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Moros y cristianos

Josep Rovira, CMF -

Ahora que finalmente parece ser que los reflectores se han apagado y la polvareda mediática y callejera se ha placado, quisiera volver sobre lo sucedido a propósito del discurso (o “Lectio Magistralis”) de Benedicto XVI al claustro de Profesores y Autoridades de la Universidad de Regensburg, en Alemania, el pasado 12 de septiembre. Quizás alguien de quienes leen mis artículos esperaba que lo hiciera ya el mes pasado; pero, me pareció que la cosa estaba entonces todavía demasiado caliente y, por otra parte, personalmente quería leer más comentarios de todo tipo antes de decir algo. Además, mientras tanto ha sido confirmado el viaje del Papa en Turquía para finales de este mes de Noviembre y no se sabe qué puede pasar; pero, una cosa es cierta: va a ser decisivo para poner remedio en buena medida a lo acaecido. Dada la complejidad que ha presentado el caso, los lectores me consentirán que esta vez el artículo sea bastante más largo de lo normal.

Como Uds. probablemente recordarán, en dicha “Lectio” el Papa trató el tema “Fe y razón en el cristianismo”. Pero, a un cierto momento, citó algunas frases de un emperador bizantino, Manuel II Paleólogo, en diálogo con un experto persa con motivo del asedio musulmán a la ciudad de Constantinopla entre el 1394 y el 1402. En aquella cita, el tal Manuel y algún otro autor decían que la religión mahometana no había traído nada bueno; que Mahoma fue pacífico mientras no tuvo el poder pero, cuando lo tuvo, quiso imponer su fe por la fuerza (la llamada “guerra santa”, o “Yihad”); que el Dios musulmán, Aláh, negaba prácticamente la racionalidad del creyente... El hecho de haber citado a aquel emperador y algunos intérpretes de la fe musulmana sin precisar más, pudo dar –y de hecho dió a muchos de aquellos creyentes- la impresión de que el Papa hacía suyas aquellas frases. Como saben, se armó una protesta de masas y de gente cualificada a nivel musulmán mundial que ha durado semanas. Éste ha sido el problema.

Quisiera dejar ante todo claro que quien ha conocido o se ha cruzado por las calles de Roma con Joseph Ratzinger desde principios de los años 80 (cuando fue nombrado Prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe), sabe muy bien que es un hombre sencillo, humilde, manso, incapaz de pretender ofender a nadie, como ha recordado, entre otros muchos, en una emtrevista, el Patriarca Ecuménico Ortodoxo de Constantinopla, Bartolomé I. Por eso, personalmente me imagino la sorpresa y el disgusto que habrá pasado Benedicto XVI cuando habrá ido viendo las interpretaciones y manifestaciones que han tenido lugar, y en particular la violencia y la instrumentalización política de muchas de ellas. Si bien, como afirmó un comentarista musulmán, precisamente esta violencia demostraba que la interpretación que se hacía de las palabras del Papa, en el sentido de que la violencia por parte de algunos o muchos por motivos religiosos, era verdadera. ¿Cómo entender, por parte nuestra, estas reacciones que nos han parecido por lo menos desproporcionadas y más bien fruto de un malentendido, cuando no de una simple politización? Han habido opiniones para todos los gustos.

De entrada quisiera notar que hubiera bastado leer con buena voluntad y sin prejuicios e intereses políticos el discurso de Regensburg por entero, teniendo en cuenta quien lo pronunciaba, y los demás discursos que el Papa había leído ya durante aquel viaje en Alemania. Si no me equivoco, la “tesis” del Santo Padre era que la fe sin la razón lleva al fanatismo, y la razón sin la fe conduce al totalitarismo. Algo que valía tanto para creyentes como para agnósticos y ateos, para cristianos de cualquier Iglesia como para musulmanes. Y otra cosa que dijo en uno de aquellos discursos, y que me pareció muy importante, es que los pueblos de toda religión en Africa y en Asia no tienen miedo de nuestra técnica occidental sino de la falta de religión de muchos de nosotros; y, ¿quién puede negar que esto sea verdad?

