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Mi mejor amigo

Josep Rovira ,CMF -
Hace unos días fuí a ver un film reciente ítalo-francés de Patrice Leconte: “Mi mejor amigo” (“Il mio miglior amico”). La trama es simple, pero el trabajo de los artistas, el diálogo, el corte cinematográfico, etc., muy logrado. Resulta que François es un anticuario exitoso. Durante una cena, con motivo de su compleaños, su socia en negocios le hace notar que ¡no tiene un amigo! Él se defiende diciendo que tiene una agenda llena de encuentros, citas y relaciones; pero, esto no basta, replica ella, para demostrar que tiene amigos. Un amigo es otra cosa, no otro vendedor de antigüedades. Ella le lanza un desafío: François va a tener diez días a disposición para presentarle su mejor amigo, de lo contrario perderá la apuesta y tendrá que pagar por entero –y no a medias, como solían hacer en las compras- un antiguo vaso griego valorado en doscientos mil euros. François sube en el taxi de un tal Bruno y comienza a rastrear París en búsqueda de excompañeros de escuela, conocidos, posibles amigos, sin darse cuenta de que precisamente va a ser el conductor del taxi quien pueda resolver su problema... El mensaje es: hay que tener amigos, sobre todo uno considerado el mejor; pero, la amistad no se puede inventar o fabricar artificialmente: o existe o no existe, o surge espontáneamente o uno se queda solo...

    Este estupendo film me ha hecho venir a la memoria toda una serie de hechos y de datos que quisiera exponerles ahora en breve, por si les pueden servir.

     La amistad ha sido siempre considerada uno de los grandes valores humanos en todas las culturas y en todos los tiempos. Basta recorrer las afirmaciones de los grandes pensadores antiguos y modernos, o recordar aquella sabiduría, fruto de la experiencia, que todo pueblo sencillo ha plasmado en refranes. El filósofo escribe un libro, el pueblo acuña un proverbio. Un proverbio es un libro en píldora.

Aristóteles la llamaba: “la cosa más necesaria en la vida”. Cicerón: “el sol de la vida; el mayor don que nos ha hecho Dios, después de la sabiduría”. Pitágoras: “Si quieres vivir mucho, conserva un poco de vino viejo y un viejo amigo”. Horacio: “Mi amigo es la mitad de mi alna”. Y aquella frase, que encontramos en Aristóteles, san Gregorio Nacianceno, san Agustín, el beato Aelredo de Rievaulx, etc...., y que repetirán otros muchos a lo largo de la historia: los amigos son como un sola alma en dos cuerpos.

Y, entre los proverbios: se puede vivir sin un hermano, pero no sin un amigo. El amigo es siempre hermano, el hermano no siempre es amigo (proverbio árabe). Más vale un amigo que un hermano; porque al amigo lo escoges, al hermano te lo encuentras (proverbio polaco). La verdadera amistad no se congela en invierno (proverbio alemán). Lo peor de las lágrimas es derramarlas a solas. Una buena fuente se conoce en la sequía, y a un buen amigo en la adversidad (proverbio chino). El verdadero amigo es aquel que, cuando estás bien, viene a verte apenas le llamas; y cuando estás mal, sin que le llames. Si quieres saber qué es un amigo, enférmate (proverbio sudanés). La amistad es como el fuego que calienta y suaviza la vida; en un día de invierno se puede prescindir del pan, pero no del calor de la llama de fuego. Con un amigo a tu lado ningún camino es demasiado largo (proverbio japonés). El gran poeta español, Francisco de Quevedo, escribió: “El amigo verdadero / ha de ser como la sangre /que acude a la herida / sin esperar se la llame”...

Hay una especie de parábola musulmana que se cuenta en Marruecos. Tengamos en cuenta el fanatismo con que algunos musulmanes defienden celosamente su fe y el desprecio que a veces sienten hacia los cristianos o los no musulmanes en general. Pues bien, dos amigos se encontraron en una calle de Rabat y comenzaron a conversar. Uno era musulmán y el otro cristiano. Dijo el musulmán: “Tú crees que posees la verdad en Jesucristo; yo estoy convencido de que te equivocas; la liberación definitiva viene solamente por medio del profeta Mahoma. Pero, esto no es lo decisivo. Lo importante es que seamos amigos. Cuando lleguemos al más allá nos mantendremos fuertemente asidos de la mano, de manera que aquél de los dos que tenga razón arrastrará al otro hacia sí”.

