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¡No temais! La confianza prende en el Espíritu

Ciudad Redonda, Ciudad Redonda -

I. Meditación

Dos verbos para un solo creyente

Al principio era la Palabra, como dice Juan, o la Acción, como dice Goethe. Al principio es también el temor, como afirma todo ser humano que desentierra sus raíces. Hubo un tiempo de temor antes que El viniera. Y hay un tiempo de temor después de su venida. Nosotros -al igual que Pedro o que Pilato- somos temerosos después de Cristo, que es una forma casi incomprensible de serlo, pero real como la vida misma.

¿Cómo se puede creer y temer a la vez, seguir al Maestro y temblar por las noches? Cuando la razón creyente no acierta a conjugar al mismo tiempo los dos verbos, la vida se encarga de introducir desequilibrios. Creemos porque nos embarga un Amor inexplicable. Es nuestra primera y más firme convicción. Tememos porque este Amor no acaba de inundar nuestra entera geografía. Es nuestra más cotidiana experiencia. Vivimos insuperablemente en una tensión que, a veces, adquiere los perfiles de un timo (¡lo de Jesús es puro cuento!) y, otras, los ardores de una esperanza (¡lo de Jesús no es aún una cosecha, pero sí una semilla que promete!). Deslizarse hacia el timo es más que una modesta tentación: es la pendiente pronunciada hacia la que nos empuja la contemplación de todos los malos rincones que existen eh tomo nuestro. Apostar por la esperanza es un fruto del Espíritu de Jesús, la misteriosa paloma que nos lo hace contemporáneo, que grita en las inmediaciones de nuestros oídos un consistente no temáis. Para que estas palabras se carguen de energía salvadora, para que no naufraguen en el mar de los mensajes de segunda fila, hay que tener agallas y llamar primero al timo por su nombre.

Cuando la vocación se parece a un timo

En nuestro carné de llamados, junto a nuestro nombre, figura otro dato: de profesión sus temores. Hemos creído en El y, sin embargo, de vez en cuando, nos empequeñece el miedo a una enfermedad, a un declive afectivo, a un arrinconamiento laboral. Afirmamos la eficacia de su Palabra, y, al mismo tiempo, nos aprovisionamos de medios de toda especie para evitar el ridículo ante un hipotético fracaso. Jesús nos parece, en el fondo, de tejas abajo, poco digno de fe. Es cierto que en los momentos mejores su concreción escandalosa de la vida cotidiana, preferimos valernos de nuestras artes. ¡Siempre es arriesgado, y hasta peligroso, fiarse a pies juntillas de Jesús! Si alguna vez lo hemos intentado de veras en situaciones desesperadas en las que nuestros recursos no bastaban para controlar su desenlace, es posible que hayamos sufrido el desencanto de un plantón y que se nos haya escapado por entre las comisuras de los labios: ¡Me fallaste cuando más te necesitaba! Para preparar una clase, una comida o una catequesis... me basto yo. Lo que te pido es que me remedies la depresión de mi hermana o el cáncer del amigo. Si no sirves para esto, ¿qué diferencia hay entre un Jesús inútil y un Jesús inexistente?

No hay por qué escandalizarse. Quien nunca ha sentido el estremecimiento de una relación timada, es muy posible que nunca haya sentido el estremecimiento de una relación. El temor del timo es la percepción nítida de la distancia que existe entre la verdad creída y la verdad comprobada, entre lo que debería ser y lo que, de hecho, es. Este temor pone entre paréntesis lo más noble, suspende el asentimiento, desdibuja la realidad última desde las realidades penúltimas. Este temor es un sentimiento inequívocamente humano y, en dosis controladas, puede ser pedagógicamente cristiano. Sin él no tomaríamos conciencia de la distancia que existe entre la realidad de Dios y la nuestra, domesticaríamos la trascendencia. La fe no sería entrega razonable sino optimismo pueril. No creeríamos con el corazón sino con el temperamento; es decir, visceral y alocadamente.

