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Meditacion para el Domingo XXVII del Tiempo Ordinario (4 de Octubre de 2011)

Angel Moreno -

(Is 5, 1-7; Sal 79; Flp 4, 6-9; Mt 21, 33-43)

Hay días en los que la Palabra de Dios se hace irresistible, por la denuncia que encierra, la herida que abre, la claridad con la que señala el pecado. Su lectura llega a ser un revulsivo, que o se intenta evitar, evadiéndose, o se recibe, aun con dolor, y mueve a la conversión.

Hoy, la parábola de la viña, junto con la profecía de Isaías, es difícil de esquivar. “Mi amigo tenía una viña en fértil collado. La entrecavó, la descantó y plantó buenas cepas; construyó en medio una atalaya y cavó un lagar. Y esperó que diese uvas, pero dio agrazones”. Lo que no se debe hacer es aplicarla a otros, y quedarnos libres de la posible implicación que cabe tener en la falta de fidelidad y de respuesta generosa, a medida del don recibido, del mimo y cuidado del Labrador.

Jesús personalizó la figura del hijo del propietario de la viña, y desveló el final de su pasión y muerte a mano de los arrendatarios. La viña estéril y los obreros violentos y especuladores dejan el ánimo sobrecogido. Ante esta situación tomamos al salmista su plegaria: “Dios de los Ejércitos, vuélvete: mira desde el cielo, fíjate, ven a visitar tu viña, la cepa que tu diestra plantó, y que tú hiciste vigorosa”.

En un contexto más amplio, la imagen de la viña se emplea en otros pasajes bíblicos. Al leerlos, es posible estremecerse, a la hora de conocer la infidelidad del pueblo escogido y mimado descrita en la profecía y en la parábola del viñedo, si recordamos que Jesús se presenta como vid, y a su vez como vino convertido en sangre, oblación total de sí mismo en favor de aquellos mismos que lo expulsaron de su propiedad y lo mataron.

Si la infidelidad de la viña mereció el abandono, y el asalto de toda especie de alimañas depredadoras, la fidelidad de Jesús restauró la parcela querida, y hace resonar el cántico del profeta: “Voy a cantar en nombre de mi amigo un canto de amor a su viña”. Esta viña dio fruto abundante y del fruto de la vid rebosó la copa brindada, que en la noche de la Cena Santa, Jesús ofreció en sacrificio de sí mismo, para perdón de los pecados. Ahora la viña ha dado su fruto, y los labradores son redimidos.

Ante tanto amor, de nuevo el salmista nos indica la respuesta adecuada: “No nos alejaremos de ti; danos vida, para que invoquemos tu nombre. Señor Dios de los Ejércitos, restáuranos, que brille tu rostro y nos salve”.

San Pablo nos invita a celebrar la Eucaristía como mejor forma de agradecimiento, y a vivir desde ella:

“Nada os preocupe; sino que en toda ocasión, en la oración y súplica con acción de gracias, vuestras peticiones sean presentadas a Dios.

Finalmente, hermanos, todo lo que es verdadero, noble, justo, puro, amable, laudable; todo lo que es virtud o mérito, tenedlo en cuenta. Y lo que aprendisteis, recibisteis, oísteis y visteis en mí ponedlo por obra. Y el Dios de la paz estará con vosotros”.

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