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Morte e ressurreição

José Miguel Capapé -

    En cualquier rincón del mundo donde un hombre o una mujer sufren, son perse­guidos, mueren, allí está Él muriendo con ellos. Este Hombre de Nazaret viene a dar sentido a nuestra muerte. Muerte con ansia de resurrección.

    Este año vivo la Pascua en Rondônia, una región pobre de un Brasil desigual, un lugar donde la mayoría de sus habitantes, pequeños agricultores, viven una vida sencilla, coloreada por muchas dificultades que a veces tienen el color de la sangre. En esta región donde la flo­resta está perdiendo terreno ante la feroz amenaza del monocultivo extensivo, donde sus gentes viven muchas veces en condiciones de verdadera miseria,
donde la lucha por la tierra enfrenta a los más pobres con los más poderosos (ladrones disfrazados de políticos, de inge­nieros, de abogados), donde el agua, ver­dadera señora del lugar, empieza a per-der algunos de sus manantiales por causa de la tala masiva de árboles, en esta región la muerte tiñe de san­gre el verde de la flo­resta amazónica, el azul del agua, el negro de las manos trabajadoras cansa­das de desbrotar café, la vida de humildes luchadores
por los derechos de los vecinos, de los defi­cientes, de los niños, de los ancianos...
En esta región de Brasil donde tantas reali­dades nos hablan de muerte tenemos sed de resurrección, ansias de una vida que consiga romper las cadenas de la muerte que aquí, como en tantos lugares, se ceba con los más pobres.
He escuchado el grito de abandono de este pueblo en muchas ocasiones, ese grito desga­rrador que, a pesar de las apariencias, sale de las gargantas de mujeres maltratadas, de
niños abandonados a su suerte, de hombres impotentes para sacar adelante una familia, de hombres y mujeres cuyos derechos son pisote­ados cada día, también de la naturaleza poco a poco destruida...
La experiencia de la muerte y resurrección es clave para entender el compromiso con la socie­dad, el compromiso con los más pobres. Vivir la Pascua es entender la vida en su realidad más compleja y más dura.
Hoy se siente en todo el mundo el abandono de Dios y su silencio. Hoy es un día para pensar que la verdadera resurrección es un compromiso del hombre por el hombre. La tan anhelada resu­rrección sólo llegará si el hombre se compromete para luchar contra las injusticias, contra las cau­sas de la muerte, contra la sinrazón de la pobre­za, contra la mentira del hambre. Dios nos quie­re a nosotros autores de la verdadera salvación y calla ante la impotencia, muere ante la complici­dad de todos los que no queremos abrir los ojos y miramos para otro lado para no sentirnos mal ante una realidad que muchas veces nos señala como culpables.
Pero no es un momento para el pesi­mismo pues todavía hoy hay muchos hombres y mujeres, verdaderos Cristos de hoy en día, que con su compromiso por luchar por un
mundo más justo, más humano, más de Dios, nos permiten soñar hoy con la resurrección. Estos hombres y muje­res, marcados con las huellas de la pasión, comprometidos con la causa de los derechos de todos, los de cerca y
los de lejos también, mártires de la sociedad de hoy, son las semillas de la resurrección que cada día son plantadas en nuestra tierra. Una tierra que en Rondônia también sufre en silencio la devastación y la violación constantes.
Muerte y resurrección hoy son realidades que no deberían dejar a nadie indiferente. El mural de la parróquia de São Miguel que acompaña mi reflexión pascual este año tiene un significado muy profundo sólo apto para inconformistas, soñadores, luchadores (¡gracias Cerezo!).
La Iglesia hoy, no sólo en América Latina, sigue siendo la Iglesia de los mártires, hombres y mujeres que se han atrevido a mirar la reali­dad y actuar como lo haría hoy también aquel Hombre de Nazaret.

¡Feliz Pascua de resurrección!
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