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Navidad con los sin techo

José María Vegas cmf -
Es frecuente oír en estos días que la fiesta de Navidad es alegre para unos y pero triste para otros: para los solos y abandonados, para los más pobres, especialmente los pobres de relaciones humanas. ¿Cómo anunciarles a ellos la alegría de la Navidad?

En realidad no es tan difícil, pues la alegría del verdadero mensaje navideño va dirigida sobre todo a ellos. Jesús nació en medio de la pobreza, como un marginado, rechazado por muchos. Y los que acudieron a adorarlo, avisados por ángeles, no eran precisamente lo mejor de su sociedad: los pastores eran también seres marginales, mal considerados en su sociedad, con fama de embusteros y tramposos...
¡La fiesta de la Navidad tiene su origen en el centro de la marginación! Ese es el lugar elegido por Dios para hacerse presente entre los hombres.

Los vagabundos, sin techo, muchos de ellos minusválidos, con graves amputaciones por la combinación mortal de alcohol y fríos glaciales, que cada año hace estragos en Rusia, son mis fieles del día de Navidad desde hace varios años. Es en el hogar de las hermanas de la Madre Teresa de Calcuta en San Petersburgo. Y hacer entre ellos esta lectura, reivindicando para ellos el derecho a alegrarse no por otros motivos, sino sólo por el sentido mismo de la fiesta, resulta no sólo fácil, sino enormemente consolador.

Claro que explicarles esto mismo comentando el Prólogo del Evangelio de San Juan es algo más complejo. Y sin embargo, también es posible. Los ejes contrapuestos de ese texto son dos: la Palabra (el Logos) y la carne. La Palabra, que estaba con Dios y era Dios y por medio de la cual todo se hizo, expresa el sentido último de todo y la fuente de todo valor. Apalabrar algo es encontrar su sentido y frecuentemente también su valor verdadero. Los seres humanos, a lo largo de la historia, a lo ancho de las culturas, han buscado y buscan sentido y valor. Lo hacen de muchas maneras, por muchos caminos (la verdad, la justicia, el poder, el placer...), lo hacen de manera justa y muchas veces equivocada... Pero lo hacen y no pueden no hacerlo, pues esa es la médula de la vida humana. Juan nos dice en su prólogo que eso que buscamos y que da valor y sentido está en Dios, es Dios se ha hecho carne.

La carne, nosotros, significa debilidad, vulnerabilidad, limitación, física y moral. Pero que la Palabra se haya hecho carne significa que Dios no rechaza al hombre, que le repugna nuestra debilidad, sino que, al contrario, se hace esa misma carne para que podamos encontrar en y entre nosotros mismos, aquí, ya, aquello que buscamos tantas veces a tientas y sin saberlo del todo.

La luz, de la que habla también Juan significa que es posible ver, aquí y ahora, en nuestra debilidad y limitación, en nuestra situación personal y en los otros el sentido y el valor que ha venido a nuestra carne.
Juan el Bautista es todo ser humano que nos ayuda a ver en esa luz, como los ángeles son todos aquellos que nos avisan de múltiples modos de que la Palabra se ha hecho carne y habita entre nosotros y es posible ir a su encuentro.

La verdad es que si recibimos esa luz y llegamos a ver, nosotros mismos nos convertimos en ángeles, en precursores, como Juan, de la Buena Nueva de la Navidad, y de todo el misterio que arranca de ahí.
Celebrando la Navidad con esos pobres, alcohólicos, minusválidos, algunos no bautizados, la mayoría ortodoxos (el “batiushka”, o sacerdote ortodoxo vendrá dentro de unos días), sólo uno católico, además de las hermanas, verdaderos ángeles de estos pastorcillos, me he sentido hoy trasportado a la cueva de Belén, al lugar en que todos, sin importar si son ricos o pobres, solos o acompañados, afortunados o desgraciados, pueden experimentar el encuentro con la fuente de la verdadera alegría.
¡Feliz Navidad!

José M. Vegas cmf
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