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Meditación para el II Domingo de Adviento. (Ciclo C)

Ángel Moreno de Buenafuente -

El domingo primero el salmista reiteraba que el Señor enseña el camino a los humildes y muestra los senderos. Este domingo, al narrar el retorno de Israel del exilio, allanadas todas las dificultades, las lecturas confirman que no sólo muestra el camino, sino que Él mismo hace posible recorrerlo.

(PNG) En el Evangelio, Juan Bautista llama a preparar el camino al Señor, a allanar sus senderos. Si se interpreta la imagen literalmente, se torna imposible para nosotros. ¿Quién tiene fuerza para levantar los valles y hacer descender los montes y colinas? El profeta Baruc revela: “Dios ha mandado abajarse a todos los montes elevados y a las colinas encumbradas, para que Israel camine con seguridad”.

La experiencia de ser conducidos, salvados, sacados del exilio, se expone con la imagen del camino expedito, ancho, sin tropiezo, por el que guía la mano de Dios. San Pablo, en la carta a los Filipenses, nos deja uno de los axiomas más esperanzadores: “Ésta es mi convicción: que el que ha inaugurado entre vosotros una empresa buena la llevará adelante hasta el día de Cristo Jesús”. En las ceremonias de consagración de las personas a Dios, se resalta: “Dios, que ha comenzado esta obra buena en ti, sea Él mismo quien la lleve a término.

El salmista canta esta certeza cuando dice: “El Señor ha estado grande con nosotros, y estamos alegres. Al ir, iban llorando, llevando la semilla, al volver, vuelven cantando, trayendo sus gavillas” (Sal 125).

El Adviento es el tiempo del sobrecogimiento, porque el Señor se compadece de su pueblo. Él decide venir a nosotros. Él allana el camino. De esta verdad surge la alegría, el canto, la alabanza, las ganas de amar y de expresar de muchas formas la convicción de haber sido salvados.

El profeta, sumergido en la visión fascinante del retorno de los hijos de Israel del exilio, se dirige a Jerusalén con palabras entusiasmadas: “Jerusalén, despójate de tu vestido de luto y aflicción y vístete las galas perpetuas, envuélvete en el manto de justicia, ponte en la cabeza la diadema de la gloria”.

Sin violentar el sentido de los textos, se pueden aplicar a la Iglesia, a la comunidad de los creyentes, a veces tentados al no ver éxito en su tarea o frutos en sus trabajos, o por vivir tiempos oscuros. El Señor tiene poder para cambiar la suerte de Sión, y transformar las lágrimas en cantares.

De la misma manera, las lecturas pueden describir el proceso interior de cada uno. Lo escabroso, torcido, abrupto, empinado, engreído, se puede allanar, y hacerse camino ancho por el que cantar y reír entonando: “El Señor ha estado grande con nosotros y estamos alegres”. Para ello, hay que abrirse humildemente a la esperanza. Si por lo que sea no se vive esta experiencia, la profecía, aceptada con fe, adelanta la salvación.

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