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Meditacion desde Buenafuente para el Primer Domingo de Adviento (27 - Noviembre - 2011)

Angel Moreno -

Un tiempo nuevo irrumpe ante nosotros, una llamada renovadora se oye en la Liturgia; corren aires de esperanza, la llamada nos advierte: “Velad”.
Amanece el tiempo de la espera, el tiempo de la súplica, el momento propicio de restaurar la relación amiga con quien se nos revela entrañable: “Velad”.
Una súplica se nos ofrece para poner en nuestros labios el ruego adecuado y tener así la seguridad de que nuestra oración es buena:
“Tú, Señor, eres nuestro padre, nuestro redentor.
Vuélvete por amor a tus siervos.
Jamás oído oyó ni ojo vio un Dios, fuera de ti,
que hiciera tanto por el que espera en él.
Sales al encuentro del que practica la justicia
y se acuerda de tus caminos.
Señor, tú eres nuestro padre,
nosotros la arcilla y tú el alfarero:
somos todos obra de tu mano.
Señor, no recuerdes siempre nuestra culpa:
mira que somos tu pueblo.
Muéstranos, Señor, tu misericordia y danos tu salvación”.

Ante esta súplica, que tomamos al profeta y al salmista, la misma Palabra, por boca de san Pablo, nos responde: “La gracia y la paz de parte de Dios, nuestro Padre, y del Señor Jesucristo sean con vosotros”.

Nuestra oración no se estrella contra un muro. Nuestra vigilia y espera no son por un deseo vano. Quien permanece en vela recibe la noticia más sorprendente: “¡Que viene el Señor!”

EL Adviento es como la noche de los tiempos, pero con la seguridad de lo que ya ha acontecido. No se nos invita a un agotamiento ascético por permanecer en vela, sin esperanza. A medianoche, cuando todo está en silencio, nos visita la Palabra. A medianoche, en actitud de vigilia, sucede la salida de la esclavitud. A medianoche se anuncia la llegada del esposo. Quien madruga se encuentra con la Sabiduría sentada a la puerta.

Es tiempo de despertar, de interrumpir la inercia, de salir del sueño, porque se anuncia la novedad deseada, la revelación suprema de Dios, que por amor, se nos mostrará en su Hijo y nos devolverá la conciencia filial, que nos permite llamarlo “Padre”.

“Lo que os digo a vosotros, lo digo a todos: ¡velad!”

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