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Meditación desde Buenafuente para el Domingo XIV del Tiempo ordinario

Angel Moreno -

LA PALABRA
Para que no tenga soberbia, me han metido una espina en la carne: un ángel de Satanás que me apalea, para que no sea soberbio. Tres veces he pedido al Señor verme libre de él; y me ha respondido: «Te basta mi gracia; la fuerza se realiza en la debilidad.»
Por eso, muy a gusto presumo de mis debilidades, porque así residirá en mí la fuerza de Cristo.

MEDITACIÓN
¡Cuántas veces, en la propia experiencia de debilidad, la confesión de san Pablo es bálsamo en la herida!

¡Cuántas veces necesitamos oír de los santos que se han sentido frágiles y no obstante han permanecido fieles!

¡Cuántas veces en el secreto del corazón, se sorben las palabras que suenan a propia carne, a la experiencia más íntima, sin la envoltura del discurso evasivo!

La debilidad no es contraria al evangelio, pues Jesús ha venido a llamar a los pequeños, a los pobres, a los débiles, a los pecadores, y se ha compadecido de los huérfanos, de las viudas, de los enfermos, de los extranjeros, de los proscritos.

El orgullo, la soberbia, la vanidad, el afán dominador y pretencioso, la emancipación narcisista y egocéntrica, el protagonismo, el afán de poder, la autoestima intrascendente son los verdaderos enemigos del evangelio.

“¡Te basta mi gracia!” La providencia divina permite que lleguemos al límite de nuestras fuerzas, para ver si desde ahí damos el salto al abandono en sus manos, en vez de sumirnos en la tristeza y en la desesperanza.

Cuando se experimenta la debilidad es el momento de la gracia. Cuando se resquebraja el endurecimiento del corazón, cabe la ternura y la escucha del ofrecimiento liberador: “Venid a mí los cansados, los agobiados, los sedientos, los pecadores, los exilados, los marginados.” “No necesitan médico los que están fuertes, sino los que están mal. Id, pues, a aprender qué significa aquello de: “Misericordia quiero, que no sacrificio. Porque no he venido a llamar a justos, sino a pecadores” (Mt 9, 12-13).

ORACIÓN
“Misericordia, Señor, misericordia, que estamos saciados de desprecios; nuestra alma está saciada del sarcasmo de los satisfechos, del desprecio de los orgullosos”.
 

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