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Meditación desde Buenafuente para el Domingo XXXII del Tiempo Ordinario (10 - noviembre - 2013)

Angel Moreno -

Lectura

-«Vale la pena morir a manos de los hombres, cuando se espera que Dios mismo nos resucitará»  (2 Mac 7, 14).

Al despertar me saciaré de tu semblante” (Sal).

“Que Jesucristo, nuestro Señor, y Dios, nuestro Padre, que nos ha amado tanto y nos ha regalado un consuelo permanente y una gran esperanza, os consuele internamente” (2Tes 2, 16).

Y que resucitan los muertos, el mismo Moisés lo indica en el episodio de la zarza, cuando llama al Señor "Dios de Abrahán, Dios de Isaac, Dios de Jacob". No es Dios de muertos, sino de vivos; porque para él todos están vivos.»  (Lc 20, 38).

Contemplación

La Iglesia, en su acompañamiento semanal, en la coincidencia con el mes de noviembre, tiempo especialmente dedicado al recuerdo de los difuntos, ha escogido lecturas que iluminan la pregunta más existencial: ¿Qué hay después de la muerte?

La fe católica cree en Jesucristo, resucitado de entre los muertos, razón y fundamento del culto a los difuntos, porque viven. Quienes nos han precedido en la fe no han quedado sólo en el recuerdo histórico, sino que permanecen en la presencia de Dios como seres personales.

Nuestros antecesores familiares y amigos son ahora nuestros intercesores más valiosos ante Jesucristo, el único Mediador. ¡Cuántas veces, cuando se vive el desgarro por la muerte de un ser querido, si se acierta a invocarlo, su memoria se transforma en acompañamiento beneficioso.

No nos conformamos con el pensamiento de que los difuntos prolongan su existencia en sus descendientes, o en sus escritos, o en la memoria de sus obras buenas. No nos consuela la expresión de que aquellos que han padecido graves enfermedades, cuando mueren ya han dejado de sufrir.

Los muertos resucitan, viven, y esta fe nos permite la mayor esperanza, porque nuestro paso por la historia es un prólogo, o un atrio para acceder a la vida eterna. Importa avanzar cada día hacia la frontera del paso definitivo con esperanza y con el bien hacer. Pero también es una idea piadosa rezar por los difuntos, para que gocen plenamente de Dios.

Los santos, amigos de todos los que sufren, son los mejores embajadores de nuestra tierra ante Dios. Ellos, que ya han vivido nuestra misma andadura, saben compadecerse de quienes aún atravesamos tiempos de intemperie.

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