Queriendo hacerme eco de las reacciones más comunes, dentro del abanico que hemos ido viendo y leyendo a lo largo de estas semanas, señalaría las siguientes. Un periodista del “The Economist” decía que, según él, todos reconocen que el Papa tenía razón en lo que quería decir, pero fue desacertado el modo como lo dijo. El embajador Scialoja (italiano convertido al Islam) afirmó que las manifestaciones callejeras tenían un sentido político y no religioso. Otros han dicho que en aquel momento Ratzinger habló como profesor entre profesores y se olvidó de que también era Papa. No pocos han notado que, en vez de citar al emperador cristiano bizantino Manuel II Paleólogo sobre el Islam, podía haber hablado de muchos casos de violencia perpetrada por cristianos a lo largo de la historia, sin excluir a los católicos, y no hubiera sucedido nada. Otros han hecho notar una cosa que a nosotros occidentales tal vez nos pueda sorprender: hay todo un mundo musulmán que no puede tolerar que un “infiel” (es decir, un no musulmán) pronuncie sin más el nombre de Mahoma sin faltarle al respeto; que no es objetivamente verdad –como en cambio había afirmado Manuel II- que la religión musulmana no haya traído cosas positivas; y les parece simple arrogancia que además un “infiel” pretenda darles lecciones sobre su religión. Alguien que vive en medio de musulmanes ha comentado que sin quererlo (¡evidentemente!) se ha echado a perder de golpe un capital de confianza entre musulmanes y cristianos que se había acumulado con mucha fatiga en estos últimos decenios después del Vaticano II, y que ahora hay quien dice, entre quienes ya antes dudaban de nuestra buena y sincera voluntad de diálogo y respeto mutuo: “¿Véis como lo de antes era sólo fachada y engaño? ¡Ya os lo decíamos!”. Va a ser difícil recuperarlo, sobre todo a nivel de masas.

Lo que me ha dado más que pensar han sido las reacciones (positivas o negativas) de algunos pensadores musulmanes más serios y abiertos. Cito algunos. El profesor Nasr Amid Abu Zayd ha sido perseguido por los fundamentalistas debido a sus estudios exegéticos del Corán; ha sido acusado de herejía, declarado apóstata, obligado a abandonar Egipto y amenazado varias veces de muerte. Frecuentemente ha sido invitado a dar conferencias en el Pontificio Instituto de Estudios Árabes e Islamística (PISAI) en Roma. Según Zayd, la cita del Islam hecha por el Papa estaba fuera de sitio dado que el tema de la conferencia era sobre “Fe y razón en el cristianismo”; en segundo lugar, el hecho de que Benedicto XVI no haya comentado la cita ha hecho suponer que él pensaba como el emperador bizantino; y, tercero, daba la impresión de que la razón no tiene espacio en el Islam y que Aláh es un Dios irracional. Así ha podido parecer que la armonía entre fe y razón se da solo en el catolicismo, lo cual no favorece el diálogo interrreligioso. El rector de la grande mezquita de París, Dalil Boubaker, contrariamente a Zayd, ha expresado que las precisaciones ulteriores dadas por el Papa han quitado los posibles malentendidos (cfr. “Jesus”, Octubre 2006, p. 17).

El musulmán argelino, Khaled Fouad Allam, residente en Italia, profesor de islamología en las universidades de Trieste y Urbino, afirmó al día siguiente del discurso papal, antes de que empezaran las manifestaciones del mundo musulmán, que el Papa había legítimamente puesto “un inmenso problema respecto a la posición real del Corán frente a la cuestión de la violencia”, y que a este respecto, el Corán “se puede leer dándole interpretaciones opuestas” (cfr. www.espressonline.it, 05/10/2006).

