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Miércoles Santo: 10ª Estación: Jesús es despojado de sus vestiduras

Angel Moreno -
Jesús declara a los discípulos: “Mi momento está cerca”. (Mt 26, 18). El salmista describe la situación que pudo vivir Jesús en el momento en que fue despojado de su túnica.
“La vergüenza cubrió mi rostro.
La afrenta me destroza el corazón, y desfallezco.
Espero compasión, y no la hay;
Consoladores y no los encuentro” (69 [68], 8. 21).

Hay muchas maneras de sentirse desnudo, sin defensa. En las lecturas de hoy descubro una de las formas más dolorosas de despojar al otro de su derecho al honor. La traición es la forma terrible que tuvo el discípulo de arrancarle al Maestro su dignidad. Vender o comprar a una persona es una violación del derecho más fundamental.

Si en todos los casos de comercio con personas se incurre en la violación del derecho, mucho mayor agravio es que lo haga un amigo, alguien que conoce la intimidad de los pasos de la persona traicionada. “«¿Qué estáis dispuesto a darme si os lo entrego?» Ellos se ajustaron con él en treinta monedas” (Mt 26, 15).

En la contemplación de este paso de Pasión resuena la actitud del Siervo: “Yo no me resistí ni me eché atrás: ofrecí la espalda a los que me apaleaban, las mejillas a los que mesaban mi barba; no me tapé el rostro ante los ultrajes…” (Isa 50, 5-6). Pero, de nuevo, la Liturgia nos ofrece, en la misma elección de los textos, la referencia teologal, la reacción creyente, la instancia posible desde la fe.

La contemplación de la Pasión de Cristo puede convertirse en un espectáculo, si no se llega a descubrir su sentido. Cabe la compasión, al ver a otro semejante en inferioridad de condiciones. Pero lo que nos ofrece el Nazareno es la prueba más existencial de vivir y de morir en la entrega confiada en manos de su Padre.

“Mi Señor me ha dado una lengua de iniciado, para saber decir al abatido una palabra de aliento. Cada mañana me espabila el oído, para que escuche como los iniciados (…). El Señor me ayuda, por eso no sentía los ultrajes (…). Tengo cerca a mi defensor ¿quién pleiteará contra mí?” (Isa 50, 4. 7. 9).

Tenemos en quién mirarnos. En cualquier prueba que nos suceda en la vida, Jesús ha ido por delante. Su palabra no es de consejero descomprometido, ni como la  de quienes echan fardos pesados sobre los hombros de los demás, sin llevar ellos nada del peso. Por el contrario, Él tiene “lengua de iniciado” y sabe decir una palabra de aliento al abatido, porque antes ha padecido la experiencia más dramática. En Cristo tenemos al Siervo, al Maestro, al Señor. Todo en Él se convierte en enseñanza.

Ante los acontecimientos dolorosos, ¿reacciono como espectador o de forma comprometida? ¿Respeto el derecho al honor, a la intimidad, a la fama de las personas? Si me he sentido ofendido, ¿sé asumir la prueba como fuente de sabiduría?
“¿Pues en qué estuvo vuestra honra, honrador nuestro? ¿No la perdisteis, por cierto, en ser humillado hasta la muerte? No, Señor, sino que la ganasteis para todos” (CP 36, 5).
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