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Meditacion para el 25 Domingo del Tiempo Ordinario “C”

Angel Moreno -

Am 8, 4-7; Sal 112; 1 Tm 2, 1-8; Lc 16, 1-13

“Quiero que sean los hombres los que recen en cualquier lugar, alzando las manos limpias de ira y divisiones”.

Las lecturas de este domingo parece que no tienen una conexión tan explícita como sucede otras semanas. Sin embargo, si releemos los textos, nos encontramos con una referencia unificadora e inclusiva: las manos que se deben levantar en oración, deberán ser manos que practiquen la justicia y hagan el bien.

Acabamos de celebrar la Exaltación de la Cruz y los Dolores de María, al pie de la Cruz. San Pablo nos invita a sumarnos a la intercesión de Cristo, y a la acción corredentora de María a través de la oración.

La Iglesia, nuevo Pueblo de Dios, formada por los bautizados, es pueblo sacerdotal, y tiene por oficio orar por todos, elevar oraciones sin distinción, aun por aquellos que pueden aparecer como enemigos o contrarios. 

Demasiadas veces nuestra expresividad creyente se contagia de nuestras ideologías y adhesiones políticas. ¡Qué diferente es el consejo de San Pablo a Timoteo!: “Te ruego, lo primero de todo, que hagáis oraciones, plegarias, súplicas, acciones de gracias por todos los hombres, por los reyes y por los que ocupan cargos, para que podamos llevar una vida tranquila…”

Jesucristo se ha ofrecido a su Padre en favor de todos. “Dios quiere que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento de la verdad”. El salmista alaba al Señor, “que se abaja para mirar al cielo y a la tierra y levanta del polvo al desvalido, y alza de la basura al pobre”. 

La auténtica justicia es la de Dios. Él hace salir el sol para malos y buenos y hace caer la lluvia para los campos de los que lo reconocen o lo ignoran. 

Al inicio del curso, la Palabra de Dios nos llama a la oración, a la justicia y a la sagacidad. Orar por todos, tener los sentimientos de Cristo Jesús, no significa carecer de criterio, sino saber administrar rectamente los dones. El don de la fe, de la esperanza y del amor, ha sido un derroche de generosidad por parte de Dios. La oración es una posibilidad, tanto de ejercer los talentos con sagacidad, cuanto para saber ser solidarios con justicia.

La oración repercute no sólo en el don de la paz y de la convivencia, sino en la capacidad para obrar según el deseo de Dios.

La oración no es un descargo de la responsabilidad en las manos del Señor, sino un ejercicio de pureza de corazón, de honestidad, de bien hacer. Las manos alzadas deben estar limpias de ira, de discordia, de violencia, de egoísmo.

Sería una contradicción orar por todos en un intento de justificación, y a la vez dejar crecer en el corazón los sentimientos especuladores, egoístas o inmisericordes.

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