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Meditacion para el 11º Domingo del Tiempo Ordinario

Angel Moreno -

 

(2 Sm 12, 7-10.13; Sal 31; Gál 2, 16. 19-21; Lc 7, 36-8,3)

Los últimos domingos, la Liturgia nos ha venido acompañando con fiestas entrañables. La solemnidad de la Santísima Trinidad, la del Corpus Christi, la fiesta del Sagrado Corazón de Jesús, la memoria del Inmaculado Corazón de María. Todo parece dispuesto para escuchar de forma más atenta los textos que se proclaman el undécimo domingo del Tiempo Ordinario, cuando el calendario nos va aproximando al estío.

Contemplando la Palabra de este domingo, siete consideraciones nos permiten contrastar nuestra relación con Jesús:

CONSTATACIÓN DEL PECADO: “¿Por qué has despreciado tú la Palabra del Señor, haciendo lo que a Él le parece mal?” “Si éste fuera profeta, sabría quién es esta mujer que lo está tocando y lo que es: una pecadora”.

RECONOCIMIENTO DEL PECADO: “¡He pecado contra el Señor!”

CONFESIÓN DEL PECADO: “Confesaré al Señor mi culpa”

LA GRACIA DEL PERDÓN: “Tus pecados están perdonados”. “El Señor ha perdonado ya tu pecado, no morirás”. “Tu fe te ha salvado, vete en paz”. “Vivo de la fe en el Hijo de Dios, que me amó hasta entregarse por mí”. “Tú perdonaste mi culpa y mi pecado”. “Dichoso el que está absuelto de su culpa”.

AGRADECIMIENTO: “Una pecadora vino con un frasco de perfume y, colocándose detrás junto a sus pies, llorando, se puso a regarle los pies con sus lágrimas, se las enjugaba con sus cabellos, los cubría de besos y se los ungía con el perfume”.

CONVERSIÓN: “Estoy crucificado con Cristo: vivo yo, pero no soy yo, es Cristo quien vive en mí”.

SEGUIMIENTO: “Después de esto, lo acompañaban los doce y algunas mujeres que Él había curado de malos espíritus y enfermedades”.

Pocas veces como este domingo se puede descubrir el proceso adecuado que debería acontecer en nosotros, desde la conciencia de pecado y fragilidad hasta la cima del seguimiento. David, Pablo, la mujer pecadora son ejemplo de un itinerario creyente, que no elude la herida del mal hecho, sino que la trasfigura con el gesto humilde de la solicitud del perdón y el gesto generoso del agradecimiento, para convertir así la experiencia dolorosa en motivo permanente de gratitud, initmidad y seguimiento.

“¡Alegraos, justos, y gozad con el Señor; acamadlo los de corazón sincero!”

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