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Mi hermano es hijo único

Josep Rovira, cmf -

El título me lo ha sugerido esta vez un film italiano-francés del 2006, dirigido por Daniel Luchetti, y muy aplaudido en el Festival de Cannes de 2007. Está ambientado en los años 1960-1970. Cuenta la historia de dos hermanos, Antonio y Manrico. Antonio entra de pequeño en el seminario con el deseo de ayudar a los “últimos”. Se da cuenta luego de que aquélla no es su vida y vuelve a la familia. Más tarde se hace amigo de un vendedor ambulante, Mario, que le inculca ideas fascistas. Su hermano mayor, Manrico, trabaja en una fábrica, se ocupa de los problemas de los trabajadores y entra en una célula comunista. Debido a estas ideas políticas contrapuestas, los dos hermanos riñen. Ambos, empero, se enamoran de Francisca, que va a tener un hijo del hermano mayor. En los choques con la policía y entre grupos fascistas y comunistas, Francisca es arrestada y Manrico muere en un tiroteo. Al final, Antonio encuentra la serenidad no dejándose llevar ni por los ideales del fascismo ni del comunismo, sino siguiendo su sueño altruista de “ayudar a los últimos”.

De todas maneras, quisiera aplicar este contraste entre dos hermanos que no se reconocen como tales, a otra realidad –la de la inmigración clandestina- y a otro film, que acaba de salir, basado en un hecho histórico. Me refiero a “Welcome” (“Bienvenido”), un título sarcástico, dada la historia que narra; efectivamente, dicha palabra se halla impresa en la alfombrilla de entrada en el piso de un vecino que luego delatará a Simón. El film está dirigido por Philippe Loiret. Bilal, un muchacho curdo del Iraq, está enamorado de Mina, una coetánea curda que ha logrado emigrar y se encuentra ahora legalmente en Londres. Bilal emplea tres meses para llegar, clandestinamente, desde su tierra a Calais (Francia). Hasta este momento el viaje no fué fácil, pero tampoco imposible: a veces a pie, otras mimetizado entre las cajas de un camión o dentro de un contenidor. Pero, ahora, ante el Canal de la Mancha, todo se hace mucho más difícil: el agua es demasiado fría y llena de corrientes, el acantilado inglés es gris y amenazador; pero él no desiste: el amor por Mina se convierte en un acicate que le empuja a arremeter contra toda dificultad. Intenta atravesar escondido dentro de un camión; es descubierto, junto con otros, y devuelto a Francia. Entonces decide atravesar a nado el Canal; pero, necesita aprender a nadar. Va a una escuela de natación y allí encuentra al maestro, Simón, campeón olímpico fracasado, con un matrimonio comprometido y una paternidad frustrada. No obstante los controles de la policía y las leyes que prohiben ayudar, y más todavía dar refugio, a un clandestino, Simón poco a poco establece una relación franca y sin ambajes con el muchacho. A lo largo de estos encuentros va descubriendo su paternidad y trata de convencer a Bilal de la imposibilidad de su intento; pero al mismo tiempo le da una mano cuando ve que el muchacho no desiste de ir a vivir con su Mina. Aprende a nadar, y después de un tiempo de entreno, parte. No les cuento el final porque hay que ver este film conmovedor, interpretado maravillosamente por Firat Ayeverdi (Bilal) y Vincent Lindon (Simón).

Como he dicho, se trata de la Babel de la actual inmigración, en particular la clandestina. Estremece (o debería estremecernos) el hecho de pensar que al lado de nuestras calles iluminadas con motivo de la Navidad y nuestro consumismo desenfrenado, vive una humanidad maltratada y humillada. A los que vivimos más o menos tranquilos en esta sociedad, nos da miedo y nos obsesiona el tema de la seguridad, y tendemos a cerrar los ojos o a pasar de largo fingiendo no haber visto (Lc 10, 29-37: ¿recuerdan?). Muchos sacan incluso la conclusión de que no todos los seres humanos somos iguales. A continuación, les voy a hablar de lo que sucede en Italia, donde vivo; pero, estoy cierto de que suceden cosas semejantes (¿o incluso peores?) en otras naciones europeas y en otros continentes.

