban horas alrededor de las tumbas, se comía, se festejaba...


En realidad, la liturgia nos da una clave de lectura desde el principio con las dos celebraciones: la de “Todos los Santos” (día 1) y la “Conmemoración de los fieles difuntos” (día 2). Una nos parece alegre y la otra triste; cuando, pensándolo bien, los Santos son todos difuntos y la inmensa mayoría -¡al menos!- de los difuntos son santos, si tenemos en cuenta la misericordia del Padre.  La liturgia del primer día es optimista y exigente al mismo tiempo: la multitud que nadie logra contar de todos los santos (Ap 7,2.4-9-14) y el “decálogo cristiano”, las Bienaventuranas (Mt 5,1-12). La variedad de lecturas y cantos del segundo día rezuma por todas partes esperanza pascual. Según Dios, la historia de la humanidad no se define como “historia del pecado”, sino como “Historia de la Salvación”: cómo Dios se las ha apañado y se las apaña contínuamente para salvarnos; y lo bueno está en que, según las parábolas de Lc 15, lo logra, porque el pastor encuentra la oveja, la mujer la moneda, y el padre tiene de nuevo a sus dos hijos en casa. En fin, como dice Pablo: “Donde abundó el pecado (¿y quién lo puede negar?), abundó la gracia” (Rom 5,20). El Padre no envió a su Hijo para condenar al mundo, sino para salvarlo (Jn 3,17). ¡Cristo es nuestra Esperanza! (1Tim 1,1; 1Cor 15); de ahí “la alegría de la esperanza” (Rom 12,12).

Como ejemplos de esta esperanza cristiana, les ofrezco a continuación dos testimonios: el de un joven claretiano de 25 años, perfectamente consciente de que se le está acabando la vida porque tiene cáncer; y la carta de una joven esposa y madre dirigida a sus seres queridos, y encontrada poco después de su muerte.

El primero, Ildefonso (“Ilde” para los amigos), escribía hace pocas semanas a un amigo:
   
“¡Hola!, ¿qué tal estás? Espero y deseo que bien, dispuesto a comenzar el nuevo curso con todo lo que ello deparará. Yo me encuentro bien, fenomenal, ilusionado y con muchísima alegría en el cuerpo. Me encuentro nervioso porque Dios mediante, si soy aprobado para la Profesión Perpetua en la Congregación de Misioneros Hijos del Inmaculado Corazón de María, profesaré el próximo 23 de Octubre (así ha sido). Aprovecho este e-mail para invitarte a orar por mí en estos momentos previos de preparación respecto a esta decisión a la que veo me mueve el Señor.
   
El pasado 19 de Septiembre acudí al Oncólogo para recibir información sobre la última prueba que me realizaron el pasado 9 de Septiembre para contrastar el avance de la enfermedad con respecto al mes de Julio pasado. El informe del PET-TAC realizado muestra que existen múltiples focos hipermetabólicos en ambos campos pulmonares que corresponden con imágenes nodulares en «suelta de globos». Existen varios focos hipermetabólicos en el hígado, hay varias lesiones y han aumentado de tamaño con respecto a la última prueba (...). Existe un foco hipermetabólico de actividad significativa en fosa renal izquierda. Por último, hay una novedad más, existe un foco en el bazo. Como puedes ver, la situación médica ya no es nada favorable. De hecho en el pasado mes de Julio ya me informaron de la gravedad de mi estado de salud. Aún así yo me encuentro con fuerzas, ilusión, entereza, serenidad y muchas ganas de seguir entregando mi vida, dándola, partiéndola y entregándola a todos por igual, al menos eso intento. El Oncólogo, tras las malas noticias respecto a la progresión metabólica de la enfermedad, me informó de que mi caso ha sido motivo de discusiones frecuentes en diferentes sesiones clínicas dado que se pretendía ya dejar a un lado. Yo le había expresado ya en el pasado mes de Agosto día 30 mis deseos de seguir poniendo tratamiento de quimioterapia expresos de cáncer que tengo.

Físicamente me encuentro bien y con mucho ánimo para seguir luchando al lado de Dios, mi gran apoyo, baluarte, fuerza y esperanza que me sigue moviendo a vivir con alegría mi seguimiento ahora más unido a Jesucristo sufriente en la Cruz. Expresado mi deseo de seguir con tratamiento, los médicos han optado por seguir luchando para intentar frenar todo lo posible el triunfo de la enfermedad físico sobre mi persona. La semana que viene comenzaré un nuevo tratamiento (...). Ahora se vislumbra el camino final al que en esta lucha parece acercarse cada día más aunque físicamente en el aspecto no se me note corporalmente (...).


