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Meditación para el domingo XVIII del tiempo ordinario

Angel Moreno -

En las latitudes occidentales, el mes de agosto evoca vacaciones, tiempo de ocio y diversión, de liberación de agobios y de legítimo descanso. Tiempo de cosechas del cereal en la meseta castellana, de saborear los éxitos del curso o de la carrera terminada.

Por los datos sociológicos y laborales negativos, que se ciernen sobre gran parte de la población y en las familias, se está sufriendo la merma de disponibilidad de medios para proyectos de viajes y estancias en zonas atractivas, con efectos quizá de nostalgia, tristeza, desánimo, agravio comparativo.

La Palabra de este domingo nos ilumina tanto para situaciones de abundancia como para tiempos de escasez. Con la imagen de los graneros repletos, que lleva al labrador al despilfarro, al egoísmo y a la insensatez, pensando que podrá disfrutar sin escrúpulos las rentas del fruto de lo que le ha dado la naturaleza, se nos advierte cómo deberemos siempre estar atentos y responsables de los dones que se nos entregan, no para provecho propio, sino para servicio y acrecentamiento de bienes útiles para los demás. Sobre todo porque nadie tiene propiedad de sus días. El salmista nos da la medida: “Mil años en tu presencia son como un ayer que pasó, una vela nocturna”.

Puede parecer un discurso que agua la fiesta, pero el realismo de la verdad que tantas veces nos golpea está magníficamente descrito en la primera lectura, aunque suene algo a escepticismo. “Vanidad de vanidad, dice Qohelet, todo es vanidad. ¿Qué saca el hombre de todos los trabajos y preocupaciones que lo fatigan bajo el sol?”

La Palabra de Dios nos provee del mejor equipamiento, el de la sensatez, por saber medir el tiempo y los bienes –“Enséñanos a calcular nuestros años, para que adquiramos un corazón sensato”-; la discreción, para no errar en un consumismo descontrolado con consecuencias dolorosas, la austeridad en tiempo de escasez y de dificultades; la consciencia, para no perder el dominio propio y la atención y sensibilidad en el uso de los bienes; el reconocimiento de que todo es don; la gratitud, por los dones recibidos; la solidaridad con los que pueden pasar estrecheces...

No es reacción adecuada engañarse con el ambiente superficial, como dice San Pablo, ni de gozar efímeramente de los placeres corporales, por dejar en tiempo de vacaciones rienda suelta a todo lo terreno. Por el contrario, el creyente tiene en este tiempo la ocasión preciosa de contemplar la naturaleza, de alegrarse de todo lo que es bueno, porque la vida del creyente deberá estar escondida con Cristo en Dios. En definitiva: “Aspirad a los bienes de arriba”.

¡Ojalá que al regreso de las vacaciones, nos suceda no como dice el refrán que ocurre después de ir a un espectáculo, sino como canta el salmo 125: “Al ir iban llorando, llevado la semilla, al volver vuelven cantado, trayendo sus gavillas.” 

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