Muy contraria, en cambio, fue la respuesta del teólogo y filósofo musulmán Aref Ali Nayed, que también ha dado clases en el PISAI y había estudiado incluso en las Pontificia Universidad Gregoriana de Roma. Está de acuerdo con Benedicto XVI sobre la importancia de profundizar y ampliar el concepto occidental de razón con el fin de incluir en él la contribución que la religión revelada puede dar. Pero, por lo demás, critica dura y detalladamente, párrafo por párrafo, el discurso de Regensburg, y niega la visión violenta e intolerante del Islam que –según él- el discurso papal ha dado. Todo lo cual no podía dejar de ofender a quienes profesan aquella religión. Según Nayed, el Papa ha dado la impresión de una crítica mal fundada, fruto de un desconocimiento profundo del Islam, y de que en fin de cuentas la única cultura que parece poder interpretar justamente la fe cristiana –que el Papa obviamente considera la única verdadera- es la griega y europea en general. Se pregunta Nayed: ¿Qué piensan de esta afirmación papal los mismos teólogos cristianos latinoamericanos, africanos y asiáticos? Juzga pues la actitud del Papa como parcial, arrogante y eurocéntrica, y por lo tanto profundamente equivocada. Acaba exhortando a orar por un mayor conocimiento y respeto mutuo: “El único Dios nos ha creado a todos nosotros y ha querido que fuéramos tan diferentes; aprendamos más el uno del otro y construyamos juntos un mundo mejor, por amor de Dios” (www.espressonline.it, 05/10/2006). El señor Nayed no habla, sin embargo, de la “Yihad” en su artículo, según lo que he podido leer; y “Yihad”, como he recordado más arriba, significa “guerra santa”. Ahora bien, por muy “santa” que sea, es siempre “guerra”, es decir, violencia y, en este caso, motivada por la religión. Y la “Yihad” ha sido invocada y usada no pocas veces por musulmanes a lo largo de la historia e incluso en nuestro tiempo. Con lo cual no quiero negar que los cristianos, aunque no tengamos un principio religioso paralelo al de la “Yihad” (Cristo fue más bien lo que hoy llamaríamos un “pacifista”; menos pacifistas han sido a veces algunos de sus seguidores), hemos hablado y llevado a cabo “cruzadas” sangrientas y “conquistas” con la cruz y la espada. A cada uno su “mea culpa”; no sea que alguien vea la brizna en el ojo ajeno y no se dé cuenta de la viga que tiene en el suyo (Mt 7, 3-5). Y, desde luego, nadie tiene que ser súcube del otro, ni ser despreciado: ni los musulmanes por los cristianos, como ha sucedido a veces en la historia, ni los cristianos por el mundo musulmán, como ha sucedido en otros tiempos y puede repetirse hoy día en  Europa y en otros lugares; una Europa –dicho sea de paso- que parece casi avergonzarse de sus raíces y vivir atemorizada o acobardada ante las oleadas de inmigración descontrolada y las amenazas efectivas (Nueva York, Madrid, Londres...) de un cierto terrorismo de matriz musulmana. El respeto de la diversidad no quiere decir tener complejo de inferioridad frente a quien llega, ni renegar, avergonzarse o esconder las propias raíces; ni significa que quien llega, y justamente pide respeto y acogida humana y un pedazo de pan, no tenga que esforzarse por respetar e integrarse en la nueva realidad o, peor aún, se encierre en un ghetto al margen de la legalidad.

Llegados a este punto, quisiera añadir el parecer del jesuita J. Flaquer, profesor en El Cairo, buen conocedor del Islam y del mundo musulmán, el cual ha publicado unas reflexiones sobre el discurso papal. Considera un error la cita sobre el Islam en aquel texto. Una cita “formulada sin contexto, sin matizaciones y sin desautorizarla”. Una cita de la que el Papa podía haber prescindido perfectamente porque no aportaba nada a la conferencia. Según Flaquer, tanto el Islam como el Cristianismo han hecho guerras en nombre de Dios o legitimadas religiosamente, lo cual dificulta –si no se explica bien- que sean vistas ambas como religiones de paz y de tolerancia. Por lo demás, el Islam nació con una pretensión política: estructurar teocráticamente toda la vida social con todas las consecuencias necesarias; el cristianismo, en cambio, de suyo no. Por otra parte, es evidente que los gobiernos de algunos países musulmanes han usado en  estas últimas semanas la indignación popular por el discurso del Papa para dar desahogo a motivos y tensiones políticas (distraer la atención de su gente sobre cuestiones económico-políticas internas). Y concluye diciendo: “Por eso, los musulmanes deberían reflexionar sobre sus propias reacciones cada vez que sienten una afrenta contra su religión. Sobre todo en esta ocasión. Ante una acusación de ser una religión violenta, toda reacción violenta no hará más que confirmar la opinión de sus acusadores. Por eso, y en defensa de la mayoría de musulmanes, hay que afirmar que el primer enemigo del Islam no es otro que el terrorismo islámico y que el mayor profanador del Corán es el que lo enarbola antes de cometer un atentado suicida” (texto publicado el 20 septiembre 2006 y rey recibido por Internet).

