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Meditación para el domingo XV del tiempo ordinario

Angel Moreno -
    Aún resuena en nuestros oídos la expresión paulina que se proclamaba en la Liturgia del domingo pasado: “Te basta mi gracia; la fuerza se realiza en la debilidad” (2Co 12,9), cuando, de nuevo, la Palabra de Dios, que nos acompaña en este tiempo de estío, reitera que la condición del mensajero no es la estrategia, ni el poder, ni el dinero, ni la seguridad, sino la total confianza en el que le envía.

    En la primera lectura se presenta a Amós, quien reconoce que no es profeta ni hijo de profeta, sino pastor y cultivador de higos; no es de casta distinguida, pero el Señor lo quitó de pastorear el rebaño, como hará con David, y lo envió: “Ve y profetiza a mi pueblo Israel” (Am 7, 15).

    En el Evangelio que se proclama este domingo, aparece Jesús enviando a los Doce en unas condiciones menesterosas: sin pan, ni alforja, ni dinero, ni túnica de repuesto, pero con autoridad sobre los malos espíritus, con bastón y sandalias (cf Mc 6, 7-9).

    Por las referencias bíblicas señaladas se constata que Dios sigue llamando a quienes constituye en mediaciones para anunciar la conversión, y para que se manifieste de dónde les viene la fuerza, tanto Amós como los Apóstoles experimentan por una parte la debilidad y por la otra, la fuerza del Señor.

    El salmo, como nexo interleccional, indica la actitud necesaria y adecuada ante la posibilidad de la llamada y del envío que Dios quiera comunicarnos: “Voy a escuchar lo que dice el Señor”, con la confianza en la providencia y en la respuesta fecunda: “El Señor nos dará la lluvia y nuestra tierra dará su fruto” (Sal 84).

    En este contexto, te invito a que personalices la segunda lectura, de la carta de San Pablo a los Efesios, en la que se nos explicitan los beneficios recibidos de la creación, de la redención y de la santificación, y tomes la decisión confiada que te sugiere.

    Dios te ha elegido en la persona de Cristo, antes de crear el mundo, para que seas santo e irreprochable ante Él por el amor. Te ha destinado a ser su hijo. Has recibido la redención, el perdón, los tesoros de su gracia. Has sido marcado por el Espíritu Santo (cf. Ef 1, 3-14).

    No importa que no lleves pan, Cristo se ha ofrecido como Pan de vida; ni que no lleves túnica de repuesto, Jesús nos dejó la suya al pie de la cruz. No te importe no llevar dinero, el mayor tesoro es la confianza interior y la certeza de la Providencia. La mejor alforja es la que cada día te dispone el Señor con su promesa de acompañamiento. Apóyate en el bastón de la cruz, y cálzate con las sandalias del amor. Recuerda que el padre de la parábola entrega al hijo pequeño túnica, sandalia, anillo, y le ofrece un banquete. Nunca ganaremos a Dios en generosidad.
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