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Meditación para el II Domingo de Adviento, 5 diciembre 2010

Angel Moreno -

 

Is 11,1-10; Rm 15,4-9; Mt 3,1-12

Juan Bautista se presentó en el desierto de Judea, predicando: “Convertíos, 
porque está cerca el reino de los cielos” (Mt 3, 1)

“El profeta declara abiertamente  que su vaticinio no ha de realizarse en Jerusalén,
sino en el desierto; a saber, 
que se manifestará la gloria del Señor,
 y la salvación de Dios llegará 
a conocimiento de todos los hombres”.
(Eusebio de Cesarea, Sobre le libro de Isaías)

Sal de la ciudad amurallada, de tu propia soledad defendida con ensimismamientos narcisistas. Sal, ponte a la intemperie, donde el viento del Espíritu te traiga la moción de la llamada regeneradora. No te enfeudes en argumentos crónicos que te conducen al subjetivismo fundamentalista. 

El desierto es la imagen más evocadora de la actitud que te corresponde ante la Palabra. Una actitud sin defensa, de tú a tú, ante quien desea ser la relación más transformadora e íntima, que puede llegar a ser de amor esponsal.

Desierto, lugar de la Palabra, del pan del cielo, del agua de la roca. Lugar de la tentación, de la infidelidad y del acrisolamiento de la fe, de lucha y de la victoria. Desierto del corazón petrificado, que gracias a la Palabra, se convierte en carne compasiva y misericordiosa. Ámbito de soledad enamorada, donde se busca la estancia más íntima, que arranca la declaración identificativa: “Señor, Tú eres mi Dios”.

Somos llamados por la voz del Precursor a la conversión, al encuentro con la Palabra en el desierto. Hoy sigue teniendo la misma fuerza aquella voz que resonó junto al río Jordán e identificó a quien venía como Hijo amado de Dios, a quien esperamos a cuerpo descubierto. “¡Bendito el que viene en el nombre del Señor!”

Estamos en el segundo domingo de Adviento, ¿te has puesto ya en camino, en la dirección de un cambio de actitud, de la renovación de la mente y del corazón? La salvación es un ofrecimiento universal, acógela, sal de ti mismo y sentirás el gozo de la fecundidad.

“La lectura de la Palabra de Dios nos ayuda en el camino de penitencia y conversión, nos permite profundizar en el sentido de la pertenencia eclesial y nos sustenta en una familiaridad más grande con Dios. Como dice San Ambrosio, cuando tomamos con fe las Sagradas Escrituras en nuestras manos, y las leemos con la Iglesia, el hombre vuelve a pasear con Dios en el paraíso. (Benedicto XVI, Verbum Domini 87)

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