En la Biblia, Palabra de Dios, encontramos tanto ejemplos como afirmaciones acerca de la amistad. Ejemplos como Rut y Noemí (¡una nuera y una suegra!), David y Jonatán, Jesús y sus apóstoles... Y afirmaciones lapidarias, como en el libro de Ben Sirá o en el Evangelio. “El amigo fiel es un apoyo seguro, quien lo encuentra ha encontrado un tesoro. El amigo fiel no tiene precio, su valor es incalculable. El amigo fiel es un elixir de vida, los que temen al Señor lo encontrarán” (Sir 6, 14-16). Es decir, el amigo es un don divino (un “carisma”); Dios premia al justo precisamente haciendo que encuentre un amigo verdadero. ¿Recuerdan la “sevillana”: “La amistad es una cosa / que no se aprende, / es una candelilla / que Dios enciende”.Y Jesús, poco antes de su pasión y muerte, consciente de que el tiempo que le quedaba para estar con los suyos se estaba acabando, queriendo dejarles aquellas palabras-testamento que nacen de lo más profundo del corazón y que no deberán olvidarse nunca, les dice que Él es un amigo y ellos son sus amigos: “Nadie tiene mayor amor que el que da su vida por sus amigos. Vosotros sois mis amigos, si hacéis lo que yo os mando. No os llamo siervos, porque el siervo no sabe lo que hace su amo; a vosotros os he llamado amigos, porque todo lo que he oído a mi Padre os lo he dado a conocer. No me habéis elegido vosotros a mí, sino que yo os he elegido a vosotros...” (Jn 15, 13-16). Palabras en las que encontramos todos los elementos característicos de la amistad: la elección, el número reducido, la confidencia, la apertura total, el estar dispuestos a dar la vida por el amigo... Cuando Dios se ha hecho como uno de nosotros y ha querido expresarnos su amor de una manera inteligible para nosotros, nos ha dicho que era un amigo fiel hasta la muerte. En Cristo, Dios ha vivido humanamente la experiencia de la amistad; en Jesús, la amistad se ha convertido en algo definitivamente divino.  

Alguna precisación antes de seguir adelante. No hay que confundir el amor de amistad con el amor fraterno o con el amor de enamoramiento, erótico, conyugal. El amor fraterno nace de la constatación de que, más allá de toda diferencia de edad, raza, cultura o religión, todos somos iguales, todos igualmente personas humanas; es un amor que no excluye, por lo tanto, a nadie y por eso abarca incluso a los enemigos. Efectivamente, decimos: “Todos somos hermanos”; pero, no decimos: “Todos somos amigos”, porque sabemos bien que no es verdad. El amor de amistad, en cambio, es fruto de una elección, consciente o inconsciente. Es un afecto entre dos o pocas personas; un amor que es de benevolencia (querer el bien), beneficencia (hacer el bien) y confidencia (comunicación de la propia intimidad), recíproco (procede de ambas partes) y manifiesto (se ve). De ahí que no se pueda ser amigo de un enemigo; sería una contradicción. Y, a diferencia del amor de enamoramiento, erótico o conyugal, la amistad de suyo prescinde de la sexualidad; debido a ello es posible entre dos hombres, dos mujeres, un hombre y una mujer, una casada y un soltero o viceversa, dos casados con otras personas, sin que esto estorbe al amor conyugal  que uno tiene al propio cónyuge. Esto no quita que algunas veces lo que comenzó siendo una amistad acabe en conyugalidad; pero, de suyo son experiencias diversas. Precisamente porque no supone el contacto sexual, el amor de amistad aguanta mejor la distancia; para dos enamorados la distancia se vive como una tragedia, para dos amigos no, aunque preferirían vivir cerca; pero, a éstos últimos les basta un contacto verbal, visual o epistolar de vez en cuando. En fin, uno puede amar como hermano incluso a un desconocido, puede enamorarse incluso de alguien que le odia; pero, como ya había dicho Platón, la amistad supone reciprocidad: solamente podemos ser amigos de quienes son también amigos nuestros.   

