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Meditación para el VIII miércoles del Tiempo Ordinario: Servidor de todos

Angel Moreno -

 

(Ecco 36, 1-2ª. 5-6.13-19; Sal 78; Mc 10, 32-35) 

SERVIDOR DE TODOS

Hoy, al meditar en las lecturas, nos encontramos con un contraste entre las  afirmaciones del texto del Antiguo Testamento y las que hace Jesús en el Evangelio.

En el pasaje del libro del Eclesiástico se conservan resonancias de las teofanías, con matices espectaculares en relación con los otros pueblos: “Dios del universo, infunde tu terror a todas las naciones”. “Renueva los prodigios, repite los portentos”, y de súplica de misericordia para que Dios se apiade de Israel: “Ten compasión del pueblo”. “Ten compasión de tu ciudad santa”. “Llena a Sión de tu majestad”.

El autor sagrado solicita de Dios que siga mostrándose misericordioso con los suyos, para que aparezca así ante las naciones como el único Dios verdadero: “Escucha las súplicas de tus siervos, por amor a tu pueblo, y reconozcan los confines del orbe que Tú eres Dios eterno”.

Como resonancia de la primera lectura, en el salmo interleccional se expresan, en forma de oración, los mismos sentimientos: “Socórrenos, Dios, salvador nuestro por el honor de tu nombre”.

Como fruto de la oración, escuchada por Dios, surge el reconocimiento y la acción de gracias: “Nosotros, pueblo tuyo, ovejas de tu rebaño, te daremos gracias siempre, cantaremos tus alabanzas, de generación en generación”.

La relación que se establece con Dios en el Antiguo Testamento es  reverencial, por el poder divino, y desde ella es fácil interpretar que los discípulos de Jesús proyectaran sobre su Maestro las dimensiones del poder político, y llegaran a solicitar o a apetecer los puestos principales. Era difícil prever la enseñanza que hoy da Jesús en el Evangelio. De ahí la novedad que significa el encuentro con Jesucristo: “Sabéis que los que son reconocidos como jefes de los pueblos los tiranizan, y que los grandes los oprimen. Vosotros, nada de eso: el que quiera ser grande, sea vuestro servidor; y el que quiera ser primero, sea esclavo de todos. Porque el Hijo del Hombre no ha venido para que le sirvan, sino para servir y dar su vida en rescate por todos”.

El Dios omnipotente, revelado en su Hijo, se manifiesta a los pies de los discípulos, rompiendo toda proyección especulativa con afán de poder. Para siempre esta conducta será la contraseña de autenticidad cristiana.

¡Es tan fácil arrogarse puntos de honra, aunque sea con lo más sagrado, para creerse superior a los demás! Así se siente el pueblo de la Antigua Alianza frente a las otras naciones. El Evangelio enseña otra primacía, la del servicio y el anonadamiento, como testimonio del amor cristiano.

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