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Meditación para el XXIV Domingo del Tiempo Ordinario, “A”

Angel Moreno -

 (Ecco 27, 33. 28, 9; Sal 102; Rm 14, 7-9; Mt 18, 21-35)

Estas semanas pasadas, se nos ofrecían para nuestra consideración textos evangélicos que nos revelaban el poder entregado por Jesús a la Iglesia, para atar y desatar, para perdonar o retener las culpas. En las Jornadas Mundiales de la Juventud fuimos testigos de la “fiesta del perdón” en el parque madrileño del Retiro.

Si los domingos anteriores la Palabra de Dios nos invitaba a la confianza, por el regalo de la misericordia divina, este domingo,  nos llama a ser conscientes de las veces que cada uno de nosotros hemos sido perdonados, para suscitar en nuestras entrañas  la compasión.

El salmista pone en nuestros labios la necesidad de la alabanza porque “el Señor es compasivo y misericordioso, lento a la ira y rico en clemencia. El perdona todas tus culpas y cura todas tus enfermedades; él rescata tu vida de la fosa y te colma de gracia y de ternura”. Si es de justicia el reconocimiento de las entrañas divinas compasivas de las que tantas veces nos hemos beneficiado, también debería serlo la respuesta personal misericordiosa, ante las posibles ofensas que nos hacen los otros.

Las Sagradas Escrituras nos desvelan cómo obtener el perdón: “Perdona la ofensa a tu prójimo, y se te perdonarán los pecados cuando lo pidas”. Jesús, en la oración que enseñó a sus discípulos, les invitó a pedir: “perdónanos nuestra ofensas como nosotros también perdonamos a los que nos ofenden”. Son axiomáticas las expresiones evangélicas: “La medida que uséis, la usarán con vosotros”. “Perdonad y seréis perdonados”.

El apóstol Pedro le preguntó al Maestro: -“Si mi hermano me ofende, ¿cuántas veces le tengo que perdonar? ¿Hasta siete veces? Jesús le contesta: -No te digo hasta siete veces sino hasta setenta veces siete”. Medida con la que Dios nos trata a todos nosotros. San Pablo afirma: “Ninguno de nosotros vive para sí mismo”. No se puede tener la medida ancha para uno mismo y la estrecha para los demás. No se puede desear comprensión para la debilidad propia y ser intransigentes para los otros.

El que se siente perdonado es criatura nueva. El que perdona se diviniza.
El que se sabe perdonado, gusta la paz. El que perdona se convierte en instrumento de paz.
El que experimenta el perdón conoce a Dios. El que perdona testimonia el don divino.
El que se sabe necesitado de perdón se reencuentra con su ser más profundo. El que perdona transmite la bondad esencial del ser humano.
El que es perdonado, adquiere la conciencia de su fragilidad. El que perdona recupera la mayor dignidad.
El que ha gozado del don del perdón ha gustado el secreto de las entrañas divinas. El que perdona prolonga el espacio entrañable de Dios.
El que es perdonado se libera del peso de la sombra más oscura. El que perdona es luz.

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