Volvamos ahora a lo que estaba sucediendo en el Vaticano. Ante el sesgo que iban tomando las cosas, el viernes siguiente, el portavoz de la Santa Sede, P. Lombardi, intentó explicar el significado del discurso papal. Como se vió que no bastaba, el sábado el nuevo Secretario de Estado, Cardenal Bertone (segunda autoridad vaticana después del Papa), hizo lo mismo en unas declaraciones públicas. Al día siguiente, domingo, el Papa en persona, en el breve discurso antes del rezo del Angelus en la plaza de San Pedro, lamentó que sus palabras hubieran podido ser interpretadas como ofensivas del Islam, cosa que él no había pretendido en absoluto, según dijo. Viendo que ni aún así la marea de protesta se placaba, sino que al contrario iba aumentando en el mundo musulmán, el miércoles siguiente nuevamente trató de explicar el sentido de sus palabras en el discurso de la audiencia general a los fieles. Al ver que ni siquiera esto bastaba, convocó para el otro lunes a los representantes de algunas asociaciones musulmanas presentes en Italia y a los embajadores de más de veinte países mayoritariamente musulmanes y pronunció un discurso sobre el diálogo cristiano-musulmán. Este último discurso apareció por la tarde del mismo día en la primera página de “L’Osservatore Romano” en francés (lengua usada por el Papa ante los presentes) y en árabe (¡!), probablemente para que todo el mundo musulmán pudiera leer y entender directamente, y se evitaran nuevos malentendidos; y, en las páginas internas del mismo número del periódico, de nuevo se hallaba el texto en inglés y en italiano: ¡nunca se había hecho una cosa semejante con un discurso pontificio! Mientras tanto, el Vaticano ordenaba a sus representantes ante los gobiernos, los llamados Nuncios Apostólicos, que fueran explicando el pensamiento del Papa, y varios Cardenales de Curia y de fuera, y otros personajes significativos de la Iglesia, fueron dando aclaraciones y tratando de calmar las aguas. Pocos días después, de nuevo el Cardenal Bertone, recibiendo a los representantes de todo el cuerpo diplomático acreditado ante la Santa Sede, con motivo de su toma de cargo como nuevo Secretario de Estado, volvió sobre dichos conceptos. Luego, durante toda una serie de semanas ha ido apareciendo, en la primera página del periódico vaticano, un recuadro con textos de discursos del Papa en los que había hablado en otras ocasiones sobre la necesidad del diálogo cristiano-musulmán (cf. “Il Regno”, Octubre 2006, pp. 544ss). 

En Regensburg, Benedicto XVI había prometido publicar la versión definitiva de su “Lectio Magistralis” más adelante, enriquecida con notas, por lo cual –decía- había que considerar aquella redacción como “provisoria”. Lo ha hecho el pasado 9 de Octubre y ha aprovechado la ocasión para corregir y precisar su pensamiento e intenciones (¡es ya la cuarta vez que él mismo explica y precisa, lo cual demuestra –si hacía todavía falta- su preocupación y seguramente incluso su angustia por lo sucedido!). Se trata, además de las notas, de cinco breves pero significativas correcciones. Reafirma que la frase de Manuel II, según la cual Mahoma había traído “cosas malas e inhumanas”, no expresaba en absoluto su valoración del Corán, “hacia el cual tengo el respeto debido al libro sagrado de una grande religión”; dice que ha sido una “comprensible indignación” la manifestada en el mundo musulmán cuando ha podido parecer que cuanto decía el emperador respondía a lo que él, Benedicto XVI, piensa. Precisa pues que “no hago mía la polémica” de Manuel II. Más aún, el Papa juzga el pensamiento negativo del emperador sobre el Profeta, “pesado, brusco e inaceptable”. Y, durante la cita del emperador, a un cierto punto añade: “dice él”, poniendo claramente de relieve que no es el Papa quien habla. Añade, además, alguna precisación histórica sobre la cual algunos musulmanes habían protestado diciendo que era inexacta (cf. el nuevo texto, con notas y correcciones, en “Il Regno”, Octubre 2006, pp. 540-544).

