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Meditación desde Buenafuente para II Domingo de Navidad de Cristo Rey

Angel Moreno -

BENDECIDOS

“Bendito sea el Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo, que nos bendijo en Cristo con toda clase de bendiciones espirituales, en el cielo.

Ya que en El nos eligió, antes de la creación del mundo, para que fuésemos santos e irreprochables en su presencia, por amor.

Nos predestinó a ser hijos adoptivos suyos por Jesucristo, conforme a su agrado; para alabanza de la gloria de su gracia, de la que nos colmó en el Amado” (Ef 1, 3-6).

RECEPCIÓN DE LA PALABRA

El primer día del año, la Liturgia de la Palabra nos ofreció como mejor regalo,  la bendición más antigua de la Biblia, para iniciar la andadura del tiempo nuevo, en el que a pesar de los buenos augurios, no faltarán circunstancias y momentos en los que necesitaremos la ayuda de la gracia.

La segunda lectura de este domingo se hace eco de la magnanimidad divina, y responde con gratitud a la bendición recibida. Reconoce explícitamente que Jesucristo es la razón de todos los bienes emanados de la voluntad de Dios en favor de cada uno de nosotros.
Sobrecoge pensar que cada ser humano es un proyecto concreto de Dios. Cada persona llega a ser historia por una providencia amorosa de quien da el ser a todo lo creado.
Por el don de la fe, se llega a conocer el designio amoroso del Creador, que nos ha designado y elegido, por pura gracia, a ser hijos suyos por adopción, en razón de haber asumido la naturaleza humana con la Encarnación y nacimiento de su Hijo amado. La condición para celebrarlo es, como dice el Evangelio, acoger la Palabra: “Vino a su casa, y los suyos no la recibieron. Pero a cuantos la recibieron, les da poder para ser hijos de Dios, si creen en su nombre.

Hemos sido creados por amor. Hemos recibido el don la vida, la gracia de la fe, la llamada al Evangelio, el regalo de una vocación particular, la certeza del acompañamiento divino, la invitación a la relación filial con Dios, de amistad con Jesús, de intimidad con el Espíritu Santo.

Podremos sentir más o menos la verdad que nos define, pero más allá del sentimiento, se nos revela la realidad que somos ante Dios, seres bendecidos con toda clase de bienes espirituales del cielo, con la vocación a la santidad.

Nos corresponde reconocer, bendecir, alabar a Dios Padre y a su Hijo Jesucristo, impulso que despierta en nosotros el Espíritu Santo.

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