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Meditación para el XXXII Domingo del tiempo ordinario, “C”

Angel Moreno -

 

2Mac 7, 1-2.9-14; Sal 16; 2 Ts 2, 16-3,5; Lc 20, 27-38

Las lecturas de este domingo, leídas en el contexto del mes de noviembre, dedicado especialmente a la memoria orante de los difuntos, arrojan una doble luz, una sobre el sentido de nuestra peregrinación por este mundo; otra, sobre el destino de los que nos han precedido en la fe.

La Liturgia de la Palabra de hoy se convierte en una verdadera profesión de fe en la resurrección de los muertos y en la vida eterna. De creer o no estas verdades depende el sentido de la existencia y el modo de afrontar la vida.

Jesucristo nos ha regalado el don de la fe y de la esperanza que nos augura la expresión profética: “Al despertar, me saciaré de tu semblante, Señor”. 

En la primera lectura se presenta el ejemplo de la madre de los Macabeos con sus siete hijos, que son capaces de resistir el halago y el martirio, porque creen en la vida eterna. Este testimonio puede denunciar nuestros pactos evasivos, nuestras reacciones débiles ante la prueba, o puede estimular nuestra opción radical por vivir de forma coherente como cristianos en tiempos recios.

El ejemplo que se describe en el Evangelio anima a vivir, según las distintas formas de vida cristiana, como quien sabe y cree que estamos llamados a una relación de amor mayor de la que nos ofrece y posibilita la existencia terrena. Tanto la vida matrimonial, como la virginidad y el celibato, se convierten en profecía de un amor mayor. El matrimonio es la imagen de intimidad con Dios que anhela el alma; la virginidad y el celibato adelantan proféticamente los valores del Reino de Dios. Casados o célibes, viviremos de diferente manera la vocación esencial humana de amar y de ser amados.

Estos planteamientos se fundan en Quien “nos ha amado tanto y nos ha regalado un consuelo permanente y una gran esperanza”, por los que se puede afrontar con valor y con fuerza toda clase de pruebas, según lo afirma San Pablo, en la segunda lectura.

Como aforismos, podemos grabar en la memoria:

“Vale la pena morir en manos de los hombres, cuando se espera que Dios mismo nos resucitará”. 

“Dios no es Dios de muertos, sino de vivos, porque para Él todos están vivos”.

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icono comentarios 1 comentario

Comentarios

niqpmae niqpmae
el 9/11/10
No lo he entendido muy bien, supongo que porque se escapa a mi pobre experiencia.
Vale la pena ser ridiculizado por el mundo, ser juzgado, ser tentado, apartado, abandonado, enfermo, sin trabajo.... si conservas lo único que nos da vida y nunca muere, el Amor.
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