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Meditacion Domingo de la 1ª Semana de Adviento (4 - 12 - 2011)

Angel Moreno -

 “Consolad, consolad a mi pueblo, dice vuestro Dios; hablad al corazón de Jerusalén, gritadle: que se ha cumplido su servicio, y está pagado su crimen, pues de la mano del Señor ha recibido doble paga por sus pecados”.

En este tiempo de esperanza, los profetas nos invitan a salir de nuestro escepticismo, a superar la inclinación pesimista, a romper la tendencia negativa que nos transmiten los agoreros de calamidades.

No te engaño si te digo que eres criatura de Dios, que Él te ha creado por amor, y ha hecho contigo un pacto de fidelidad. Él no va renegar nunca de su obra, ni va a retirarte su favor. Él permanece constantemente atento a la precariedad del ser humano, hasta el extremo de decirnos en nuestra propia naturaleza la palabra más consoladora: “Yo voy contigo”.

El profeta Isaías libera de pensar que no se es objetivo si se anuncian tiempos consoladores para los que sufren, para los necesitados de esperanza. El Papa Benedicto XVI, en la encíclica Spes Salvi, ofrece la explicación de lo que significa la palabra consolatio, actitud a la que nos invita la primera lectura de este domingo. “La palabra latina consolatio, consolación, lo expresa de manera muy bella, sugiriendo un «ser-con» en la soledad, que entonces ya no es soledad”-.

El Adviento es un tiempo de consolar, de estar junto a los que más necesitan fortalecer su esperanza, de acompañar a los que están más solos. El salmista nos revela la razón más permanente y consoladora: “Dios anuncia la paz a su pueblo y a sus amigos. La salvación está ya cerca de sus fieles y la gloria habitará en nuestra tierra”.

El apóstol Pedro nos confirma en la actitud positiva, porque “el Señor no tarda en cumplir su promesa, como creen algunos. Lo que ocurre es que tiene mucha paciencia con vosotros, porque no quiere que nadie perezca, sino que todos se conviertan”.

La consolación se produce también por la conversión. “El amor exige siempre nuevas renuncias de mi yo, en las cuales me dejo modelar y herir. En efecto, no puede existir el amor sin esta renuncia también dolorosa para mí, de otro modo se convierte en puro egoísmo y, con ello, se anula a sí mismo como amor” (Spes Salvi 38).

El Precursor nos anuncia la proximidad del que viene como consolación, porque es Amor esponsal; al tomar nuestra carne y unirla en su persona, nos diviniza. “Detrás de mí viene el que puede más que yo, y yo no merezco agacharme para desatarle las sandalias”.

Puedes acoger el anuncio, y también puedes convertirte en pregonero, como Juan el Bautista: “Una voz grita en el desierto: Preparadle el camino al Señor, allanad sus senderos”.

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