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Meditación para el domingo XXVIII del tiempo ordinario

Angel Moreno -
    El inicio del curso es momento propicio para nuevos proyectos, renovados deseos de aprendizaje, de adquirir conocimientos más amplios. Es un deseo noble querer crecer en ciencia y en sabiduría.

    La primera lectura nos enseña que la verdadera sabiduría es don divino: “Supliqué, y se me concedió la prudencia, invoqué, y vino a mí el Espíritu de Sabiduría” (Sab 7, 7). Por él se juzgan las cosas según Dios, es un conocimiento impregnado por la caridad, “sabor de Dios” (Santo Tomás). El don de Sabiduría es correlativo a la virtud teologal de la caridad.

    La Providencia ha querido que en este día la Iglesia proclame santo al monje cisterciense Hno. Rafael, junto con otros religiosos. Él decía: “Nuestra ciencia consiste en saber esperar”. El salmista nos ilumina en el mismo sentido: “Enséñanos a calcular nuestros años, para que adquiramos un corazón sensato” (Sal 89).

    Es noble preguntarse por lo que es mejor, más bueno. Así lo hizo el joven rico, cuando se acercó a Jesús: “Maestro bueno, ¿qué haré para heredar la vida eterna?” (Mc 10, 17). Sorprende el detalle con que se describe la escena: “Jesús se le quedó mirando con cariño y le dijo: «Una cosa te falta: anda, vende lo que tienes, dale el dinero a los pobres, así tendrás un tesoro en el cielo, y luego sígueme»” (Mc 10, 21). El joven bajó la mirada y se marchó. Los discípulos se espantaron de la radicalidad propuesta. “¿Quién puede salvarse?” Sin embargo, Jesús aseguró: “Dios lo puede todo”. El Hermano Rafael quedaba en meditación recitando: “Sólo Dios”.

    Cada día, en medio de una aparente indiferencia, y cuando parece que la sociedad se desentiende del Evangelio, hay quien escucha la llamada y deja su carrera, puesto de trabajo, posición social, comodidad de vida y, fiándose de Dios, da el paso del seguimiento evangélico. Es un verdadero privilegio ser testigo de los procesos vocacionales en personas a veces alejadas y que de manera sorprendente se han encontrado con la mirada cariñosa de Jesús, y no le han dado la espalda.

    El ejemplo de los santos es la mejor prueba de la posibilidad humana de responder a la llamada, con la gracia de Dios, el don de Sabiduría. El P. Damián, otro de los nuevos santos, llegó a arriesgar enteramente su vida, quedándose a vivir con los enfermos de lepra y contagiándose él mismo de la enfermedad. “Os aseguro que quien deje casa, o hermanos o hermanas, o madre o padre, hijos o tierras, por mí y por el Evangelio, recibirá cien veces más” (Mc 10, 29-30).

    “La Palabra de Dios es viva y eficaz” (Hbr 4, 12), quien cree en ella y se fía experimentará cómo Dios es fiel y cumple lo que dice. Vivir de la Palabra, obedeciendo el impulso que por ella nos viene, la posible llamada al seguimiento, la opción de ser de Dios, no quedará sin recompensa, aquí en la tierra y “en la edad futura, vida eterna” (Mc 10, 30).

    ¡Atrévete a dejarte mirar por el Señor y a seguirlo en la vocación que has recibido!
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