 Come he dicho, el amigo es fruto de una elección, consciente o inconsciente. De un encuentro, tal vez puramente casual, nace una simpatía que luego poco a poco puede irse convirtiendo en amistad. Aquella simpatía puede ser debida a intereses comunes (una tercera cosa une a los amigos: un deporte, un tipo de música...), a compenetración o complementariedad de carácter (nos parecemos o nos completamos), a la nacionalidad (en el extranjero), a la lengua (en un sitio donde se habla otra), a ideales humanos (políticos, filosóficos) o religiosos (la misma fe, el mismo Instituto)... El  amigo es aquella persona junto a la cual nos sentimos acogidos con afecto, comprendidos y sostenidos, incluso cuando nos critica o corrige; por eso preferimos la crítica del amigo a la alabanza del enemigo: en el primer caso estamos ciertos de que nos quiere, a pesar de la corrección; en el segundo, tememos que se trate de hipocresía o instrumentalización: “Más valen golpes leales de amigo, que besos falaces de enemigo” (Pro 27, 6). Por eso, como dice un proverbio marroquí: “Diré lo que creo que es verdad, aunque sea duro; y cuando seré duro, será aquélla la mayor prueba de amistad”. O, como dijo Dugas: “El amigo es aquél que sabe cómo eres, comprende dónde has estado, acepta lo que has llegado a ser y te invita con suavidad a crecer todavía más”. Los amigos sienten que viven juntos, incluso cuando están juntos en silencio, sin hacer ni decir nada en particular: “sienten” que están experimentando un intercambio afectivo. Por eso el silencio puede significar muchas cosas (incluso desprecio u odio), pero también es el mejor modo de cercanía, de expresar un sentimiento de comparticipación en un gran dolor o en una gran alegría; efectivamente, en estos casos decimos: “No tengo palabras...”. La palabra sería demasiado poco, una traducción demasiado pobre de un sentimiento muy profundo. Por eso los enamorados, o se dicen frases muy sencillas (“Te amo”), o simplemente se limitan a mirarse en los ojos, dejando que el otro logre comprender todo el amor que se le tiene: los ojos son la parte más expresiva de la persona; las palabras fácilmente engañan, los ojos no.

Aquella simpatía, de la que hablaba, surge de la intuición de una posibilidad de comunión; la amistad será, en efecto, la progresiva realización de una comunión, la aparición del “nosotros”; cuando cada uno pueda decir: “Yo soy nosotros”. Aquello de “como una sola alma en dos cuerpos”. Por eso, la separación, la traición o la muerte del amigo, causan en el que queda una sensación de destrucción y de muerte; y es que con el amigo ha muerto o desaparecido el “nosotros”. De ahí las palabras de otra “sevillana”: “Algo se muere en el alma / cuando un amigo se va / y va dejando una huella / que no se puede borrar... / Ese vacío que deja / el amigo que se va / es como un pozo sin fondo / que no se puede llenar...”. Va a ser la experiencia que vivirá Cristo durante la última cena, cuando la traición de Judas (Jn 13, 18). Como buen judío, buscará en los salmos la expresión de su dolor: “Hasta mi amigo íntimo en quien yo confiaba, / mi compañero de mesa, me ha traicionado” (Salmo 41,10); eco de aquellas otras palabras: “Si me hubiera insultado un enemigo / lo hubiera soportado; / si se hubiera levantado contra mí un adversario, / me hubiera escondido de él. / Pero, eras tú, mi compañero, / mi amigo y confidente; / nos unía una profunda amistad, / juntos subíamos a la casa del Señor” (Salmo 55, 13-15).

Un amigo: así es cómo Dios se nos ha manifestado, cuando ha venido en carne y huesos a vivir entre nosotros y a nuestra manera. Entonces, ¿qué puede haber mejor que un amigo fiel? Y ¿qué mejor amigo que Dios mismo en Jesús de Nazaaret?
Arrivederci!
J. Rovira cmf. 
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