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Meditación para el Domingo XXII del Tiempo Ordinario

Angel Moreno -

Las lecturas de hoy reflejan muy vivamente lo que significa un seguimiento por simpatía, por deseos de poder, y especulación política, y lo que supone ir detrás de Jesús.

Nos llegan noticias de los jóvenes que alzan sus manos, o se levantan porque sienten la llamada a consagrar sus vidas como amigos de Jesús en favor de los demás, en la radicalidad del Evangelio.

La naturaleza no propone por sí misma un camino de negación, costoso, transportando el peso de la cruz. Y sin embargo, quienes sienten la llamada, no pueden soportar  hacer oídos sordos, como le sucedió al profeta Jeremías, que por más que intentaba olvidarse, ardía en su corazón la propuesta seductora de pertenecer al Señor. “Me dije: no me acordaré de Él, no hablaré más en su nombre; pero la palabra era en mis entrañas fuego ardiente, encerrado en los huesos; intentaba contenerla, y no podía”, o tienen fuerzas para tomar el madero de la Cruz: “El que quiera venirse conmigo que se niegue a sí mismo, que cargue con su cruz y me siga. Si uno quiere salvar su vida, la perderá; pero el que la pierda por mí, la encontrará”.

He hecho, como otros años, el recorrido a pie de un tramo del Camino de Santiago. En las diversas etapas de Tuy a Compostela me he encontrado con jóvenes y adultos que llevaban sobre sus hombros cargas pesadas, como los macutos. Todos iban contentos, algunos con dolor por sufrir lesiones en las rodillas, pero el clima es verdaderamente festivo, a pesar del esfuerzo que supone hacer una media de 25 ó 30 kilómetros diarios, y después pernoctar en albergues. Se dan por bien pagados con llegar ante la fachada del Obradoiro, obtener la Compostela, dar un abrazo al Apóstol, y en muchos casos, recibir la perdonanza.

Si un proyecto de esfuerzo humano, por alcanzar una meta terrena, supone tanta alegría, ¡qué no será emprender el camino del seguimiento, ir detrás de Jesús, tenerlo por compañero, gustar su mirada interior, saborear su presencia íntima, escuchar su Palabra…!

Si la seducción del camino jacobeo tiene tanto atractivo, ¡qué no tendrá el tomar por camino la forma de vida de Jesús! El salmista acierta a describir con la imagen de la sed la experiencia más plena que es posible en esta vida. ¡Oh Dios, Tú eres mi Dios, por ti madrugo. Mi alma está sedienta de ti…!

Quienes prueban a dar crédito a la Palabra y, superando el pensamiento de la naturaleza, dan fe a la invitación de Jesús, son testigos de que el Señor no defrauda. Además, “¿de qué le sirve a un hombre ganar el mundo entero, si malogra su vida? ¿O qué podrá dar para recobrarla?”

La mejor respuesta nos la insinúa san Pablo: “Os exhorto, por la misericordia de Dios, a presentar vuestros cuerpos como hostia viva, santa, agradable a Dios; éste es vuestro culto razonable. Y no os ajustéis a este mundo, sino transformaos por la renovación de la mente, para que sepáis discernir lo que es la voluntad de Dios, lo bueno, lo que agrada, lo perfecto”.

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