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Meditación desde Buenafuente para el Domingo XXVIII del Tiempo Ordinario (14 de Octubre de 2012)

Angel Moreno -

LA PALABRA

Supliqué, y se me concedió la prudencia; invoqué, y vino a mí el espíritu de sabiduría. La preferí a cetros y tronos, y, en su comparación, tuve en nada la riqueza. No le equiparé la piedra más preciosa, porque todo el oro, a su lado, es un poco de arena, y, junto a ella, la plata vale lo que el barro.

-«Os aseguro que quien deje casa, o hermanos o hermanas, o madre o padre, o hijos o tierras, por mí y por el Evangelio, recibirá ahora, en este tiempo, cien veces más-casas y hermanos y hermanas y madres e hijos y tierras, con persecuciones- y en la edad futura, vida eterna.»

MEDITACIÓN

Al contemplar la Palabra que hoy nos propone la Liturgia, me vino a la memoria el monumento levantado en honor de Edith Stein, obra del escultor Bert Gerresheim (1999) y que está ubicado frente al Seminario de la Arquidiócesis de Colonia. La triple figura de Edith, como pensadora, conversa y carmelita, plasma el proceso posible de quien se encuentra con la verdadera Sabiduría,  luz por la que todo se transfigura y que modifica la valoración de la realidad.

Frente a los valores imperantes de una economía especuladora, que se hunde, ante la depresión de los mercados y la pérdida de poder adquisitivo, en algunos casos con repercusiones dramáticas, por no poder mantener la propiedad patrimonial adquirida con esfuerzo, sin sublimaciones espiritualistas ni evasión de los problemas sociales, Jesús, en el Evangelio, se atreve a ofrecer una alternativa de vivir voluntariamente con lo necesario, no sólo como actitud ascética y austera, sino como seguimiento de su Persona y modo de vida.

El seguimiento evangélico, a la luz de la situación social, aparece como alternativa solidaria, desde el desprendimiento, por el compartir los bienes, al optar por lo que no perece. Es vivir a la manera de Jesús, de sus discípulos y de tantos seguidores que son capaces, por gracia, de optar radicalmente y con amor por el Evangelio.

Cuando la codicia y el afán de poseer se adueñan del corazón, se perece por la esclavitud, la ansiedad, el estrés, el miedo ante el riesgo de mantener la integridad del patrimonio. En cambio, cuando se elige dejarlo todo por Jesús, se gusta la libertad interior, la verdad de la Providencia divina, el cumplimiento de la Palabra de Dios, viva y tajante. Hoy, gracias a la generosidad evangélica de muchos creyentes, se resuelven más problemas sociales que con todos los discursos ideológicos, aparentemente solidarios. Quien se fía de la Palabra no quedará defraudado.

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