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No ser tacaños con la misericordia de Dios

Ron Rolheiser (Trad. Benjamín Elcano, cmf) -

Hoy día, por diferentes razones, nos esforzamos por ser generosos y pródigos con la misericordia de Dios.

Mientras el número de personas que asisten a los servicios de la iglesia continúa descendiendo, la tentación entre muchos de nuestros líderes y ministros de iglesia es ver esto más como una poda que como una tragedia y responder haciendo la misericordia de Dios menos accesible en vez de más. Por ejemplo, un profesor de seminario a quien conozco me comunica que, después de cuarenta años de enseñar a un curso dedicado a preparar a seminaristas para administrar el sacramento de la penitencia, hoy a veces la primera cuestión que preguntan los seminaristas es: “¿Cuándo puedo denegar la absolución?” En efecto, ¿en qué grado debo ser escrupuloso al dispensar la misericordia de Dios?

Para su crédito, su motivación es principalmente sincera, aunque mal orientada. Sinceramente, tienen miedo de desempeñar su ministerio rápidamente y ser demasiado permisivos con la gracia de Dios, temiendo que podrían acabar administrando la gracia de forma un tanto barata.

En parte, es un motivo válido. El temor de desempeñar su ministerio rápidamente y ser demasiado permisivos con la gracia de Dios, juntamente con cuestiones de sobre la verdad, ortodoxia, forma pública idónea y temor de escándalo tienen su propia legitimidad. La misericordia necesita siempre ser moderada por la verdad. Pero, a veces, los motivos que dirigen nuestra incertidumbre son menos nobles, y nuestra ansiedad sobre el hecho de distribuir la gracia de manera un tanto barata sobrepasa la timidez, el miedo, el legalismo y nuestro deseo -aunque inconsciente- por el poder.

Pero, incluso cuando la misericordia es impedida por las más nobles de esas razones, estamos mal orientados, somos malos pastores, desentonados del Dios que proclamó Jesús. La misericordia de Dios, tal como Jesús la reveló, abraza indiscriminadamente al malo y al bueno, al indigno y al merecedor, al principiante y al iniciado. Una de las visiones verdaderamente sorprendentes que Jesús nos dio es que la misericordia de Dios, como la luz y el calor del sol, no puede dejar de salir para todos. Consecuentemente, la misericordia siempre es libre, inmerecida, incondicional, abraza a todos y tiene un alcance más allá de toda religión, costumbre, rúbrica, cortesía política, programa mandatario, ideología e incluso pecado.

Entonces, por nuestra parte -en especial aquellos de nosotros que somos padres, ministros, maestros, catequistas y ancianos- debemos arriesgar proclamando el carácter pródigo de la misericordia de Dios. No debemos malgastar la misericordia de Dios como si gastar fuera lo nuestro; ni repartir el perdón como si fuera una mercancía limitada; ni poner condiciones al amor de Dios como si Dios fuera un tirano subalterno o una ideología política; ni cortar el acceso a Dios como si nosotros fuéramos los guardianes de las puertas del cielo. No lo somos. Si atamos la misericordia de Dios a nuestra propia cortedad y miedo, la reducimos a la dimensión de nuestras propias mentes.

Es interesante notar en los evangelios cómo los apóstoles -bienintencionados, por supuesto- trataban con frecuencia de mantener lejos de Jesús a cierta gente, como si no fueran dignos, como si fueran una afrenta a su santidad o mancillasen de algún modo su pureza. Así que trataban constantemente de impedir a niños, prostitutas, recaudadores de impuestos, pecadores reconocidos y no iniciados de todas las clases, que se acercaran a Jesús. Sin embargo, Jesús siempre desechaba sus intentos con palabras en este sentido: “¡Dejadlos que vengan! ¡Quiero que vengan!”

Al comienzo de mi ministerio, viví en una rectoría con un santo sacerdote anciano que pasaba de los ochenta años. Además, se encontraba casi ciego, pero era ampliamente buscado y respetado, especialmente como confesor. Una noche, estando solo con él, le hice esta pregunta: “Si Vd. tuviera que vivir otra vez su sacerdocio, ¿haría algo de diferente manera?” De un hombre tan íntegro, yo esperaba del todo que no tendría ninguna pena. Así que su respuesta me sorprendió. Sí, tenía una pena, una pena especial, según dijo: “Si tuviera que vivir de nuevo mi sacerdocio, la próxima vez sería más asequible a la gente. No sería tan tacaño con la gracia de Dios, con los sacramentos, con el perdón. Me temo que he sido demasiado duro con la gente. Han sufrido bastante sin mí y la iglesia cargando pesados fardos sobre ellos. Debería haber arriesgado más la gracia de Dios”.

