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Meditación para el II Lunes de Adviento, 6 diciembre 2010

Angel Moreno -

 

Is 35,1-10; Lc 5,17-26

El desierto y el yermo se regocijarán,
 se alegrarán el páramo y la estepa,
 florecerá como flor de narciso, 
se alegrará con gozo y alegría. (Is 35, 1)

“Porque en darnos, como nos dio, a su Hijo
 –que es una Palabra suya, que no tiene otra- 
todo nos lo habló junto
 y de una vez en esta sola Palabra,
 y no tiene más que hablar.” 

(San Juan de la Cruz, Subida al monte Carmelo)

Monasterio del Monte de las Tentaciones, Jericó

¿Cómo saber que cambiarán las circunstancias, que el estío se volverá primavera, y el hielo, fuego? ¿Cómo descubrir el manantial en la estepa, y la flor en el desierto? ¿No será todo técnica del lenguaje, poesía por la que se intenta sublimar la angustia, el tedio, la noche?

La Palabra se cumple, el yermo florecerá. En tu corazón es posible la mayor mudanza. En el Evangelio que hoy se proclama, se nos muestra uno de los rasgos más tangibles de la transformación que cantan las profecías. Gracias a la fe se obtiene el perdón. No sólo a la fe personal, sino a la que tengan otros;  por ella podemos beneficiarnos del don precioso de la misericordia. “Jesús, viendo la fe que tenían, dijo: «Hombre, tus pecados están perdonados»” (Lc 5, 21).

No hay mayor experiencia que la que se recibe cuando, sobrecargado de uno mismo, en el limite del propio desprecio, ante un callejón sin salida, frente al muro de la impotencia, como simboliza el paralítico de Cafarnaúm, de pronto, por acceder con fe ante la presencia de Jesús, se escucha: “Hijo, vente en paz, tus pecados quedan perdonados”.

El perdón de Dios, el perdón mutuo y el que nos debemos conceder a nosotros mismos guarda el secreto transformador del desierto en jardín y, como canta el salmista, emerge un paisaje fascinante. “La misericordia y la fidelidad se encuentras, la justicia y la paz se besan; la fidelidad brota de la tierra, y la justicia mira desde el cielo” (Sal 84).

Sorprende cómo se dirige Jesús en este caso al paralítico: “Hombre”. En el Evangelio de San Juan, en otra escena semejante, ante la pregunta del Maestro al paralítico de la piscina probática sobre qué le pasaba, el enfermo respondió: “No tengo hombre”. Hay parálisis por destrucción del sujeto.

Adviento, tiempo de nueva humanidad porque el Hijo de Dios toma nuestra naturaleza. Nuestro desierto, barro, arcilla, florece y se restaura la vasija en manos del mejor alfarero, gracias al perdón.

“La palabra del Señor permanece para siempre. Esta palabra, que permanece para siempre, ha entrado en el tiempo. Dios ha pronunciado su palabra eterna de un modo humano; su Verbo «se hizo carne» (Jn1, 14). Ésta es la buena noticia” (Benedicto XVI, Verbum Domini 1).

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