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Meditación para el Domingo XXVIII del Tiempo Ordinario (9 de Octubre de 2011)

Angel Moreno -

(Is 25, 6-10a; Sal 22; Flp 4, 12-14.19-20; Mt 22, 1-14)

Las palabras “festín”, “boda”, “banquete”, “mesa preparada”,”copa rebosante”, “magnificencia”… resuenan en los diferentes textos que presenta la Liturgia de este domingo y en un principio se interpretan en su sentido alegre, festivo. La relación entre ellos nos ayuda a descubrir su significado más pleno. Pero, a su vez, en el Evangelio hay escenas muy dolorosas y dramáticas, provocadas por falta de sensibilidad, o porque se desprecia la invitación a la boda, o porque se acude al banquete sin el traje adecuado.

Las imágenes con las que se expresa la fiesta nupcial, que se corresponde con las de la profecía de Isaías sobre el festín con vinos de solera y manjares enjundiosos, desde la perspectiva cristológica tienen su concreción sacramental en la Eucaristía, el banquete de bodas del Hijo de Dios, al que estamos invitados todos. Pero debemos ser sensibles a la hora de participar en él y presentarnos en las debidas condiciones.

En el banquete eucarístico se realizan las profecías del banquete preparado en lo alto del monte. La Cena del Señor, en la que se ofrece el Cordero Pascual y se brinda con vino, ha quedado como mesa magnánima, por parte de Jesucristo, quien ha mandado a sus apóstoles que la perpetúen como memorial de su entrega amorosa.

Si el salmista canta la entrañable actitud del pastor bueno, que lleva a sus ovejas a verdes pastizales, donde verdaderamente podemos sentir el cuidado y la ternura del Pastor Bueno es en la Eucaristía. Jesús, que se presenta como Buen Pastor, también se presenta como “Pan de Vida”. Él cuida del rebaño y se preocupa de las otras ovejas que no acuden.

La bondad y generosidad de Cristo no es manipulable. La Eucaristía es sacramento que requiere consideración, vida coherente, testimonio de pertenencia, representado en el texto por el revestimiento necesario de la túnica que debemos llevar al acercarnos a participar en la mesa del Señor.

Para participar en un banquete o una boda se debe estar invitado. Despreciar la invitación al banquete es un desaire vanidoso, prepotente, insensible, pero acercarse sin consideración, sin la actitud adecuada a la fiesta esponsal es una grave inconsciencia o afán pretencioso.

Al banquete, según el salterio, entran los limpios. El profeta señala que los vinos de solera y los manjares suculentos se prepararán sobre el monte. Pero ¿quién subirá al monte del Señor?, se preguntará el salmista. Y responde: “El hombre de puro corazón y limpias manos”.
 

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Comentarios

Germán Germán
el 8/10/11
he tomado frecuentemente sus relflexiones, que me parecen aterrizadas y agradables.
Dios los bendiga por los grandes aportes a la evangelización
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