Finalmente (¿será una especie de punto final?), el día 14 de Octubre apareció una “carta abierta”, firmada por 38 entre jefes y teólogos islámicos de diferentes partes del mundo para discutir “en el espíritu de libre intercambio” algunas “afirmaciones” del discurso de Regensburg. Dicha carta ha llegado a Benedicto XVI a través de la nunciatura vaticana en Ammán, entregada por el príncipe Ghazi bin Muhammad bin Talail, consejero especial del rey de Jordania Abdullah II (www.espressonline.it, 20/10/2006) . Con un lenguaje comedido y rico de citas, dichos autores dicen al Papa que “aprueban sus esfuerzos por oponerse al predominio del positivismo y del materialismo”, pero que “tienen que señalar algunos errores en su modo de mirar al Islam como si fuera un obstáculo para un uso apropiado de la razón, así como algunos malentendidos en algunas de sus afirmaciones en favor de su tesis”. Para probar su seriedad, aseguran al Papa que han “apreciado sus palabras de pesar sin precedentes, de clarificación y aseguración, expresadas el 17 de Septiembre respecto al hecho de que la cita (del emperador Manuel II) no reflejaba su opinión personal”. Además, demostrando que están bien informados, dicen que aprecian también las declaraciones hechas por el Cardenal Bertone el 16 de Septiembre y el hecho de que “el 25 del mismo mes, frente a una asamblea de embajadores de países islámicos, haya expresado total y profundo respeto por todos los musulmanes”. Firman el documento de siete páginas, los Grandes Muftíes de Bosnia, Croacia, Egipto, Estambul, Kosovo, Omán, Rusia, Eslovenia, Uzbekistán; autoridades académicas, funcionarios gobernativos, ulemas, imanes y docentes universitarios de Arabia Saudita, Bélgica, Emiratos Árabes, Gambia, Gran Bretaña, India, Indonesia, Irán, Iraq, Kuwait, Malaysia, Marruecos, Pakistán, Usa. Concluyen diciendo que aceptan la invitación al diálogo y “esperamos que todos juntos lograremos evitar las incomprensiones del pasado y a convivir mañana en paz, en recíproca aceptación y mutuo respeto”. Entre personas serias nos podemos entender.    

Por último, (“last not least”, como dirían los ingleses) no conviene olvidar que toda esa tensión y suspicacia actuales entre el mundo musulmán y el Occidente más o menos cristiano se ha visto exacerbada por la guerra en Iraq; una guerra querida por gobernantes que pasan por ser cristianos, y algunos incluso católicos. Cuando Estados Unidos en el año 2003 quiso declarar la guerra al entonces Presidente de Iraq, Saddam Hussein, hubo una enorme presión política internacional a fin de que Juan Pablo II fuera favorable a la misma, o por lo menos permaneciera neutral. Con esta finalidad, dicho Papa recibió en audiencias sucesivas al italiano Berlusconi, al español Aznar, al inglés Blair y al americano Collin Powell, representante de Bush. A todos dijo lo mismo: “¡La guerra, no!”. En aquel momento pareció que quien quedaba mal era Papa Wojtyla. Luego, en cambio, hemos visto y estamos viendo todavía, cómo el Papa tenía sobrada razón. Recuerdo lo que me dijo en aquellas semanas un estudiante católico iraquí: “Hussein es un dictador; pero, si estalla esta guerra, el resultado va a ser mucho peor”. Después se ha visto que los motivos que se estuvieron dando para destronar a Saddam (las llamadas armas químicas y bacteriológicas) eran totalmente inexistentes: ¡una auténtica vergüenza para aquellos que acusaban entonces a los demás de no fiarse de quienes decían tener “pruebas inconfutables”, en vez de reconocer que los motivos inconfesables eran otros! Es muy significativo que el representante oficial del grande ayatolah  Ali Al Sistani, guía muy respetada por el Islam chiíta en Iraq y fuera, haya ido dos veces las semanas pasadas a visitar al Nuncio Apostólico en Bagdad para expresar su amistad y solidaridad a Benedicto XVI, haya aceptado las explicaciones del discurso papal dadas por la Nunciatura y haya expresado su estima por la Santa Sede “que siempre ha estado cerca del pueblo de Iraq” (www.espressonline.it, 05/10/2006).

Si se me permite un parecer personal a propósito de todo lo ocurrido, me atrevería a decir que los juicios precipitados, parciales e incompletos, sean del color que sean y procedan de quienes procedan, las pancartas y caricaturas injustas y de mal gusto que –¡esas sí!- querían ser claramente ofensivas (¿qué tenía que ver con lo dicho el pintar a Ratzinger con cara de ogro y una cruz esvástica sobre el pecho, como hemos podido ver en algunos periódicos musulmanes?), la emotividad instrumentalizada con finalidades puramente políticas, etc., no hablan en favor de sus autores y sus ideas. Todo lo cual demuestra, si es que hacía falta, la necesidad que tenemos todos –como dice la citada carta de los 38- de escucharnos, respetarnos y tratar de conocernos mejor, con humildad y amor, los unos a los otros, recíprocamente (porque también los cristianos tienen derecho al respeto y a la libertad de culto en los países musulmanes –lo cual no sucede actualmente en algunos de ellos-, como los musulmanes justamente lo pretenden en nuestros países mayoritariamente cristianos). Es el primer paso hacia una humanidad más adulta y madura, y una fe probablemente (¡ciertamente!) más según el corazón del único y verdadero Dios del cual todos, “moros y cristianos”, somos hijos.

Arrivederci!
J. Rovira cmf.

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