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Meditacion para el Domingo XXIX del Tiempo Ordinario (16 - Octubre - 2011)

Angel Moreno -

(Is 45, 1. 4-6; Sl 95; 1 Tes 1, 4-5; Mt 22, 15-21)

Ante las afirmaciones que hoy se leen en los textos litúrgicos, como golpes de gong llega el eco de la profecía de Isaías: “Yo soy el Señor y no hay otro; fuera de mí no hay dios”. “De Oriente a Occidente no hay otro fuera de mí. Yo soy el Señor y no hay otro”. Refrendadas por el salmista: “Los dioses de los gentiles son apariencia, mientras que el Señor ha hecho el cielo”. Santa Teresa de Jesús nos dejó: “Sólo Dios basta”. Y nos resuenan las palabras del Papa en su último viaje a Alemania; cuando le preguntaron por la razón de su viaje, señaló: “Voy con alegría a mi Alemania y estoy feliz de llevar el mensaje de Cristo a mi tierra” (palabras en el vuelo). En los diferentes discursos hemos encontrado afirmaciones recias, y algunas de ellas arrancaron los aplausos de los parlamentarios: “El hombre no se crea a sí mismo. Es espíritu y voluntad, pero también la naturaleza, y su voluntad es justa cuando él respeta la naturaleza, la escucha, y cuando se acepta como lo que es, y admite que no se ha creado a sí mismo. Así, y sólo de esta manera, se realiza la verdadera libertad humana” (Discurso en el parlamento).

La afirmación de Jesús: “Pagadle al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios”, es iluminadora para la convivencia política y social. Dios no destruye al hombre, el Creador ama a su criatura. “Decid a los pueblos: «el Señor es rey, él gobierna a los pueblos rectamente».” La convivencia, el respeto, la ley natural, el valor de lo objetivo arrancan del principio de la existencia de Dios, y del orden que Él ha establecido en la naturaleza. “Con la certeza de la responsabilidad del hombre ante Dios y reconociendo la dignidad inviolable del hombre, de cada hombre, este encuentro ha fijado los criterios del derecho; defenderlos es nuestro deber en este momento histórico” (Benedicto XVI, en el parlamento de Berlín).

San Pablo exalta la fe de la comunidad cristiana de Tesalónica. En el texto más antiguo del Nuevo Testamento, se presenta de manera emblemática la adhesión a la fe que tuvieron los fieles de esta ciudad: “Siempre damos gracias a Dios por todos vosotros y os tenemos presentes en nuestras oraciones. Ante Dios, nuestro Padre, recordamos sin cesar la actividad de vuestra fe, el esfuerzo de vuestro amor y el aguante de vuestra esperanza en Jesucristo nuestro Señor. Bien sabemos, hermanos amados de Dios, que él os ha elegido y que cuando se proclamó el Evangelio entre vosotros no hubo sólo palabras, sino además fuerza del Espíritu Santo y convicción profunda”.

Ojalá las lecturas de los textos nos estimulen y produzcan la sana emulación, para ser nosotros también testigos de la fe en el Dios y Padre de Nuestro Señor Jesucristo, gracias al don del Espíritu Santo.

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