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Meditacion desde Buenafuente para Miércoles de Cuaresma (6/03/2013)

Angel Moreno -

“Mirad, yo os enseño los mandatos y decretos que me mandó el Señor, mi Dios, para que los cumpláis en la tierra donde vais a entrar para tomar posesión de ella.

Ponedlos por obra, que ellos son vuestra sabiduría y vuestra inteligencia a los ojos de los pueblos que, cuando tengan noticia de todos ellos, dirán: "Cierto que esta gran nación es un pueblo sabio e inteligente." (Dt 4, 5-6).

“El que se salte uno solo de los preceptos menos importantes, y se lo enseñe así a los hombres será el menos importante en el reino de los cielos. Pero quien los cumpla y enseñe será grande en el reino de los cielos.” (Mt 5, 19)

Comentario

Que el seguimiento de Jesús eleva al hombre a su más alta condición puede parecer una afirmación interesada, como si se quisiera demostrar lo provechoso que es seguir la voluntad divina por lo que reporta de paz, sabiduría y hasta felicidad. Y sin embargo, los testigos del seguimiento evangélico de manera radical, nos aseguran que no hay forma más plena de ser humanos que siguiendo a Quien siendo Dios, se hizo Hombre.

Jesús es el cumplimiento perfecto del querer amoroso de su Padre. Dios no es sádico, ni nos manda algo imposible, ni se entretiene mirando nuestros combates, sino que se ha comprometido a darnos la gracia suficiente para llevar a cabo lo que es bueno, agradable, perfecto.

Los que acogen la Palabra y la cumplen gustan el don de convertirse en familia de Dios, de saberse hijos suyos, amados por Él, acompañados por su Providencia a través del desierto de la vida y de las pruebas.

Evadir la ley de Dios es engañarse a sí mismo. Seguir los preceptos divinos es un modo diferente de vivir, que ayuda a asumir la intemperie, la debilidad, la prueba, y concede un modo diferente de sufrir, que hace solidarios, compasivos, entrañables. En vez de rebelarse ante el dolor, se acreditan como personas llenas de sabiduría, que son capaces de acompañar a los que también son probados.

Los mandatos del Señor son rectos y alegran el corazón. La ley del Señor es justa y ensancha el alma. ¿Quién no ha probado los efectos íntimos que conlleva vivir según Dios quiere? El salmista reza: “Tú, Señor, has puesto en mi corazón más alegría que si abundara en trigo y en vino” (Sal 4).

Puntos de reflexión

¿Crees de verdad que lo que Dios quiere es lo mejor para ti? ¿Qué sientes cuando rezas: “Hágase tu voluntad”?

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