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Meditacion para el Domingo XXXI del Tiempo Ordinario.

Angel Moreno -

 

Sb 11, 22-12, 2; Sal 144; 2 Tes 1, 11-2, 2; Lc 19, 1-10

Las lecturas de este domingo son un canto a la vida, a la bondad, a la misericordia, a la gracia que supone el don de la fe, de haber recibido la revelación sagrada, de conocer a Jesucristo, que hace visible la identidad de Dios, de haber sido llamados por Él.

El poder de Dios se demuestra en su amor a todas las criaturas, pero sobre todo en su opción de dar vida, de sostener a todo lo creado. ¡Cómo ensancha el corazón el libro de la Sabiduría, que hoy proclama: “Amas a todos los seres. No odias a nadie. A todos perdonas, porque son tuyos, ¡Señor, amigo de la vida”!

Vemos la concreción de esta identidad divina en el gesto que Jesús hace en Jericó, cuando manda bajar a Zaqueo del árbol para hospedarse en su casa, a pesar de que era un publicano, al que se tenía por pecador, marginado y juzgado por los que se sentían justos.

Hoy escuchamos de labios de Jesús el axioma más esperanzador: “El hijo del Hombre ha venido a buscar y salvar lo que estaba perdido”, y llama a Zaqueo. Desde ese momento entra la salvación en su casa. San Pablo nos invita a reavivar la vocación con la que cada uno hemos sido llamados. Desde ella podemos recuperar la actitud más generosa, “para que así, nuestro Señor, sea glorificado en vosotros”.

Señor, cuando me acojo, como Zaqueo, a tu bondad, y recurro a tu misericordia; cuando confío en tu amor y lo aplico a todas la situaciones personales y a los acontecimientos que suceden, al ser tan generosa y gratuita tu declaración de perdón, pienso si no estaré manipulando la Palabra. Llego a sospechar de mí, si es por afán egoísta, interesado, el aferrarme al ofrecimiento que me haces de ser huésped mío.

Una explicación posible es mi proyección sobre ti del comportamiento humano, con lo que te hago víctima de las reacciones naturales que se dan entre nosotros, cuando suceden comportamientos negativos, creyendo que Tú te enfadas, igual que lo hacemos entre nosotros, y te mueves al castigo, a la cólera, a la venganza, como, tristemente, es frecuente en nuestras relaciones sociales.

A la luz de tu Palabra, me estremece la revelación que haces de ti, ya desde los textos del Antiguo Testamento. En el libro de la Sabiduría y de los Salmos te muestras “Amigo de la vida”, “amas a todos, porque son tuyos”, y porque lo puedes todo, perdonas.

Que no dude nunca de tu bondad, y que por la experiencia constante de tu misericordia, en vez de inclinarme al juicio crítico, como narra el Evangelio que hicieron algunos de los que te vieron entrar en casa de Zaqueo, cuando comentaron: “Ha entrado a hospedarse en casa de un pecador”, me mueva a la proclamación del salmista: “El Señor es clemente y misericordioso, lento a la ira y rico en piedad; el Señor es bueno con todos.

Estoy seguro: si esta verdad es recibida en el corazón, más allá de la historia personal, se descubre el regalo inmerecido de la gracia y de la fe, experiencia que deseo sinceramente a todos. 

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