¿Cuál está siendo el motivo que me mantiene tan bien? Desde mi punto de vista está claro: la fuerza de la oración. Dios escucha a sus hijos cuando piden con fe, cuando saben pedir realmente lo que Dios espera de sus hijos: la voluntad de Dios. Por ello os animo a seguir orando por mí, pidiendo que el Señor cada día sigua mostrándome su voluntad, siga otorgándome la fuerza necesaria para seguir caminando bajo la luz de la fe en este oscuro camino que me lleva a la muerte. Me siento feliz, alegre, esperanzado, sereno, ilusionado, para seguir caminando y seguir sonriendo a la vida porque he experimentado la alegría de encontrar el tesoro que mueve mi vida. Un tesoro que aún en los momentos de mayor dificultad, incertidumbre, duda, Getsemaní y momentos de mayor abandono humano me muestra  la luz de la esperanza a la que estoy llamado a vivir por el bautismo. Me alegra vivir esta oportunidad de crecimiento espiritual y como persona en medio de la enfermedad. Son muchas las personas que se encuentran sufriendo, desoladas, sin esperanza, sin motivos para vivir. Yo oro incesantemente por estas personas que no han encontrado a Dios porque se han cerrado a su venida, no han dejado que Él abra las puertas de su corazón para que Él pueda amarnos de una manera tan desbordante como la que yo estoy experimentando. Dice un hermoso pasaje de la Escritura: «Ánimo, no temáis, yo estoy con vosotros». Jesús pronuncia estas palabras cuando sus discípulos se encuentran subidos en la barca, tranquilos cuando de repente se levanta una fuerte tormenta y los hace a todos desesperar y pensar en lo peor. Yo sintiéndome discípulo, seguidor de Jesús, en medio de la tormenta me abrazo a los brazos de Dios dejando que Él conduzca mi vida. Confío plenamente en Él. Como dice el Salmo: «Con él a mi derecha no vacilaré».
Desde Granada, vuestro hermano en la fe en Cristo Jesús,
Ilde cmf”.

La carta de Rosanna a su marido, Battista, y a sus hijos Antonio y Simona, dice:
“Amadísimo Battista, amor mío, y amadísimos muchachos Antonio y Simona, finalmente he atravesado el umbral que introduce en el Reino de la luz. He comenzado una nueva vida, la que durará por toda la eternidad. La verdadera. Si mi vida terrena fue escalar, contigo Battista, la montaña en cuya cima estaba nuestro «castillo», ahora yo me he adelantado. Y te espero allá arriba donde, hace tantos años, nos prometimos vivir juntos, felices para siempre. No solamente te espero, sino que te doy una mano para ayudarte en la escalada. ¡No estoy muerta!

Muchachos míos, que no se os escape decir: «Mamá, no existe ya más». Me sentiría casi ofendida. Ahora, yo vivo más que antes: estoy en la eternidad. «La muerte consiste en el ser molido por la muela para llegar a ser pan; es ser aplastado en el molino para llegar a ser aceite perfumado que se derrama; es cesar de gritar: ¡Señor, ven!». Tengo estos pensamientos. Soy la simiente que, corrompida, germinará y dará fruto. Un fruto más sustancial que el que he sido hasta ahora.

Cuántas veces he agradecido al Señor (y lo hago ahora, con gratitud extrema), por haberme regalado a tí, querido Battista. Has sido mucho más que mi mitad. Contigo el Señor ha cambiado mi vida terrena. Y ha convertido en un paseo agradable la escalada a nuestro monte que, casi durante diez y nueve años, había sido para mí la subida al Calvario. Battista, has dido la «cosa» más hermosa y más grande de mi vida. Te estoy agradecida. En mi día, si es posible, no hagáis sonar las campanas con retoques tristes, sino a fiesta. Si tendrás fuerza para ello, querido Battista, después de un mes de mi pasaje a la otra vida, organiza una cena con los  amigos. Como se hace para el matrimonio. Y haced fiesta porque yo he atravesado la puerta de la luz. He ocupado ya nuestro castillo, en el que os espero a todos.
  
Rosanna”.
Y quisiera acabar con el “apólogo de la esperanza”, escrito por un anónimo:
“Las cuatro velas quemaban y se consumaban lentamente. El lugar era tan silencioso que se podía escuchar su conversación. La primera decía: «Yo soy la Fe. Por desgracia ya no sirvo para nada: los hombres ya no quieren saber nada más de mí, por lo cual es inútil que me obstine en permanecer encendida». Apenas había terminado de hablar cuando una ligera brisa sopló hacia ella y la apagó.
La segunda entonces dijo: «Yo soy la Paz. Por desgracia los hombres han decidido que no vale la pena mantenerme encendida. Estoy convencida de que no me queda otra cosa sino extinguirme también yo». Así fué: poco a poco se consumó completamente en lágrimas de cera fundida y murió.

Muy triste, la tercera vela suspiró: «Yo soy el Amor. No tengo la fuerza para continuar encendida: los hombres no me consideran y no comprenden mi importancia. ¡Incluso odian a aquellos a los que dicen que aman!». Y sin esperar más, se dejó apagar.

Inesperadamente, en aquel momento un niño entró en la habitación y vió las tres velas apagadas. Espantado por la semioscuridad, gritó: «Pero, ¿qué hacéis? Tenéis que continuar encendidas: ¡yo tengo miedo a la oscuridad!». Y estalló en lágrimas. Entonces, la cuarta vela, enternecida, dijo sonriendo: «No temas, no llores: mientras esté encendida yo, podremos encender de nuevo a las otras tres: Yo soy la Esperanza». Con ojos brillantes, el niño tomó la vela de la Esperanza y encendió de nuevo a las otras tres.

¡Que no se apague nunca la Esperanza en nuestro corazón! Y que cada uno de nosotros, como aquel niño, pueda ser siempre y en toda situación, el instrumento capaz de encender de nuevo la Fe, la Paz, y el Amor con su Esperanza”.

“Si no os hacéis como niños, no entraréis en el Reino de los Cielos”, dijo el Maestro (Lc 18,16-17). 

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