Me impactó esto, porque, menos de un año antes, mientras tenía mis exámenes finales en el seminario, uno de los sacerdotes que me examinó me dio este consejo: “Ten cuidado, dijo, no seas blando. Sólo la verdad mantiene libre a la gente. Arriesga la verdad sobre la misericordia”.

Ahora que envejezco, me inclino más al consejo del sacerdote anciano: Necesitamos más arriesgar la misericordia de Dios. El lugar de la justicia y la verdad nunca debería ser ignorado, pero debemos arriesgar permitiendo a la infinita, inmensa, incondicional e inmerecida misericordia de Dios fluir libre.

Pero, como los apóstoles, nosotros -personas bienintencionadas- siempre estamos tratando de mantener a ciertos individuos o grupos lejos de la misericordia de Dios, como sucede en la palabra, el sacramento y la comunidad. Pero Dios no quiere nuestra protección. Lo que Dios quiere para cada uno es -sin tener en cuenta la moralidad, ortodoxia, falta de preparación, edad, cultura- venir a las ilimitadas aguas de la misericordia divina.

George Eliot escribió una vez: “Cuando la muerte -la gran reconciliadora- ha llegado, nunca nos arrepentimos de nuestra ternura, sino de nuestra severidad”.

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icono comentarios 6 comentarios

Comentarios

eleazar eleazar
el 24/6/14
Olé por el artículo, desde el principio. Es un escándalo que nuestras Iglesias estén tan vacías, y no manifestemos el duelo que nos produce, y aunque siempre se hable, y debe ser así, del "resto" del pueblo de Dios, nuestro Padre misericordioso, está fuera oteando el retorno del hermano ausente; y Él lo recibe abrazándolo para meterlo en casa. Menos mal que es así, ¿sin su misericordia quién se salvará? Nos pide que seamos brazos misericordiosos; "Vayan, y hagan que todos los pueblos sean mis discípulos, . . ." abrazándolos en el nombre . . .
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susana susana
el 24/6/14
Siempre he pensado que el amor de Dios,es mas fuerte que nuestra debilidades.
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Martha Martha
el 24/6/14
Algunos tienen la idea erronea de que el Senor es par-
co en su conmiseracion, el Dios que nos enseno Jesus
es amor e inagotable su clemencia y su abrazo de bon-
dad y perdon abarca al mundo entero, sin importarle
raza, religion o si son pecadores o santos; como dice
en el articulo de hoy, Su perdon no tiene limites, no se
agota nunca, es accessible a todos, siempre que lo pi-
damos con la verdad y sinceridad en las palabras sali-
das del Corazon, EL las recibira y obtendremos su gra-
cia compasiva, como el calor y la luz del sol sale todos
los dias para todos, asi es Dios en su bondad infinita.
Saludos.......
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U.SALDAÑA M. U.SALDAÑA M.
el 24/6/14
Saludos, Padre Rolheiser: En principio el encabezado de su reflexión parece ir dirigido sobre todo a la jerarquía más próxima a "administrar" la misericordia divina, que a nosotros la "grey", más necesitados de recibirla, hecho que nos debería obligar a ponderar la tremenda importancia de esa función de ustedes los ministros del señor.
En cierta forma este punto de vista tiende a establecer un equilibrio entre una estereotipada figura de un ministro "intransigente" que toma demasido "ad literam" el texto de las normas, cánones y/o reglamentos, conduciendo el sesgado pensar de muchos de nosotros los "fieles", a desarrollar uno de los motivos que a veces nos hacen renegar y hasta estúpidamente alejarnos de nuestra Santa Madre la Iglesia Católica.
Su reflexión me ... » ver comentario
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angeljen0214 angeljen0214
el 26/6/14
La duda en los seminaristas es logica, pues debido a su inexperiencia, tienen temor a ser ligeros en dispen-
sar la misericordia de Dios, pero poco a poco van ad-
quiriendo confianza y la madurez necesaria para com-
prender que el Senor, nuestro Dios, nunca les pediria
tasar su perdon y su amor; como tampoco les ha pe-
dido hacer distinciones a quienes se les administra su
misericordia, sea cual sea su origen, su religion, su ra-
za o sean pecadores , seguro estoy que a estos ulti -
mos los recibe con mas alegria en su casa. Tambien
estoy de acuerdo con la advertencia del Sacerdote
anciano en exponer mas la misericordia de Dios, en
pos de que la misma sea mas realizable a todos, ya
que la dejamos correr con holgura, pero sin olvidar
la verdad y lo justo. Gracias
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AUGUSTO AUGUSTO
el 27/6/14
Para mi la orientación de como debo vivir la encontré en dos libros de la Biblia (crf. Ge 1 26 - 30; 3 1 - 24; Ef 2 4 - 10). En el primer libro como nací y en el segundo como vivo el misterio de la Salvación, Redención y Glorificación en este final de los tiempos iluminado por Jesucristo Nuestro Señor. Alabado sea Dios Misericordioso.



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