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No se trata de una cuestión de liturgia

Josep María Espinás - 21RS -
    Que el Papa, Benedicto XVI, haya autorizado que se celebraran misas según el rito tridentino, o sea, a la antigua (para la gente de hoy), ha provocado algunas adhesiones y bastantes reservas. Que se pueda recuperar el latín no es, me parece, el principal motivo de controversia, porque la liturgia anterior solo será vigente, dicen, en algunas misas. El latín ya solo lo conservaba la Iglesia y, al menos personalmente, me gusta que siga sonando. Por otro lado, no creo que la adopción de la lengua del pueblo haya llevado a más gente al templo.

Yo me limito a recordar que, hace unos años, asistí a algunos actos religiosos que encontré angustiosos por la aparición de guitarras y de cantos no siempre afortunados.

Es cierto que las ceremonias a la manera nueva se han ido perfeccionando con el paso del tiempo. Y, si con la reforma se buscaba más participación de los fieles, físicamente esto se ha logrado. Pero me cuesta estar de acuerdo con los eclesiásticos que dicen que, ahora, los fieles "participan" en la misa, mientras que en el pasado solo "asistían".

¿Es que asistir y participar son dos acciones incompatibles? ¿Es que asistir y participar son dos acciones incompatibles? ¿No puede haber una participación superficial y mecánica y, en cambio, una asistencia callada que conlleve una participación muy consciente y muy profunda? No veo nada claro que los asistentes a un festival de rock participen más en el acto, por el hecho de manifestarse, que los asistentes a un concierto de música clásica. Hay muchas formas de participar y no hay ninguna para medir la participación.

Hay quien ha dicho que con el rito antiguo se contagiaba a los asistentes a la misa una dimensión mística de la celebración. Para los que tenían, precisémoslo, sensibilidad mística, porque había quien bostezaba. Y también podría afirmarse que con el rito actual lo que aumenta es la convivencia y la solidaridad social. Todo ello me parece, por lo menos, discutible.

Lo que me parece más importante es que con la autorización de las misas a la antigua se tenga la pretensión de eliminar las divisiones entre los fieles "modernos" y los que se han mantenido --con algún obispo al frente-- en rebeldía ante los cambios. No sé si la decisión tomada es el camino más adecuado para llegar a este objetivo. Pienso que más bien es una concesión peligrosa, porque puede estimular un cisma litúrgico. Y, a partir de aquí, la ruptura con las propuestas renovadoras del concilio Vaticano II.
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