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Meditación para el Domingo XXXIV, Solemnidad de Cristo Rey

Angel Moreno -

2 Sm 5, 1-3; Sal 121; Col 1, 12-20; Lc 23, 35-43

A la hora de comprender un texto, si no se tiene en cuenta el lenguaje usual o cultural de la época en la que fue escrito, su interpretación puede llevar a error. En el caso de la fiesta de Cristo Rey, al proclamar y cantar a Jesucristo como Señor del universo, cabe que para algunos suponga una expresión poco atractiva o, por asimilación del sentido monárquico actual e influencia del lenguaje político, la interpreten de forma distante a la verdad revelada. 

La monarquía en Israel aparece como elemento de unidad de las tribus, después del itinerario nómada por el desierto y de la época de los jueces. El reino de Israel se inaugura con Saúl,  en quien coincidían las cualidades naturales de hombre alto, fuerte y buen cazador, pero pronto cayó en debilidad y desgracia, por arrogarse lo que había sido un don. Le sucedió David, señalado y ungido por el profeta Samuel como elegido de Dios. Nada llevaba a pensar que un muchacho, olvidado hasta de su propio padre, el último de los hijos de Jesé, viniera a ser el ungido, el rey, en quien se iban a unir los reinos de Judá e Israel. 

David, por bendición de Dios, se convirtió en profecía. De su descendencia nacerá un príncipe, pero no a la manera de los que esperaban restaurar una monarquía fuerte, sino un rey humilde. Los reyes que se apartaron del Dios verdadero y dieron culto a otros dioses, condujeron al pueblo a la derrota, al exilio, a la destrucción. La esperanza mesiánica se fue definiendo poco a poco como anhelo de los pobres, hasta la llegada de Jesús, proclamado mesías, hijo de David, Cristo, que entra en Jerusalén en un pollino para significar su modo de presidir y regir, como rey de paz, para implantar un reino de justicia.

Las lecturas de la Liturgia de este domingo nos traen por un lado, la figura de David proclamado en Hebrón jefe de Israel, y por otro lado, a Jesús crucificado.  Naturalmente no se comprende la forma con la que el Hijo de David ha ejercido su realeza. Y, sin embargo, para siempre, la enseñanza del Evangelio, en la que se nos describe al Maestro a los pies de los discípulos, al Señor como servidor, al Rey de los judíos crucificado, será el modo de pertenecer al Reino de Dios. 

Jesús no actúa con humildad por complejo o como recurso de impotencia; por el contrario, quien es el primero en todo y por quien se ha hecho todo, y todo se mantiene en Él, nos desvela la clave para acceder al Reino. Sorprendentemente, el buen ladrón la encuentra a través de la súplica confiada y humilde.

Jesús, en el límite de sus días, poco antes de morir, hace una afirmación que nos llena de esperanza: “Hoy estarás conmigo en el paraíso”. El Reino ya ha comenzado, los justos, los humildes, los pobres, lo alcanzan. Ante el trono de gracia, el Cristo crucificado y glorioso, resuenan las palabras testamento: “El que quiera ser el primero, que sea el último. El que se humilla será ensalzado”. “Venid, benditos de mi Padre, heredad el reino que os tengo preparado desde antes de la creación del mundo”. 

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icono comentarios 1 comentario

Comentarios

eliseo eliseo
el 20/11/10
Te felicito por el texto, esta muy bien. Que el Señor te bendiga. Por otro lado quiero saber si el autor es el cura del fuente del sistal, en guadalajara. gracias.
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