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Meditación para el domingo XXXIV del tiempo ordinario

Angel Moreno -
    Es el final del año litúrgico. Como culmen, la Iglesia rinde homenaje a su Señor. Cristo es “el Alfa y la Omega, el que es, el que era, y el que vine” (Ap 1, 8).

    Todas las lecturas coinciden en la afirmación de la identidad del que “viene en las nubes del cielo, a quien le dieron poder real y dominio” (Dan 7, 13-14). “Jesucristo es el príncipe de los reyes de la tierra” (Ap 1, 5). “El Señor reina” (Sal 92). Jesús declara ante Pilato: “Tu lo dices: soy rey” (Jn 18, 37).

    Estas palabras pueden alejar a quienes interpreten la realeza de Jesucristo desde los parámetros de los señores de este mundo. Jesús dice: “Mi reino no es de este mundo”. El Hijo de hombre ejerce el poder, el dominio, la gloria, el honor que posee para librarnos de nuestros pecados.

    “Aquel que nos ama nos ha convertido en un reino y hecho sacerdotes de Dios”. Si ante el esplendor de los señores de este mundo cabe la admiración por su riqueza y boato, con los que envuelven la debilidad humana, el que todo lo puede se presenta como testigo fiel, testigo de la verdad, y le llevan ante el tribunal.

    Es adecuado cantar a quien es el Rey del universo, gozarse de su triunfo, alegrarse por pertenecer a su reino, afirmar su señorío con valentía. Pero no olvidemos la paradoja del Evangelio. Jesús fue coronado de espinas, su trono fue la cruz, se mostró como siervo, lavó los pies de los discípulos y nos enseñó la forma de ser los primeros, buscando siempre el último lugar.

    La exultación por la venida gloriosa de Jesucristo como Señor de vivos y muertos, el resonar de trompetas para figurar la teofanía del Hijo de Dios, el espectáculo regio con el que se describe la presentación última del Señor, no deja de ser una mediación con la que intentamos narrar lo que supera a nuestra imaginación.

    Lo cierto es que Jesucristo, el que murió y resucitó, que está junto al Padre en la gloria del cielo, el Hijo de Dios, volverá para recapitular todo en Él, sin dejar de ser el Redentor, la manifestación suprema del amor de Dios, el que nos ama.

    Hoy es día de homenaje, de alabanza, de adoración, de rendir el cuerpo no de forma humillante, sino postrados por amor. Hoy es día de identificarse como miembros del Reino de Dios. Sabemos que a los misericordiosos se les invitará  a sentarse junto al Rey. Culto y misericordia se aúnan en la fiesta con la que se cierra litúrgicamente el año.

    La mejor ofrenda que podemos hacer nos la sugiere el salmista: “La santidad es el adorno de tu casa, Señor, por días sin término” (Sal 92 [93], 5).
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