En algunos sitios se ha intentado dar clases separadas entre inmigrantes e italianos (¿no se llamaba “apartheid” todo eso?). El gobierno ha querido distinguir entre “naturales” y “extracomunitarios” en las ayudas financieras a quienes se quedan sin trabajo, dando mucho menos a los segundos. Para defender las llamadas “raíces cristianas” frente a quienes vienen y no pertenecen a esta fe, hay quien ha distribuido crucifijos como si fueron folletos de propaganda política. En una ciudad, una manifestación política en favor del crucifijo en las escuelas acabó en pelea (¿cómo se puede usar la cruz para dividir y combatir, cuando aquellos brazos abiertos no excluyen a nadie?). Como sucedió en Jerusalén hace dos mil años, hay políticos que se apelan al pueblo y quienes se refugian en la ley para condenar a Jesús y librar a Barrabás: lo hicieron el Sanedrín y Pilatos, lavándose hipócritamente las manos. El mes pasado, en un pueblo el alcalde propuso un “White Christmas” (¡así, con un título incluso en inglés!), para alejar del pueblo a los extracomunitarios de color durante las fiestas. En otro, se quiso prohibir la venta de “kebab” si al mismo tiempo no se compraban productos del país. En otro sitio se prohibió a los menores de setenta años que se sentaran en los bancos públicos (con lo cual automáticamente quedaban excluídos todos los extracomunitarios, dado que son gente joven).  En otra ciudad, no se permitió jugar a “cricket”, porque lo practicaban los inmigrantes paquistaníes. En otra, el ayuntamiento ofreció 500 Euros a los urbanos por cada clandestino que descubrieran. En otra, las autoridades pusieron a disposición del público un “número verde” para denunciar a clandestinos. En otra, pasearon una piara de cerdos (animal “impuro” para los musulmanes) por el terreno donde se iba a construir una mezquita. En otra, la policía urbana iba a la caza de irregulares y los metía en un autobus con rejas. Una corriente política propuso una ley según la cual los médicos tenían que denunciar a todo clandestino que se presentara en “Urgencias” (con lo cual se fomentaba todavía más la clandestinidad y que se quedaran sin ningún tipo de asistencia sanitaria, ni siquiera cuando fuera urgente)...

¿Para qué continuar? ¿Y qué decir cuando quienes promueven estas reacciones dicen que lo hacen para defender los “valores cristianos”, incluso enfrentándose con declaraciones de obispos que, según su parecer, no son suficientemente “fieles” a la fe cristiana (¡!). ¡Vivir para ver!

Es verdad que muchas de estas iniciativas han sido bloqueadas casi inmediatamente, cuando los medios de comunicación han hablado de ellas y el público ha reaccionado en contra (los políticos están muy atentos  a lo que puede restar votos...); hay mucha gente más abierta y disponible, y estupendos ejemplos de humanidad y fraternidad cristiana. Pero, en muchas partes está saliendo a flote un clima de intolerancia por parte de unos, y de indiferencia por parte de otros. Ciertamente tiene que haber un control de la situación y cumplir las leyes justas, entre ellas la del respeto mutuo y la integración en el país que te hospeda; pero, es evidente que estamos perdiendo una buena dosis de humanidad... Benedicto XVI ha recordado oportunamente que también la Familia de Nazaret tuvo que emigrar a Egipto cuando se vió perseguida por Herodes (Mt 2, 13-23).

Como decía el sacerdote Luigi Di Liegro (1928-1997), fundador y director de la Cáritas diocesana de Roma: “No se puede amar a distancia, quedándose al margen del combate, sin ensuciarse las manos; pero, sobre todo no se puede amar sin compartir”.

Ya hace tiempo que alguien se alejó no queriendo reconocerse como guardián de su hermano; incluso acabó asesinándole (Gen 4, 9). El otro no deja de ser mi hermano, por más que yo me empeñe en no querer reconocerle como tal. De ahí que muchos se comporten como si dijeran: “¿Ése, mi hermano?... ¡Allá él...! No quiero saber nada de él. No formo parte de su familia. No nos pertenecemos. ¡Mi hermano es hijo único...!”. Sin embargo, hubo quien dijo (¡y le sobraba razón!): “... No tenéis más que un Padre, el del cielo..., y vosotros sois todos hermanos...” (Mt 23, 8-9). Los antiguos decían: “Intelligenti pauca”, al que es inteligente le bastan pocas palabras...

¡Feliz Año Nuevo!

J. Rovira cmf.

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