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MEDITACIÓN DOMINGO XXVI DEL TIEMPO ORDINARIO, “B”

Angel Moreno -

Sorprende la generosidad de Dios, que derrama su Espíritu en una medida amplia, que supera nuestras fronteras justicieras, ideológicas, religiosas, nuestros nominalismos, a veces sectarios.

En la primera lectura, Moisés exclama: “Ojalá todo el pueblo del Señor fuera profeta y recibiera el espíritu del Señor” (Núm 11, 29). En el Evangelio, Jesús afirma: “El que no está contra nosotros está a nuestro favor” (Mc 9, 40). No hace falta ir declarando pertenencias. Dios conoce el corazón y sabe que hay muchas otras ovejas a las que tiene que atraer hacia Sí. Algunas, sin saberlo, se conducen con el criterio de la misericordia y compasión, distintivo de los que son de Cristo.

En la Biblia se ofrecen muchos ejemplos en los que intervienen personajes que, sin ser del pueblo escogido, se convierten en mediaciones providenciales, como sucedió con los reyes de Persia, en tiempos del exilio, Ciro, Darío y Artajerjes, que apoyaron la reconstrucción del templo de Jerusalén. Jesús pone como ejemplo la fe del Centurión, de la Cananea, la actitud del leproso extranjero, la caridad del Buen Samaritano, la confianza de la Viuda de Sarepta, la hospitalidad de la mujer sunamita. En todos los casos se superan las fronteras de Israel.

La Historia de Salvación no sólo es posible a través de personas que son creyentes de manera explícita, también avanza por quienes, limítrofes a la fe y a las instituciones confesionales, colaboran de buena voluntad.

Cada uno de los creyentes somos portadores de bendición para quienes nos hacen bien. Cristo nos convierte en sacramentos. “El que os dé a beber un vaso de agua porque seguís al Mesías, os aseguro que no se quedará sin recompensa” (Mc 9, 41). En el texto de Mateo se lee: «Y todo aquel que dé de beber tan sólo un vaso de agua fresca a uno de estos pequeños, por ser discípulo, os aseguro que no perderá su recompensa»” (Mt 10, 42). Todos los que nos hacen bien, no sólo nos favorecen a nosotros, sino que dan ocasión a que Cristo reivindique esa acción y la convierta en obra de misericordia. San Mateo enumera exhaustivamente los títulos de bienaventuranza. El apóstol Santiago advierte del riesgo contrario, cuando se actúa por egoísmo. El salmista pone en nuestros labios una súplica necesaria: “Preserva a tu siervo de la arrogancia” (Sal 18).

Debemos ampliar la mirada y superar el pesimismo estadístico, evitar quedarnos sumergidos en nuestras comunidades, a veces envejecidas. El Espíritu sigue actuando más allá de nuestras fronteras. Entre nosotros conviven personas silenciosas, honradas, espirituales, sensibles, generosas, que prestan sus manos en ayuda de los más necesitados, sin pertenecer explícitamente a instituciones eclesiales. Jesús afirma: “Quien no está contra nosotros, está a nuestro favor”. ¡Somos más de los que pensamos!

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