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Mujeres Extraordinarias, Historias Extraordinarias

Ron Rolheiser (Traducido por Carmelo Astiz) -

En su nuevo libro, “Caminando hasta Este Día”, Paula D´Arcy comparte esta historia: Una mujer que ella conoce perdió un hijo en un accidente. Algunos años más tarde alguien le comentaba sobre lo difícil que esto debía ser para ella  –no  poder observar cómo su hijo crece y se casa, y no poder abrazar nunca a sus nietos. Su respuesta fue: “Yo no pienso así. Mi respuesta es que no sé, realmente. No sé cómo hubiera sido la vida de mi hijo. Hoy me doy cuenta de que su alma tenía su propia aventura y sus propios límites y sus relaciones con la vida. Esto no tenía nada que ver conmigo. Pero logré tomar parte, durante un tiempo al menos, en la aventura de su alma. Por ello, estoy indeciblemente agradecida”.

Este relato me trajo a la memoria otra historia que una mujer compartió recientemente en un retiro. Su madre había sido una mujer de una fe extraordinaria y de un equilibrio inquebrantable. El mantra que esta madre experimentó primero en sí misma y después se lo inculcó una y otra vez a sus hijos era que somos felices solamente cuando estamos agradecidos por lo que tenemos, porque entonces, y sólo entonces, lo que tenemos será suficiente para nosotros. Su consejo constante era: ¡Ya vale; basta ya!

Y vivió esto hasta sus últimas palabras en el lecho de su muerte: Hospitalizada por una enfermedad que no respondía a la medicación, desarrolló una infección de la sangre, cuya recuperación inspiraba muy poca esperanza. Su familia se mantuvo en vigilia junto a su lecho durante varias semanas, mientras su condición se iba deteriorando. Finalmente, ella misma tomó la iniciativa: Llamó a sus familiares a su lado, les dijo que habían estado ya demasiado tiempo junto a ella en el hospital y lejos de sus casas; les informó que había llamado en el hospital al personal de la Unidad de Cuidado Paliativo y les había pedido que la trasladasen a esa unidad, y que moriría ese mismo día.

Efectivamente se le trasladó a la Unidad de Cuidado Paliativo y la enfermera informó a la familia que estaba a dispuesta ya a inyectarle a la paciente una medicación contra el dolor que le pondría en un sueño profundo del que probablemente nunca recobraría ya la conciencia. Mientras esto estaba a punto de ocurrir, su hija, la que compartió esta historia, se sentó al lado del lecho de su madre, le agarró la mano, se abrazó fuertemente a ella como un niño a punto de ahogarse, y dijo: “¡Oh, mami, un ratito más! ¡Sólo un ratito más! ¡Que no se acabe todavía! ¡Sigue con nosotros sólo un ratito más!” Pero su madre, con la poca fuerza que todavía le quedaba, replicó: “¡Vale ya! ¡Basta!”  Esas fueron sus últimas palabras a su hija y a su familia.

Hay historias fuertes de mujeres fuertes, cada una de ellas con suficiente sabiduría y fe para rebajar el falso sentimentalismo que tan fácilmente puede paralizarnos frente al contratiempo o a la muerte. Las dos mujeres sabían que hay un tiempo y una forma de dejar pasar las cosas, que no aminora el amor, sino que lo aumenta. Las dos conocían la profunda verdad de la resurrección: Que la fe nos pide no momificar lo que está muerto, sino confiárselo a la tierra y al Dios que da vida y nueva vida. Las dos conocían que el profundo secreto de la vida no consiste en quedarse paralizado por la muerte, sino aceptar el acontecimiento, caminar hacia delante, caminar con mayor profundidad. Y ambas mujeres sentían un respeto justo por los profundos ritmos de la vida.

Ahora aplico a mí mismo esta experiencia. Yo mismo me doy cuenta de que el alma de mi amigo y familiar tiene su propia aventura y sus propios términos con la vida. Aquí no se trata de mí… Estoy indeciblemente agradecido por haber formado parte del misterio. Nos respetaríamos el uno al otro infinitamente más si, como esta mujer, pudiéramos realmente aceptar eso. Un falso sentimiento nos tienta constantemente en la otra dirección. Lloramos muchísimo  porque referimos las vidas de otras personas hacia nosotros mismos. Yo soy quizás pariente de alguien, esposo o esposa, amigo, hermano, hermana, maestro, mentor o guardián, pero en el fondo el alma de esa otra persona  tiene su propia individualidad, su libertad, sus demonios caseros (beneficiosos o perversos), y su destino. Los otros no tienen nada que ver conmigo. La mayoría de las lágrimas que derramamos son por nosotros, no por los demás.

“¡Basta ya!” Tenemos que hacer nuestra esa frase importante. Para Tomás Merton, esa conciencia y comprensión (“¡Basta ya!”) constituye el secreto elusivo hacia la felicidad. Veamos cómo describe Merton lo que significa encontrar paz en su propia vida. Escribiendo un día en su diario, compartió que ese mismo día encontró paz. ¿Por qué? Porque hoy  -escribe-  tengo bastante con vivir de una forma humana ordinaria, con mi hambre y mi sueño, mi frío y mi calor, mi levantarme y mi acostarme; echándome mantas encima y quitándomelas, haciendo café y tomándomelo; deshelando la nevera, leyendo, meditando, trabajando, orando. Estoy viviendo como mis ancestros vivieron en esta tierra, hasta que por fin muera. Amén. No necesito hacer una aserción de mi vida, justamente como mía, aunque sin duda es exclusivamente mía; no es la de ningún otro. Debo aprender gradualmente a olvidar el programa y el artificio.

En ese día de su vida pudo decir: “¡Basta ya!” Y así fue.

Y es esa aceptación profunda solamente la que puede eliminar el cáncer de nuestras insatisfacciones.

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