Hay temores personales y hay temores comunitarios. Los últimos suelen unirnos más. La comunidad de temores crea solidaridades que pueden destruirnos o hacernos crecer. Si cierta clase de temores se multiplican hasta erigirse en palabra definitiva, entonces constituyen nuestra tumba. Sólo nos resta ponernos de acuerdo en el epitafio. Al temor al ridículo, el temor a decir nuestra opinión por el mero hecho de que no coincida con la de la mayoría, el temor a discernir nuestras opciones desde la Palabra, el temor a revisar en común nuestra vida, el temor a disentir y a proponer, el temor a resquebrajar las alianzas constituídas ... Este temor de las mil caras es como un cáncer que acaba consumiendo el don recibido. Es un temor malo.

Pero existen temores colectivos que impulsan nuestra fidelidad. Son temores que se asemejan al respeto y a la prudencia. El temor a expresar un juicio demasiado severo, el temor a herir inútilmente la sensibilidad de algún hermano, el temor a sucumbir bajo el peso de la rutina, el temor a hablar sin entendernos, el temor a no estar diciendo lo que tendría que ser dicho. Este temor es como un umbral de fuertes decisiones, actúa a modo de despertador, nos impide confundir la situación presente con la mejor de las posibles. Este temor, en el caso de que nunca se diera, habría que implorarlo.

Cuando la vocación se parece a la confianza

Se dice que en el momento en el que el filósofo griego Diógenes fue hecho preso y llevado al mercado de esclavos para ser vendido, se subió al estrado del subastador y gritó en voz alta: « ¡Un señor ha venido aquí para ser vendido! ¿Hay algún esclavo entre vosotros que quiera comprarlo?» El hombre libre nunca puede ser sometido. El hombre confiado aprende a no temer porque se da cuenta de que nada de lo que viene de fuera contamina al hombre (cf Mc 7,15). Los temores anidan en nosotros, son consecuencia del pecado que somos, misteriosos residuos genéticos de Adán. Sólo los ojos turbios ven turbia la realidad. Con los ojos del Espíritu se ve de otra manera. Se ve, ciertamente, el mal, pero vencido. Se ve el pecado, pero perdonado. Se ve al hombre débil que camina, pero redimido. «¿qué tiempo cree usted que vamos a tener hoy?», le preguntó un individuo a un pastor en el campo. «El tiempo que yo quiero», respondió el pastor. «¿Y cómo sabe usted que va a hacer el tiempo que usted quiere?» «Verá usted, señor: cuando descubrí que no siempre puedo tener lo que quiero, aprendí a querer siempre lo que tengo. Por eso estoy seguro de que va a hacer el tiempo que yo quiero».

