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Mino Cerezo Barredo, cmf

Ciudad Redonda -

Cuando un anciano obispo misionero retirado me impuso las manos y me “hizo” sacerdote, yo estaba inocentemente lejos de pensar que en realidad ser sacerdote es algo que se va recibiendo y haciendo poco a poco, día tras día. Y que el rito de la llamada “ordenación” es sólo una especie de empujón -solemnemente sacramental— para empezar a caminar por un camino que la vida te va mostrando lleno de sorpresas, de cuestas y barrancos, de luces y sombras, intentando armonizar cualidades, otras tendencias que descubres en ti y otras profesiones. Y hasta alternando fidelidades e infidelidades.

(JPG) El reiterado “sacerdote para siempre” que te inculcaban sobre todo en las últimas etapas del seminario parecía ser algo concluso, esencial y perfecto, que recibirías en bloque ritualmente, y de cuyo hilo tendrías que ir tirando para deshilvanar el ovillo. La dimensión procesual que cada uno tendría que descubrir por su cuenta y no poco riesgo, no recuerdo que fuese mencionada.

Mirando hoy hacia atrás, lo que con más claridad percibo es que cada coyuntura, era un comenzar de nuevo. Que nada estaba hecho de una vez para siempre. Si aún te sentías ligado a las promesas hechas un día, ibas haciéndote cura en el trajín existencial de las cosas, de los tiempos y lugares, de las historias mil de las gentes, del pueblo, de los compañeros, de la Iglesia. Del mundo. Allí quedaba en el anaquel de las esencias el lejano día de la imposición de manos. El empujón primordial. La existencia concreta, sacramento último de la presencia del Dios de la vida y de su Cristo resucitado, es la que te hacía revivir -si aún es posible hablar así-la gracia recibida...

Como te inculcaron que habías sido elegido y consagrado -ordenado- para realizar mediante una especial intervención de Dios, cosas que no podían realizar los laicos, te sentías ya diferente, separado, perteneciendo a otro orden. Hasta tenías que vestir de una forma peculiar, al menos en las celebraciones de la liturgia. Tenía que quedar claro a todo el mundo que formabas parte de una clase (un orden) especial dentro del pueblo de Dios. La larga etapa de formación y adoctrinamiento en el seminario te había marcado sicológicamente ya antes de ser “ordenado” . Uno va adquiriendo ese aire especial de los curas, esas maneras, el modo de hablar, los gestos, las miradas...¿Elegido para ser diferente entre los que el bautismo hace iguales y sin distinción alguna?

En el proceso de hacerse uno sacerdote como a golpes, con la gente y el diario vivir, van diluyéndose las fronteras entre lo sagrado, lo que viene de arriba, y lo profano, lo que está abajo. Uno se va dando cuenta de que existe antes que nada una misteriosa unidad. Y se comienzan a relativizar los dualismos... Es curioso que haya recordado más de una vez en mi vida aquella frase, me parece que paulina en su origen, “ya todo es gracia”, que apunta Georges Bernanos al final de su Diario de un cura rural. Y no deja de sorprenderme ahora, que el drama de un hombre marcado y sin duda santo en su desgarrada humanidad-que leí precisamente el último año de seminario, cuando me ahogaba en un mar de dudas e indecisiones, me animase a dar el paso. Al final descubres que tu identidad depende por un lado de ese Dios de Jesús que anda mezclado en la vida de la gente y del otro de las muchas personas que a veces sin saberlo se mezclan silenciosamente con Dios. Estructura vital de puente entre las orillas de un mismo río. Y esa conciencia te ayuda a no pasar nunca jamás de largo ante el ser humano roto y apaleado como dijo Jesús que hicieron los dos clericales personajes de su famosa parábola.

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