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Nacer para dar vida

J. Rovira, cmf -
Recién empezamos la Cuaresma. No es un tempo triste (¡no existen tiempos tristes en el año litúrgico!), sino de reflexión, conversión, purificación... Efectivamente, no nos preparamos para un funeral, sino para la fiesta central del año cristiano: ¡Pascua! Cristo y la liturgia nos van a llevar de la mano hacia la cruz y la resurrección, la salvación, la vida, la esperanza definitiva. Vamos a celebrar de nuevo aquello que dijo el Maestro: “Yo he venido para que tengan vida y la tengan en abundancia” (Jn 10, 10).

    Haciendo un par de comparaciones, yo diría que, así como en las próximas semanas vamos a hacer las “grandes limpiezas de primavera” (los que vivimos en el emisferio norte, se entiende) en vistas al buen tiempo, y esto va a suponer fatiga, sudores, trabajo..., de la misma manera durante la Cuaresma vamos a hacer la grande limpieza de nuestro espíritu: abrir ventanas después del frío invernal, barrer suelos, lustrar muebles y cristales, para que el aire nuevo y el calorcillo, que ya se insinúa, empiecen a reavivar y a alegrar la casa y nuestras vidas. O, como cuando vamos a un concierto, a un cierto momento, siguiendo la señal del director, un violín da el “la” y todos los instrumentos de la orquestra se sintonizan; luego se apagan las luces, carraspeamos un poco, nos sentamos cómodos y hacemos silencio, afinamos el oído, preparamos nuestra inteligencia y nuestra sensibilidad, y abrimos las puertas y ventanas de nuestra imaginación para dejarnos sorprender y poder así gustar las emociones que el concierto nos va a dar...

    Salvadas evidentemente las distancias del caso, todo eso me recuerda un hecho sucedido aquí en Italia hace un tiempo: alguien que nació para dar vida y esperanza a otra persona.

    Pues bien, lo que les voy a narrar hoy se lo contó el interesado, Marcos, un joven de diecinueve años, alto, rubio y con cara de muchos amigos, a un periodista, el cual tuvo luego la feliz ocurrencia de publicarlo en su periódico. ¡Menos mal!, porque generalmente los periódicos se preocupan más de informarnos sobre males que sobre bienes.

    Aunque se ha vuelto a hablar recientemente de ello, la historia había tenido lugar en 1987. En aquel momento el hecho suscitó grandes discusiones en campo científico e incluso eclesial. Se trataba de una familia de trabajadores, los Fervari, de la ciudad de Cremona (Italia). Dichos papás tenían una niña pequeña, Evelina, su tesoro. Cuando cumplió los siete años, el médico les notificó que a Evelina le quedaban pocos meses de vida: tenía leucemia. La desesperación destruyó la felicidad de aquellos jóvenes esposos. Comenzó una interminable procesión de un hospital a otro; consultas, medicinas... Finalmente, el profesor Roberto Burgio, pediatra de Pavía, les dijo que había una sola posibilidad de salvación: el trasplante de médula espinal, sabiendo que el resultado final no estaba absolutamente garantizado. Habría sido la primera vez en el mundo que se intentaba una cosa semejante. Y, otra dificultad: había que lograr una médula compatible. Pero, existía una solución: mirar de tener otro hijo, cuya médula pudiera ser compatible..., y si es que se llegaba a tiempo... De lo contrario, Evelina tenía los meses contados. A pesar de las discusiones y polémicas de muchos, la reacción de los papás fue: “Cuando se trata de salvar a la propia criatura, uno no se para ante nada ni ante nadie...”.

    No obstante las pocas posibilidades, la señora Luisa no se desanimó; y en 1985, a sus 42 años, dió a luz a Marcos. El niño parecía sano; pero, dijeron los médicos, había que esperar todavía nueve meses más para probar a ver si era compatible con su hermanita. Aquel día llegó. “Estaba yo en el corredor –cuenta Ermanno, el papá-, esperando los resultados de los análisis, cuando ví que una enfermera corría hacia mí y me abrazó: ¡se podía probar!”. De todas maneras, aún era necesario esperar un poco más. Mientras tanto Evelina se iba poco a poco consumiendo. Cuando Marcos cumplió los dieciocho meses los médicos advirtieron que ya no se podía esperar más, si querían tentar de salvar a la niña. La operación duró dos horas. Era un grave riesgo para Marcos, tan pequeño todavía. Fue todo bien. Mientras Evelina poco a poco iba mejorando, continuaron por un cierto tiempo las discusiones en los periódicos y entre la gente, incluso de Iglesia.

    Cuando tenía ya seis años, un día Marcos oyó en su casa una extraña conversación. No acababa de entender de qué se trataba. Pidió explicaciones y sus papás le contaron lo sucedido tiempo atrás. Ahora, desde la altura de sus diecinueve años, Marcos repite: “La decisión de mis papás fue justa. Estoy orgulloso de haber salvado a mi hermana. Si volviera a suceder, lo haría otra vez”.

    Del caso de Marcos se ha vuelto a hablar porque ha tenido lugar otro parecido. Lucas, un niño talasémico, de origen turco, ha sido salvado gracias al trasplante de células estaminales sacadas de la sangre del cordón umbilical de dos hermanas suyas gemelas. También ellas habían sido concebidas para ver si se podía salvar al niño.

Los periodistas han corrido a entrevistar a los papás de Marcos y a escuchar su reacción ante un hecho que ciertamente les recordaba lo que ellos habían vivido: “Cuando decidimos hacer nacer a Marcos -ha dicho el señor Ermanno-, nuestra intención era la de dar una esperanza a nuestra niña. No nos detuvimos ante los riesgos ni las críticas. Había una esperanza; pequeña, pero la había. Arriesgamos. Y ahora tanto Marcos como Evelina están aquí”. Después de escuchar la respuesta de su papá, Marcos, que presenciaba la entrevista, cogió por debajo del brazo a su hermana y dijo sin más: “Bueno, nosotros nos vamos un poco de paseo. Volveremos luego para la cena”. Cerraron la puerta tras de sí, no sin dejar antes en el aire una ancha sonrisa, cómplice y tranquilizadora. Así de sencillas son las cosas grandes.

Dios, con la venida de Cristo, nos coge de bracete y nos lleva de paseo por las calles de la historia... para susurrarnos su amor y la razón de ser de nuestras vidas. Luego, juntos volveremos para la cena definitiva, el banquete de la vida para siempre.

Cuaresma, tiempo para hacer limpieza, para escuchar el “la” y sintonizarnos, para celebrar que Alguien vino para darnos Vida.

Arrivederci!
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