Aprender a querer siempre lo que tenemos. He aquí un camino de salud espiritual. Lo que tenemos es... lo que somos: hombres y mujeres habitados por el Espíritu de Dios. Es Él el que nos permite creer, confesar a Jesús, vivir en libertad y comunión. ¿Por qué este don radical va a ser menos nuestro que el color de los ojos a la manera de hablar? ¿Por qué es menos visible? ¿Quién sostiene que la alegría es menos visible que el diseño de nuestra ropa? ¿Y no son, precisamente, la alegría, la paz, la tolerancia... los frutos con los que el Espíritu se muestra en los creyentes? (cf Gal 5,22-23). Aprender a querer esto que tenemos, esto que somos no es una llamada al conformismo, a la aceptación resignada de las circunstancias, porque esto (el Espíritu) es cualquier cosa menos pasividad. Sólo una fe grande en el Espíritu produce la confianza suficiente para no vernos derrotados por los temores malos. Ahora bien, esta fe, ¿es el máximo al que podemos aspirar en nuestra vida religiosa o, más bien, es el mínimo sobre el que se asienta cualquier historia vocacional? ¿Es algo inasequible a la fuerza de lo indeterminado o se trata de algo que podamos experimentar? Y, en el mejor de los casos, ¿se trata de una experiencia que se coloca junto a las demás que conforman nuestra vida diaria, por encima de ellas, o las atraviesa todas? Esta fe, en definitiva, ¿se recibe gratuitamente o se logra con esfuerzos? Son preguntas que reaparecen una y otra vez y que, incluso, habría alguna vez que provocar. Con ellas convivimos sin que sea preciso obtener siempre una respuesta tumbativa. Se puede confiar y, al mismo tiempo, seguir preguntando, porque no se trata de interrogaciones al margen de la fe sino dentro de ella, como si fueran preguntas-centinela que mantienen nuestra conciencia en estado de vigilia. Por eso todas ellas pueden coexistir mientras dure el camino con una proposición indiscutiblemente afirmativa: No temáis, que recorre el evangelio de principio a fin, como estribillo divino en las encrucijadas humanas. Si hiciéramos de ella un imperativo más, entonces comprobaríamos que las preguntas anteriores acabarían por robar nuestra confianza, porque no hay manera de sostener con nuestras solas fuerzas una lucha victoriosa contra el temor. Pero si es un indicativo de gracia, entonces las preguntas, lejos de resultar amenazadoras, redoblan el sentido cristiano de nuestra confianza. No se trata de que hagamos esfuerzos para no temer (el temor se nos impone con frecuencia), sino que recibimos fe para interpretarlo, aguantarlo y derrotarlo. El temor no es para el cristiano un diablo todopoderoso sino una criatura sometida a la potencia del Vencedor.

II. Resonancias

Texto para reflexionar

«Parábola del partisano y el extranjero»

En tiempo de guerra, en una zona ocupada, un partisano conoce una noche a un extranjero que le impresionará profundamente; ambos pasan toda la noche. El extranjero dice al partisano que también él está de parte de los partisanos e incluso afirma que está allí por encargo del mando de la resistencia y exhorta a su interlocutor a tener confianza en él, pase lo que pase. El partisa vencido de la fidelidad del extranjero y tiene confianza en él. Ambos no se vuelven a encontrar en condiciones de intimidad. A veces se ve que el extranjero ayuda a los miembros de la resistencia; el partisano le está reconocido y dice a sus amigos: "Está de nuestra parte". En ocasiones se le ve en uniforme de policía entregando a los patriotas al poder ocupante. Entonces, los amigos del partisano murmuran contra él; pero él les sigue diciendo: "Está de nuestra parte". Sigue creyendo a pesar de las apariencias, que el extranjero no le traicionará. De tanto en tanto, el partisano pide ayuda al extranjero, la recibe y le continúa agradecido. Pero en ocasiones no llega la ayuda solicitada, y entonces el partisano comenta: "El extranjero conoce perfectamente las cosas y sabe lo que hace". Sus amigos, exasperados, le dicen: "¿Qué tendrá que hacer el extranjero para admitieras que estás equivocado y que él no está de nuestra parte?". Pero el partisano se niega a responder. No estaba dispuesto a juzgar al extranjero. (B. Mitchell)


Celebración

Introducción: El miedo a la respuesta, cuando la pregunta era la propia vida, ha rondado los corazones de miles de creyentes en Dios a lo largo de la Historia de la Salvación. Cómo conjugar el «temor de Yavé» con el «temor a Yavé». Dios elige, Dios convoca; lo trascendente apela a lo inmanente; lo humano se encuentra golpeado y estremecido cuando lo divino hace su aparición. No podemos menos que temer, que asustarnos y buscar refugio lejos de tal experiencia. Hasta aquí nosotros. Pero si es «Dios-en nosotros» aún queda un capítulo final, que originará otra «historia interminable». Fiado de Dios me meto en la batalla, reza el salmo.

Canto: Levanto mis ojos a los montes

La Palabra: «Se mantenían a distancia»

«Al tercer día, al rayar el alba, hubo truenos y relámpagos y una densa nube sobre el monte y un poderoso resonar de trompeta; y todo el pueblo que estaba en el campamento se echó a temblar. Entonces Moisés hizo salir al pueblo de campamento para ir al encuentro de Dios, y se detuvieron al pie del monte. Todo el monte Sinaí humeaba, porque Yahvéh había descendidio sobre él en el fuego. Subía el humo como de un horno, y todo el monte retemblaba con violencia. El sonar de la trompeta se hacía cada vez más fuerte; Moisés hablaba y Dios le respondía con el trueno. Todo el pueblo percibía los truenos y relámpagos, el sonido de la trompeta y el monte humeante, y temblando de miedo, se mantenían a distancia. Dijeron a Moisés: "Habla tú con nosotros, que podremos entenderte, pero que no hable Dios con nosotros, no sea que muramos". Respondió Moisés al pueblo: "No temáis, pues Dios ha venido para poneros a prueba, para que su temor esté ante vuestros ojos, y no pequéis"». (Ex. 19, 16-19; 20, 18-20)

La Confianza

Se trataría en este momento de aprovechar nuestro espíritu de oración para expresar abiertamente nuestros recelos y temores acumulados en el seguimiento del Señor. No es una confesión, sino un descubrirse ante el Dios que todo lo trasciende, como pequeñas realidades necesitadas continuamente de salvación. A cada una de las comunicaciones seguiría una antífona cantada que expresara la renovación de la comunidad en su vocación.

Preces

Presidente: Señor Dios, dueño de Cielo y Tierra, Creador del Género Humano y promotor de la Eterna Felicidad, al final de esta celebración alzamos nuestros brazos en tu Presencia; transmítenos tu fortaleza en la tarea de proclamar tu Voz al mundo y escucha nuestro corazón de hijos en estos momentos en que tanto necesitamos de tu protección:

  • Te pedimos por el Santo Padre y por todos nuestros pastores; dirige sus mentes y corazones en su ministerio, en sus exhortaciones, en sus enseñanzas. Que tu ayuda en su lectura de los acontecimientos presentes les mueva en la difícil tarea de adaptar la marcha de la Iglesia Universal a las exigencias de los nuevos tiempos, de los nuevos creyentes. Oremos al Señor. Te lo pedimos porque confiamos en Tí.
  • Te pedimos por los cristianos y cristianas consagrados en hacer visible tu Reino ya en este mundo; destruye en ellos toda desviación del camino elegido, toda interpretación hipócrita de la escritura, hazles caminar por la ruta que desemboca en la comunidad que no acaba jamás. Oremos al Señor. Te lo pedimos porque confiamos en Tí.
  • Te pedimos por todos los cristianos, para que cada uno dentro de su peculiar estilo de vida no renuncien sino que potencien la dimensión misionera de su fe y la muestren a esa "expectante Creación" que tiene en ellos depositada sus ojos. Oremos al Señor. Te lo pedimos porque confiamos en Tí.
  • Te pedimos finalmente por todos aquellos seres humanos que tienen el dolor o la desesperanza como norma de vida; por las gentes de nuestro mundo que no te conocen y por los que se han alejado de tí como reacción de autosuficiencia; dígnate escuchar nuestra oración por todos ellos y concédenos asomarnos al infinito amor que Tú demuestras para con cada uno de ellos. Que tal concesión nos reafirme a dar pasos que rompan toda estructura ajena a tu propuesta evangélica. Oremos al Señor. Te lo pedimos porque confiamos en Tí.

Presidente: Dios Nuestro, Padre de Todos, Luz en la Tiniebla, bendice nuestra asamblea y reconforta nuestra sed de salvación para todos los hombres. Acoge cuanto han pronunciado nuestros labios así como aquellas súplicas que todavía permanecen en el fondo de nuestros corazones. Te lo pedimos por mediación de María, nuestra Madre, y por Jesucristo, nuestro Señor. Amén.

Canto final: Siempre confío en mi Dios.

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